Pero él tampoco podía culparles por su curiosidad. ¿Cuándo habían tenido tan cerca una batalla como esa?
Justin ya se había metido en otro mundo, pensó Ronin con una sola mirada. Los niños le inducían a esto. Él ya no era el guerrero; era el padre de los niños, fueran quienes fueran. Los ojos le centelleaban y el rostro se le iluminaba. A veces Ronin se preguntaba si Justin cambiaría su vida para volver a ser niño, para colgarse en los árboles y rodar en los prados.
Este amor por los chicos confundía más a Ronin que cualquier otra característica de Justin. Algunos decían que Justin era hechicero. Y comúnmente se sabía que los hechiceros podían engañar a inocentes con solo unas cuantas palabras blandas. Ronin tenía dificultad para separar el efecto de Justin sobre los niños de la especulación de que él no era lo que parecía.
– Hola -dijo Justin.
Ambos muchachos se agacharon detrás de la mata.
Justin se deslizó del caballo y corrió hacia el arbusto.
– No, no, salgan, por favor. Salgan, necesito su consejo -expresó y se inclinó en una rodilla.
– ¿Mi consejo? -preguntó el niño, asomando la cabeza en lo alto.
Una mano lo agarró de la camisa y lo jaló hacia abajo. La niña no era tan valiente.
– Tu consejo. Se trata de la batalla de hoy.
Ellos susurraron con urgencia, finalmente salieron, el muchacho decidido, la chiquilla desconfiada. Ronin vio que cada uno de ellos portaba espadas de madera. La de la chica era más pequeña y la mano izquierda se le inclinaba hacia atrás en un extraño ángulo. Deforme.
La mirada de Justin bajó hacia la mano de la niña, luego subió hasta el rostro. Por un momento pareció cautivado por la escena. Un pájaro trinaba en el árbol encima de ellos.
– Mi nombre es Justin, y yo… -se calló mientras se sentaba en el suelo y cruzaba las piernas en un movimiento-. ¿Cómo se llaman?
– Billy y Lucy -contestó el muchacho.
– Bien, Billy y Lucy, ustedes son dos de los niños más valientes que he c0nocido.
Los ojos del chico refulgieron.
– Y los más hermosos -añadió Justin.
La muchacha se apoyó en el otro pie.
– Mis amigos aquí, Ronin y Arvyl, no están convencidos de que yo pueda poner de rodillas a las hordas sin ayuda de nadie. Debo decidir y creo que ustedes me podrían dar alguna indicación. Mírenme a los ojos y díganme. ¿Qué creen? ¿Debo enfrentarme a las hordas?
Billy miró a Ronin, sin saber qué decir.
– Sí -contestó primero la niña.
– Sí -expresó el muchacho-. Desde luego.
– ¡Sí! ¿Oíste eso, Ronin? Dame diez guerreros que crean como estos dos y pondré a todas las hordas a mis pies. Ven acá, Billy. Me gustaría estrechar la mano del hombre que me dijo lo que los adultos no pueden decirme.
Justin estiró la mano y Billy la agarró, con una radiante sonrisa. El guerrero le alborotó el cabello al niño y le susurró algo que Ronin no logró oír. Pero los dos chicos rieron.
– Lucy, ven y déjame besar la mano de la doncella más hermosa en toda la tierra.
Ella dio un paso adelante y le ofreció la mano buena.
– Esa no. La otra.
La sonrisa de Lucy se apagó. Lentamente bajó la espada. Ahora las dos manos le colgaban a los costados. Justin la miró a los ojos.
– No tengas miedo -le manifestó en voz muy baja.
Ella levantó la mano lisiada y Justin la agarró entre las suyas. Se inclinó y la besó tiernamente. Luego se inclinó hacia delante y le susurró algo al oído.
PARA SER absolutamente francos, Lucy estaba aterrada por Justin. Pero no de miedo, sino de nervios. No estaba segura de si debía confiar en él o no. Con los ojos y la sonrisa decía sí, pero había algo en él que le hacía temblar las rodillas. Cuando él le agarró la mano y la besó, la pequeña se dio cuenta de que él sintió su temblor. Luego él se inclinó adelante y le susurró al oído.
