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– Si insistes en atacar, quizás podrías dejarme guiar a tus hombres. Tendríamos mucho mejores posibilidades de victoria -aseguró Justin guiñando un ojo-. No que seas malo, no para nada. Te he estado observando desde que viniste y realmente eres bueno, muy bueno. Uno de los mejores. Siempre está Thomas, por supuesto, pero creo que eres el mejor que he visto en algún tiempo.

– ¿Y sin embargo me insultas?

– No, en absoluto. Solo que yo mismo soy muy bueno. Creo que podría ganar esta guerra y creo que podría hacerlo sin perder un solo hombre.

Justin exhibía una extraña calidad acerca de sí mismo. Decía cosas que comúnmente harían pelear a Jamous, pero las decía con tan perfecta sinceridad y de una manera tan poco combativa que Jamous estuvo momentáneamente tentado a darle una palmadita en la espalda como haría con un buen amigo y decirle: «Adelante, compañero».

– Eso es lo más arrogante que nunca he oído.

– Entonces supongo que vas sin mí a la batalla -expresó Justin.

– ¡Ahora, Markus! -exclamó Jamous haciendo girar su caballo.

– Al menos admite esto -insistió Justin-. Si logro quitarte de encima a este ejército de hordas sin ayuda, cabalga conmigo en una marcha de victoria por el Valle de Elyon hacia el oriente del poblado.

Los hombres de Jamous ya habían empezado a montar, pero se detuvieron. Los compañeros de Justin no habían movido sus caballos. Nada de esta absurda propuesta pareció sorprenderlos.

De los ojos de Justin había desaparecido cualquier insinuación de estar jugando. Volvió a mirar directamente a Jamous, autoritario. Exigente.

De acuerdo -contestó Jamous, más interesado en desembarazarse del hombre que en tomarle en serio cualquier desafío.

Justin le sostuvo la mirada por largo rato. Luego, como si se acabara el tiempo, fue hasta su caballo, trepó a la montura, hizo girar el corcel y salió sin lanzar otra mirada.

Jamous se alejó.

– Stephen, arqueros. De prisa, antes de que salga por completo la luz.

***

JUSTIN CONDUJO al galope a Ronin y a Arvyl por los árboles. Ellos casi no lo podían seguir, a pesar de no estar exigiendo a su corcel como solía hacerlo cuando cabalgaba solo. Había otros además de Ronin y Arvyclass="underline" miles que ovacionarían a Justin en las circunstancias correctas, pero últimamente su popularidad había disminuido. Se trataba de individuos inconstantes, guiados por las opiniones del día. Justin solo esperaba tener suficiente valor. Su acuerdo con Martyn dependía al menos parcialmente de su habilidad para liberar a una multitud según lo planeado.

Vivir como un marginado social había extraído su precio. A veces apenas podía resistir el dolor. Una cosa era entrar a la sociedad siendo huérfano, como pasó con él; otra era ser rechazado descaradamente como lo era ahora a menudo.

A veces no estaba seguro de por qué Elyon no llevaba el poder militar de Justin a muchos de ellos. El Gran Romance entre ellos para nada era un romance con Elyon.

Ahora, el destino de estos hombres estaba en manos de él. Si solo supieran la verdad, podrían matarlo ahora mismo, antes de que tuviera la posibilidad de hacer lo que fuera necesario.

– Justin! Espere -llamó Ronin desde atrás.

Habían llegado a un bosquecillo de árboles frutales.

– ¿Desayuno, mis amigos?

– Señor, ¿qué tiene en mente? ¡No puede enfrentarse a todo un ejército de hordas sin ayuda de nadie!

Aún al trote, Justin extrajo de su vaina una espada de empuñadura nacarada, se inclinó hacia delante, dio vuelta a la hoja sobre su cabeza en un "movimiento parecido a un ocho y luego hizo frenar el caballo.

Una, dos, tres grandes frutas rojas cayeron del árbol. Agarró cada una en un giro y lanzó una a Ronin y otra a Arvyl. ¡Aja!

Con un gran mordisco saboreó el dulce néctar. Le corrió jugo por la barbilla y metió la espada en la vaina. La fruta que él extrañaría.

– En serio -expresó Ronin sonriendo y mordiendo su fruta.

