Él se volvió hacia ella.
– Me necesitan -concluyó.
– ¿Qué es Bangkok? -quiso saber Ciphus.
– El mundo en los sueños de Thomas -se apresuró Rachelle a contestar-. Cuando sueña cree que va a otro lugar, que está viviendo en las antiguas historias, antes del gran engaño. Cree que puede detener el virus que llevó a la época de tribulación. ¿Ves por qué el rambután es importante, Thomas? Una vez, solo una vez, duermes sin la fruta y tu mente se desvía. ¡Ridículo!
– ¿Por eso te interesan los libros de historias? -cuestionó Ciphus-. ¿Para salvar un mundo de sueños?
Thomas se agarró la herida en el hombro. Suzan la había vendado con hierbas y una hoja ancha. Un chapuzón en el lago le haría algún bien, pero la cortada profunda tardaría algún tiempo en sanar.
– ¿Ven está herida? No vino de las hordas sino del mundo de mis sueños.
– Pero seguramente ese mundo no es real, ¿o sí? -objetó el anciano.
– ¿No escuchaste antes cuando conté lo de la pólvora? No sé cuan real sea, pero está cortada es bastante real.
– Entonces Elyon está usando tu mente para ayudarnos -opinó Ciphus-. Pero un asunto totalmente distinto es que sugieres que los sueños que él usa son reales.
Llámalo como desees, Ciphus. El hombro me duele exactamente mal.
Por favor, Thomas -expresó Rachelle pasándole la mano por el cabello. Sin duda, las hordas te cortaron y simplemente no recuerdas. ¿Sí? Para empezar, la fascinación con las historias llevó a Tanis al bosque negro.
– No. No es eso lo que pienso. El pensamiento de Tanis estaba allí antes de que yo comenzara a soñar. Él tomó su propia decisión.
Y ahora tú tomas la tuya -dijo ella retirando la mano-. No te tendré soñando otra vez.
– ¿Y si mi propia vida está amenazada al no soñar? ¡Allá estamos muriendo! El virus me matará. Ellos dependen de mí, pero hay mucho más, ¡mi propia existencia aquí podría depender de mi destreza para detener el virus allá!
– No, no puedo escuchar esto. Por supuesto que ellos dependen de ti. Para empezar, ¡sin ti no existen!
– ¿Estás deseando arriesgar mi vida?
– La última vez que soñaste, todos morimos.
Se enfrentaron, rápidamente olvidaron el Romance. Él comprendía la aversión de ella. ¿Qué era lo que su esposa había dicho? No te tendré amando a otra mujer en tus sueños mientras yo esté amamantando a tu hijo. Algo así. Ella aún estaba celosa de Monique.
– Estos sueños me parecen una gran tontería -consideró Ciphus-. Yo estaría de acuerdo con Rachelle. No hay beneficio en soñar si pierdes tu mente en los sueños. Pero si quieres saber acerca de los libros de historias, entonces tendrás que hablar con el anciano Jeremiah del Sur. Él está aquí, creo.
¿Jeremiah del Sur? ¿El anciano que una vez fuera encostrado? Era uno de los poquísimos que vinieron y se bañaron en el lago por voluntad propia. Mucho de lo que Thomas sabía de los moradores del desierto lo había aprendido del anciano. Pero él nunca mencionó los libros de historias.
– ¿Está aquí ahora?
– Para la Concurrencia -asintió el anciano.
– Thomas.
Enfrentó a Rachelle. Ella le lanzaba una de esas miradas por las que él la adoraba, una apasionada mirada que amenazaba con arrojar cualquier sospecha del amor de su esposa.
– Dime, por favor, que, como me amas, comerás diez rambutanes y te olvidarás ahora mismo y para siempre de esta tontería -anunció ella.
– ¿Diez? -rió él-. ¿Me quieres enfermar? Gemiría toda la noche. ¿Así es como le das la bienvenida a casa a tu poderoso guerrero?
– Entonces una sola fruta -insistió Rachelle con una sonrisa curvándole lentamente los labios-. Y prometo que luego te daré un beso que te pondrá a girar la mente.
– Eso ya es tentador -respondió él, ofreciéndole la mano-. ¿Te gustaría danzar?
Ella le aceptó la mano y giró hacia él.