– Eres muy valiente, Lucy -pronunció con una voz melodiosa que le recorrió el cuerpo como un vaso de leche caliente-. Si yo fuera un rey me gustaría que fueras mi hija. Una princesa.
La besó en la frente.
Ella no estaba segura de por qué, pero le brotaron lágrimas de los ojos. No se debió a lo que él dijo, ni a que la hubiera besado, sino al poder en su voz. Como magia. La niña se sintió como una princesa levantada por el príncipe más fabuloso de toda la tierra, exactamente como en las historias.
Solo que no era a la hermosa princesa a la que el príncipe había escogido. Era a ella, la que tenía un muñón por mano.
Se esforzó por no llorar, pero era muy difícil, y de repente se sintió incómoda parada de este modo frente a Billy.
Justin le guiñó un ojo y se puso de pie, sosteniéndole todavía la mano. Puso la otra mano sobre el hombro de Billy.
– Quiero que los dos vayan a casa tan pronto como puedan. Díganle al pueblo que las hordas serán derrotadas hoy. Marcharemos por el Valle de Elyon al mediodía, victoriosos. ¿Puedo contar con ustedes?
Ambos asintieron.
El los soltó y volvió a donde esperaba su caballo.
– Ojalá todos nosotros pudiéramos volver a ser niños -declaró. Luego saltó sobre la silla y atravesó al galope el pequeño claro. Se paró al llegar a los árboles e hizo girar el corcel.
Si Lucy no se equivocaba, logró ver lágrimas en el rostro de Justin.
– Ojalá todos ustedes pudieran volver a ser niños. Entonces se internó entre los árboles.
– ¡VIGILEN NUESTROS flancos! -resonó Jamous-. ¡Manténganlos hacia el frente! Markus metió directamente el caballo entre un grupo de guerreros de las hordas y se paró en seco justo en el momento en que uno trató de asestarle un golpe con la guadaña. Markus echó el torso hacia atrás y se arrellanó en la grupa del caballo. La guadaña silbó en el aire por encima. Levantó el cuerpo junto con la espada, cortándole el brazo al encostrado desde el hombro.
Jamous usó el arco, atravesando con una flecha la espalda del guerrero que acosaba por detrás a Markus. El atacante gritó del dolor y dejó caer la espada.
– ¡Retrocedan! ¡Retrocedan! -gritó Jamous.
Era su cuarto ataque esa mañana y la estrategia estaba funcionando exactamente como Jamous la había diseñado. Si seguían golpeando por los costados, su mayor velocidad impediría que el ejército más lento lograra posicionárseles por detrás. Eran como lobos destrozándole las piernas a un oso, siempre fuera del alcance de sus afiladas garras y bastante cerca para dar pequeños mordiscos a voluntad.
La selva estaba a menos de cien metros detrás. Jamous volteó a mirar.
No, doscientos. ¿Tan lejos?
Más lejos.
Giró alrededor y se paró en sus estribos, contemplando el campo de batalla. Un escalofrío desafió al ardiente sol bajándole por la espalda. ¡Estaban demasiado lejos!
– ¡Regresen al bosque! -gritó, e incluso mientras lo hacía vio la amplia franja de hordas recortando por el oriente, cortándoles el paso.
Miró hacia el occidente. El enemigo estaba demasiado lejos para cortarles las líneas allá. Giró hacia el occidente. Un interminable mar de hordas.
Aumentó el pánico, luego se desvaneció. Había una salida. Siempre había una salida.
– ¡Línea central! -gritó-. ¡Línea central!
Sus hombres formaron filas detrás de él para retirarse corriendo. Cuando las hordas se movieran para interceptarlos, los guardianes romperían filas en una docena de direcciones para esparcirlas. Pero siempre se moverían en la dirección en que Jamous los guiara primero.
El caballo de Jamous se levantó en dos patas y él miró desesperadamente en esa dirección.
– Nos están recortando -gritó Markus-. Jamous…