El caballo de Justin se irguió. Lentamente desapareció la sonrisa de su rostro. Miró fuera del bosque.

– Hablo en serio, Ronin. ¿No has escuchado cuando he dicho que nivelar el desierto con una sola palabra es asunto del corazón, no de la espada?

– Por supuesto que he escuchado. Pero esta no es una sesión ante una fogata con una docena de almas desesperadas en busca de un héroe. Se trata del ejército las de hordas.

– ¿Dudas de mí?

– Por favor, Justin. Señor. ¿Después de lo que hemos visto?

– ¿Y qué has visto?

– Le he visto a usted dirigir a mil guerreros por la llanura desierta Samyrian con veinte mil hordas delante de nosotros y veinte mil detrás. Le he visto enfrentarse sin ayuda de nadie a un centenar de enemigos y salir ileso. Le he oído hablar al desierto y a los árboles, y he visto que le escuchan. ¿Por qué cuestiona mi confianza en usted?

Justin lo miró a los ojos.

– Usted es el guerrero más grande en toda la tierra -continuó Ronin-. Creo que más grande incluso que Thomas de Hunter. Pero ningún hombre puede ir solo contra diez mil guerreros. No estoy dudando; estoy preguntando qué quiere usted decir con esto.

Justin le sostuvo la mirada, luego sonrió lentamente.

– Si alguna vez tuviera un hermano, Ronin, oraría porque fuera exactamente como tú.

Esa era la más grande honra que un hombre pudiera darle a otro. En realidad Ronin dudaba de Justin, incluso al preguntar, pero ahora se quedó sin palabras.

– Soy su siervo -manifestó Ronin con una inclinación de cabeza.

– No, Ronin. Eres mi aprendiz.

***

APENAS RESPIRANDO, Billy y Lucy observaban detrás de una mata de moras a los tres guerreros. En las manos agarraban espadas de madera que tallaron un día antes. La de Lucy no era tan afilada ni tan parecida a una espada porque había tenido dificultad en labrarla con su mano seca, aunque suficientemente buena para oprimir la madera contra la pierna. De lo contrario el reseco trozo de carne solo le servía para señalar o para aporrear a Billy en la cabeza cuando él se ponía muy fastidioso. Había sido idea de Billy salir a hurtadillas del poblado mientras aún estuviera oscuro, y unirse a la batalla… o al menos echar un vistazo.

Su amiga había tratado de convencerlo de que eso era muy peligroso, que a los niños de nueve años no les correspondía mirar a las malvadas hordas, mucho menos pensar en que podían pelear contra ellas. Lucy no había creído que vendrían de veras, pero entonces Billy la despertó y ella lo siguió, murmurando sus objeciones la mayor parte del camino.

Ahora ella miraba a los tres guerreros en sus caballos, y el corazón le palpitaba con tanta fuerza como para asustar a los pájaros.

– Ese es… ese es él -susurró Billy.

Lucy se retiró del arbusto. ¡Los oirían!

– ¡Ese es Justin del Sur! -exclamó Billy mirándola con ojos desorbitados.

Lucy estaba demasiado aterrada para decirle que se callara. Desde luego que no se trataba de Justin del Sur. No se hallaba vestido como un guerrero. Ella ni siquiera tenía la seguridad de que Justin existiera. Había oído todas las historias, pero eso no significaba que ningún ser vivo pudiera hacer realmente esas cosas.

– Juro que es él! -susurró Billy-. Mató a cien mil encostrados con una sola mano.

Lucy se inclinó hacia delante y echó otro vistazo. Ellos eran como los mágicos roushims de Elyon que su padre afirmaba que un día acabarían con las hordas.

***

Y QUÉ hay contigo, Arvyl? -preguntó Justin-. ¿Qué haces de…? Se detuvo a mitad de frase. Ronin le siguió la mirada y vio a un niño y una niña agachados al borde del claro, mirando a los tres guerreros detrás de 'a mata de moras.

Estaban mirando a Justin, por supuesto. Siempre miraban a Justin. Él siempre cautivaba a los niños. Estos parecían gemelos, cabello rubio y grandes ojos, como de diez años, demasiado jóvenes para estar deambulando tan lejos de casa en un momento como este.