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Nunca había visto a los moradores del desierto participar en batalla de manera tan eficaz. Parecían blandir sus espadas con mayor destreza y su avance parecía más resuelto. Hacían maniobras de costado y se retiraban cuando empezaban a verse dominados. Él no había visto realmente al general que ellos llamaban Martyn, pero solo podía suponer que era quien conducía ese ejército.

Había llegado la noticia de la gran victoria en la brecha Natalga y sus hombres habían vitoreado. Pero la realidad de la situación aquí estaba obrando en la mente de Jamous como una garrapata escarbando. Otra ofensiva importante de las hordas y estas superarían a sus hombres.

Detrás de ellos, a menos de cinco kilómetros, se hallaba el poblado. Era el segundo más grande de los siete, veinte mil almas. A Jamous lo habían enviado a escoltar a estos devotos seguidores de Elyon a la Concurrencia anual, cuando una patrulla había chocado con el ejército de las hordas.

Los habitantes habían votado por quedarse y esperar la firme derrota de los moradores del desierto, la cual estaban seguros de que sería inminente, en vez de cruzar el desierto sin protección.

Hasta el día antes ese parecía un buen plan. Pero en ese momento se hallaban en una terrible situación. Si huían ahora, las hordas probablemente quemarían toda la selva o, peor, los agarrarían por detrás y los destruirían. Si se quedaban y peleaban, podrían contener al ejército hasta la llegada de los trescientos guerreros que Thomas había enviado, pero sus hombres estaban cansados y desgastados.

Jamous se agachó en una cepa y reflexionó sobre sus opciones. Una delgada niebla se elevaba sobre los árboles. Detrás de él, siete de sus guardianes personales hablaban tranquilamente alrededor de una fogata ardiendo en que calentaban agua para un té de hierbas. Dos de ellos estaban heridos, uno donde el fuego le había quemado la piel del cuero cabelludo, y otro cuya mano izquierda se la había aplastado la parte roma de una guadaña. Ellos hacían caso omiso del dolor, pues sabían que Thomas de Hunter haría lo mismo.

Bajó la mirada a la pluma roja atada a su codo y pensó en Mikil. Él le arrancó dos plumas a una guacamaya y le dio una a ella para que la usara. Cuando volviera a casa esta vez pediría su mano. No había nadie a quien él amara o respetara más que a Mikil. ¿Y qué haría ella?

Jamous frunció el ceño. Decidió que pelearían. Pelearían porque eran los guardianes del bosque.

Los hombres se habían quedado en silencio detrás de él.

– Markus, los golpearemos en el flanco norte con veinte arqueros – ordenó sin volverse, señalando el desierto mientras lo hacía-. Los demás me seguirán desde la pradera hacia el sur, donde menos lo esperan.

Markus no respondió.

– Markus -lo llamó, y él se volvió.

Sus hombres miraban a tres individuos que entraban al campamento sobre sus monturas. El que los dirigía iba en un caballo blanco que resoplaba y Pisoteaba la blanda tierra. Usaba una túnica beige con un cinturón de bronce tachonado y una capucha que le cubría la cabeza en una manera no muy diferente a los encostrados. No era un verdadero atuendo de batalla. Una funda de espada colgaba de la silla de montar.

Jamous se puso de pie y se volvió hacia el campamento. Sus hombres parecían extrañamente cautivados por lo que veían. ¿Por qué? Los tres individuos parecían fuertes y saludables guardias forestales extraviados, de los que podrían ser buenos guerreros con suficiente entrenamiento, pero sin duda no tenían nada que los hiciera diferentes.

Y entonces el líder levantó los ojos color esmeralda hacia Jamous.

Justin del Sur.

El poderoso guerrero que desafiara a Thomas al rechazar el más grande honor de general ahora pasaba los días vagando por las selvas con sus aprendices, un autoproclamado profeta que extendía ideas ilógicas que atacaban de frente al Gran Romance. Una vez había sido muy popular, pero sus costumbres exigentes estaban resultando demasiado para muchos, incluso para algunos de los tontos influenciables que lo seguían con diligencia.