– No es que desee interrumpir a los amantes, pero hay otro asunto – intervino Ciphus.
– Siempre hay otro asunto -comentó Thomas-. ¿De qué se trata?
– El careo.
– ¿Justin? -preguntó Thomas, sabiendo a lo que se refería el anciano.
– Sí. No podemos permitir que se extienda más su herejía. Como se exige, tres ancianos han demandado una investigación ante el pueblo, como lo permite la ley. ¿Asistirás?
– Él despreció mi autoridad una vez. Parece natural que yo esté de acuerdo.
– Pero ¿asistirás?
Thomas captó la mirada de Rachelle. Ella una vez le manifestó que Justin era inofensivo y que hablar de él solo le fortalecería la popularidad. En ese tiempo estuvo de acuerdo. Aunque quizás no lo reconociera frente a Mikil y los demás, Thomas aún respetaba al hombre. Sin duda era el mejor soldado que alguna vez comandara, lo cual podría ser una razón de que a Mikil le disgustara tanto.
Por otra parte, no se podía negar la flagrante herejía del hombre. Paz con las hordas. ¡Qué disparate!
– ¿Es él realmente tan peligroso? -inquirió, más por Rachelle que por él-. Su popularidad es muy grande. Un careo acarrearía graves consecuencias.
– Pero su ofensa va en aumento. Creemos que la mejor manera de tratar con él es ahora, para ofrecer un castigo ejemplar a una palabrería tan traicionera.
– ¿Y si gana tu careo?
– Entonces se le permitirá quedarse, desde luego. Si se niega a cambiar su doctrina y pierde, será desterrado como exige la ley.
– Bien -asintió Thomas volviéndose para salir; eso apenas le inquietaba.
– Sabes que si las personas no pueden decidir, entonces es necesaria una pelea en el campo de combate -advirtió Ciphus.
– ¿Y? -quiso saber Thomas volviéndose hacia el anciano.
– Nos gustaría que defendieras al Consejo si se debe pelear contra Justin.
– ¿Yo?
– Parece natural, como tú dices. Justin ha vuelto la espalda al Gran Romance y te ha vuelto la espalda a ti, su comandante. Cualquier otro que no fuera tú y el pueblo podría creer que el asunto no te interesa en absoluto. Nuestro careo será débil solo en ese frente. Nos gustaría que estuvieras de acuerdo en pelear si el pueblo estuviera indeciso.
– Este asunto de pelear es inútil -juzgó Rachelle-. ¿Cómo puedes pelear con Justin? Él sirvió a tu lado cinco años. Salvó tu vida más de una vez. ¿Representa él un peligro para ti?
– ¿En el cuerpo a cuerpo? Por favor, amor mío. El aprendió de mí lo que sabe.
– Y lo aprendió bien, por lo que he oído.
– El no lleva varios años sin pelear en batalla. Y tal vez me haya salvado la vida, pero también me volvió la espalda, por no mencionar al Gran Romance, como afirma correctamente Ciphus. A Elyon mismo. ¿Qué creerá el pueblo si yo abandonara ni siquiera uno de nuestros pilares de fe? Además, no habrá pelea -declaró él y luego se volvió a Ciphus-. Acepto.
10
LAS HORDAS incendiaron el Bosque Sur en la noche, después de tres días de batalla campal. Nunca antes habían hecho eso, en parte porque los guardianes del bosque casi nunca los dejaban acercarse tanto para que tuvieran tal oportunidad. Pero eso fue antes de Martyn. Incendiaron los árboles con flechas ardientes desde el desierto a menos de doscientos metros de distancia del perímetro. Ahora no solo estaban usando fuego, también habían hecho arcos.
A Jamous y los hombres que le quedaban les tomó cuatro horas dominar las llamas. Por la gracia de Elyon, las hordas no habían empezado otro incendio, y los guardianes del bosque habían logrado dormir una hora.
Jamous se paró en una colina desde donde se divisaba la selva carbonizada. Más allá estaba el desierto blanco y justo ahora logró ver en la luz cada vez mayor al ejército congregado de las hordas. Diez mil, muchos menos que los que habían empezado. Pero él había perdido seiscientos hombres, cuatrocientos en una ofensiva importante justo antes del crepúsculo la noche anterior. Otros doscientos estaban heridos. Eso le dejaba solo doscientos guerreros sanos.