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Thomas y Rachelle estaban normalmente entre los primeros en la celebración, danzando, cantando y contando historias del amor de Elyon, lo cual se extendía hasta tarde en la noche. Esto siempre había sido lo más destacado del día. Pero en ese momento la mente de Thomas estaba a más de cien kilómetros de distancia.

– ¿Qué pasa, Thomas?

– Se trata del Bosque Sur -anunció él-. Podríamos perder el Bosque Sur.

***

THOMAS ANDABA pensativo de un lado al otro a lo largo de la plazoleta medio amurallada. En cada poste ardían antorchas. Abajo en la playa se elevaban las alegres risotadas de la celebración. Una larga fila de bailarinas, vestidas con telas hechas de hojas de color verde oscuro y de flores blancas, y tomadas de los brazos, se movía en gráciles círculos alrededor de la fogata. No había duda de que se hallaban encendidas con vino y satisfechas con carne. Sobre el lago brillaba la luz de la luna en un largo rayo blanco.

Por mucho tiempo el pueblo de Thomas había esperado la liberación de parte de Elyon. Habían contado mil historias acerca de la manera en que finalmente los liberaría de los de las hordas. ¿Saldría del lago e inundaría con agua el desierto para ahogarlos? ¿O montaría sobre un poderoso caballo blanco y guiaría a los guardianes del bosque en una batalla final que acabaría de una vez por todas con el flagelo de la tierra?

– Si hay dos ejércitos, quizás podrían ser tres. O si no, sí, Ciphus, yo no vacilaría en guiar a cinco mil hombres esta noche para ayudar a Jamous. Pero es un viaje de todo un día… casi tres días para ir y regresar. Hasta ahora las hordas no nos habían atacado en dos frentes. Si nuestros guardianes desalojan esta selva mientras vienen muchos para la Concurrencia anual…

– Bueno, no cambiaremos la Concurrencia. Te lo prometo.

– La mitad de nuestras fuerzas están afuera escoltando a las tribus. Ya hemos estirado demasiado el camino. Enviar más hombres al Bosque Sur nos pone en un gran riesgo.

– Entonces déjame ir con solo algunos de los guardianes del bosque – pidió Mikil poniéndose de pie-. Jamous aún está peleando, Thomas. ¡Oíste al mensajero!

El mensajero los había alcanzado en los portones con un reciente mensaje del sur. Jamous se estaba fortaleciendo contra las hordas. Su primera retirada había sido una estrategia para atraer a las hordas más cerca de la selva, donde sus arqueros tenían la marcada ventaja de estar protegidos. Ya llevaban tres días peleando.

– ¿Cuántos hombres?

– Dame quinientos -contestó Mikil.

– Eso nos debilitaría aquí -objetó William-. Aquí donde todo el mundo estará reunido en menos de una semana. ¿Y si las hordas nos están debilitando para un asalto a la selva, aquí, la próxima semana, cuando pueden vencernos a todos de un golpe?

– Él tiene razón, Mikil -expuso Thomas-. No puedo dejar que lleves quinientos.

– Estás olvidando las bombas -insistió Mikil.

La noticia de la asombrosa victoria de ellos se extendía como fuego. £l miró a Rachelle. Aún no habían estado solos, cuando él sabía que vendría la verdadera reacción de ella ante el hecho de haber empezado a soñar otra vez Sin embargo, ¿qué podría decir ella con tal victoria?

Lo que ninguno de ellos sabía era que él no había soñado una vez sino dos veces, la segunda cuando se detuvieron para dormir al regresar de la batalla. Soñó que fue a una reunión especial convocada por el presidente de Estados Unidos y que luego un psicólogo lo había puesto a dormir. En su mundo de sueños, en este preciso momento se hallaba tendido en una cama en el laboratorio del doctor Bancroft.

Y pretendía soñar otra vez, esta noche. Tenía que hacerlo. Si solo pudiera hacer que Rachelle entendiera eso.

– ¡Podemos destruir a las hordas usando pólvora! -exclamó Mikil.

– No en el desierto abierto -cuestionó William-. Matarás un puñado con cada explosión; eso es todo. Y estás olvidando que no tenemos ninguna bomba en este momento.