Sin embargo, este hombre ante él amenazaba con su herejía a la misma estructura del Gran Romance, y aseguraban que su retórica se fortalecía cada vez más. Mikil le dijo en cierta ocasión a Jamous que si alguna vez ella se volvía a topar con Justin, no vacilaría en sacar la espada y matarlo donde estuviera. Ella sospechaba que a él lo estaban manipulando los hechiceros del profundo desierto. Si las hordas eran el enemigo exterior, hombres como Justin, que menospreciaba el Gran Romance y hablaba de entregar el bosque a los moradores del desierto, eran el enemigo interior.

No ayudaba el hecho de que Justin hubiera rechazado su promoción a general y renunciado a los guardianes del bosque dos años atrás, cuando Thomas lo necesitara más.

Jamous escupió a un lado, hábito que había adquirido de Mikil.

– Markus, dile a este tipo que salga de nuestro campamento si quiere vivir -ordenó dirigiéndose a su saco de dormir-. Tenemos una guerra por delante.

– Tú eres aquel a quien llaman Jamous.

La voz del hombre era melodiosa y profunda. Confiada. La voz de un líder. No era extraño que hubiera cautivado a muchos. Era bien sabido que los hechiceros de las hordas cautivaban a los suyos con idioma astuto y magia negra.

– Y tú eres aquel a quien llaman Justin -contestó Jamous-. ¿Y qué? Aquí estorbas.

– ¿Cómo puedo estorbar en mi propia selva?

– Estoy aquí para salvar tu selva -objetó Jamous negándose a mirar al hombre-. Markus, monta tu caballo y reúne a los hombres. Asegúrate que todos se hayan bañado. Podríamos tener un largo día por delante. Stephen, saca veinte arqueros y reúnete conmigo en el campamento más abajo.

Sus hombres titubearon.

– ¡Markus! -gritó él, girando.

Justin había desmontado. Tuvo la audacia de desafiar a Jamous y acercarse al fuego, donde ahora estaba parado, con la capucha removida para revelar un cabello castaño hasta los hombros. Tenía el rostro de un guerreo que se había ablandado. Todos habían conocido sus destrezas como soldado antes de que desertara de los guardianes. Pero las líneas de experiencia estaban suavizadas por sus brillantes ojos verdes.

– Los moradores del desierto los destruirán hoy -advirtió Justin, estirando una mano hacia el fuego; miró por encima-. Si los atacas, ellos acabarán con lo que queda de tu ejército, quemarán la selva y matarán a todos los de mi pueblo.

– ¿ Tu pueblo? El pueblo de esta selva está vivo debido a mi ejército – objetó Jamous.

– Sí. Han estado en deuda contigo por muchos años. Pero hoy las hordas son demasiado fuertes y aplastarán lo que quedó de tu ejército como aplastaron ayer la mano de este hombre -advirtió señalando a Stephen, que había recibido el golpe de guadaña.

– Tú abandonaste el ejército. ¿Qué sabrás de guerra? -cuestionó Jamous.

– Yo hago una nueva clase de guerra.

– ¿A favor de quién? ¿De los encostrados?

– ¿Cuánta sangre derramarás? -preguntó Justin mirando el desierto.

– Tanta como Elyon decida.

– ¿Elyon? -refutó Justin como si estuviera sorprendido-. ¿Y quién hizo a los encostrados? Creo que fue Elyon.

– ¿Estás diciendo que Elyon no nos guía contra las hordas?

No. Sí lo hizo. Pero sin el lago, ¿no son ustedes en realidad iguales a las hordas? Así que, si yo fuera a tomar tu agua y te obligara a entrar al desierto, te estaríamos cortando en pedazos en vez de ellos. ¿No es correcto eso?

– ¿Estás diciendo que yo soy uno de ellos? ¿O quizás sugieras que tú lo eres?

– Lo que estoy realmente diciendo es que en cada uno de nosotros acechan las hordas -contestó Justin sonriendo-. La enfermedad que paraliza. La podredumbre, si prefieres. ¿Por qué no perseguir la enfermedad?

– Ellos no quieren una cura -declaró Jamous agarrando el cuerno de la silla y montándose sin usar el estribo-. La única cura para las hordas es la que Elyon nos ha dado. Nuestras espadas.