– Entonces trescientos guerreros.

– Trescientos -concordó Thomas-. Pero tú no. Envía otra división y diles que vayan a lo largo de la ruta de los mensajeros.

Ellos enviaban continuamente mensajeros en veloces caballos entre las selvas en una especie de sistema de correo que Thomas había desarrollado.

– Hazlos regresar si oyes que Jamous ha vencido antes de que lleguen.

Ella lo miró por un momento, luego se volvió para salir.

– Lo siento, Mikil. Sé lo que Jamous significa para ti, pero te necesito aquí.

Ella se detuvo, luego salió sin pronunciar otra palabra.

– Ve con ella, William -ordenó Thomas haciendo detrás de Mikil una seña con la cabeza-. Suzan, organiza una barrida del perímetro de la selva. Asegurémonos que no haya otro ejército de hordas merodeando.

Los dos salieron.

– ¿Crees de veras que las hordas intentarán algo así? -preguntó Rachelle.

– Yo habría pensado eso hace un mes, pero se están volviendo más listos en la manera de atacar. Martyn está cambiándolos.

– Así que estamos de acuerdo entonces -opinó Ciphus.

El anciano se acarició la larga barba canosa. Él era uno de los miembros más ancianos del Consejo, setenta años. Bañarse en las aguas de Elyon no había detenido el proceso de envejecimiento.

La Concurrencia se llevará a cabo en cinco días como se planificó.

– Sí.

– Sea cual sea el destino del Bosque Sur.

– ¿Crees que ellos podrían caer? -preguntó Thomas.

– No. ¿Ha caído alguna de nuestras selvas? Pero si una cae todo el pueblo tiene un mayor motivo para asistir a la Concurrencia.

– Supongo que es así.

Thomas miró a su esposa. Ella tenía solo unos pocos años menos, pero parecía de la mitad de los años de él, que estaba desgastado por la guerra. No había duda en la mente de Thomas de que ella sería una comandante increíble. Pero también era madre. Además era su esposa. El solo pensamiento de exponerla a la muerte en el campo de batalla le producía náuseas.

– ¿Te he dicho últimamente cuan hermosa eres? -cortejó él acercándosele y acariciándole la mejilla.

Se inclinó y la besó de lleno en los labios mientras los demás observaban en silencio. El Romance se había convertido en la religión de ellos y la practicaban a diario. Cuando una persona vagaba por el desierto y se negaba a bañarse en el agua de Elyon, menguaba su recuerdo del bosque colorido y del amor que Elyon le había mostrado en el lago. Pero aquí en la selva los recuerdos que persistían motivaron a Ciphus y al Consejo a desarrollar rituales determinados para mantener esos recuerdos. El Gran Romance constaba de reglas, celebraciones y tradiciones que pretendían evitar que el pueblo se extraviara. La forma en que un esposo o una esposa expresaban su amor mutuo era parte de ese romance.

– Tu amor por mí me pone el rostro radiante-contestó Rachelle guiñando un ojo.

Él la volvió a besar.

– Ciphus, ¿qué me puedes decir de los libros de historias? -inquirió él volviéndose de Rachelle-. Dicen que aún existen. ¿Has oído de ellos?

– No necesitamos los libros de historias. Tenemos los lagos.

– Por supuesto. Pero ¿crees que existan?

– No son libros que nadie quiera -manifestó Ciphus, mirándolo más allá de sus cejas pobladas-. Fueron escondidos de nosotros hace mucho tiempo por una buena razón.

– Yo no sabía que fueras tan reacio a los libros -opinó Thomas- Simplemente estoy preguntando si sabes algo de ellos.

– Otra vez este repentino interés en las historias. Ya antes te consumieron -terció Rachelle-. Se trata de los sueños, ¿verdad?

– No es como podrías creer, Rachelle, pero sí. Nada ha cambiado allá. Cuando desperté en Bangkok, ¡había pasado solo una noche! -exclamó Thomas, fue hasta la barandilla y miró la celebración, ahora en pleno desarrollo-. Sé que parece absurdo, pero podríamos tener un problema grave.