Él sabía lo que el enemigo acababa de hacer. El oso había sufrido con paciencia los ataques de los lobos, gruñendo e intentando golpear como siempre hacía. Pero hoy habían atraído de manera lenta y metódica a los lobos cada vez más a lo profundo del desierto, suficientemente lejos para que estos no pudieran ver la maniobra por los flancos. Demasiado lejos para salir corriendo.
El ejército de hordas se cerró a cien metros detrás de ellos. En el centro Un guerrero sostenía en alto su estandarte, el serpenteante murciélago shataiki. Estaban atrapados.
De pronto, los encostrados más cerca de Jamous se replegaron como cien metros y se unieron al ejército principal. Sus hombres se le habían agrupado a la derecha. Sus caballos relinchaban y pateaban, desgastados por la batalla. Ninguno exigió a Jamous que hiciera algo. Poco se podía hacer.
Excepto atacar.
La línea de hordas entre ellos y la selva era su única opción indudable. Pero ya tenía cincuenta metros de ancho, demasiados encostrados para atravesarla con menos de doscientos hombres.
Sin embargo, era su única opción. Una imagen de Mikil le resplandeció en la mente. Dirían que él había peleado como ningún hombre lo había hecho antes y ella llevaría su cadáver a la pira funeraria.
El ejército de encostrados se detuvo ahora. El desierto se había quedado en silencio. Parecían deleitarse en dejar que Jamous hiciera el primer movimiento. Sencillamente apretarían la soga en cualquier dirección a que los llevara el guardián del bosque. El ejército de hordas estaba aprendiendo.
Martyn.
Jamous miró a sus hombres, que formaban una línea frente a la selva.
– Solo hay una salida -les dijo.
– Directo hacia ellos -confirmó Markus.
– La fortaleza de Elyon.
– La fortaleza de Elyon.
Tal vez algunos lograran atravesar el muro para advertir al poblado.
– Extiendan la voz. A mi señal, directo al frente. Si lo logran, evacúen el poblado. Ellos lo quemarán.
¿Había llegado de verdad la situación a esto? ¿A una última carrera suicida?
– Eres un buen hombre, Jamous -comentó Markus.
– Tú también, Markus, tú también.
Se miraron. Jamous levantó la espada.
– Jinete! ¡Por detrás! -se oyó un grito desde la línea.
Jamous giró en su silla. Un jinete solitario atravesaba corriendo el desierto por el oriente, como a ochocientos metros de distancia. A su paso se levantaba polvo.
– ¡Cuidado! -gritó Jamous haciendo girar el caballo.
El jinete no iba rumbo a ellos ni a los moradores del desierto. Se acercó a medio camino entre la posición de ellos y el ejército de hordas. Un caballo blanco.
Hasta Jamous llegó el sonido del golpeteo de cascos. Fijó los ojos en ese corcel solitario, que retumbaba en el desierto como un mensajero ciego que se hubiera perdido y estaba decidido a entregar su mensaje al comandante supremo a cualquier costo.
Era Justin del Sur.
El hombre todavía no estaba vestido con ropa adecuada de batalla. La capucha le volaba detrás con mechones sueltos. Montaba parado en las puntas de los pies como si hubiera nacido en esa silla de montar. Y en la mano derecha le colgaba una espada, abajo y tan libre que parecía como si fuera a tocar la arena en cualquier momento.
Jamous tragó saliva. Este guerrero había peleado y ganado más batallas que cualquier hombre vivo, a excepción del mismo Thomas. Aunque Jamous no había peleado con él, todos habían oído de sus proezas antes de que dejara a los guardianes.
De repente, Justin se desvió hacia el ejército de hordas, inclinado sobre el costado opuesto del caballo y con la espada metida en la arena. Corriendo aún a toda velocidad dejó marcada en el desierto una línea de cien metros antes de enderezarse y parar en seco a la bestia.
El blanco corcel retrocedió y dio la vuelta.
Justin se volvió al galope, sin mirar ni una sola vez a ningún enemigo. Las filas frontales de las hordas se movieron pero se quedaron tranquilas. El frenó en el centro de la línea que había trazado y las enfrentó.
Los ejércitos se mantuvieron en perfecta calma.
Justin miró al frente durante varios segundos, dándole la espalda a Jamous.
– ¿Qué está él…?
Jamous levantó una mano para callar a Markus.
Justin echó la pierna por detrás de la silla y desmontó. Se dirigió a la línea y se detuvo. Entonces, con parsimonia, se paró sobre la línea y siguió adelante, arrastrando a su lado la espada en la arena. Ellos podían oír el suave crujido de la arena debajo de los pies del hombre. Un caballo en la línea relinchó.
El guerrero se hallaba a solo treinta metros del principal ejército de hordas cuando se volvió a detener. Esta vez clavó la espada en la arena y dio tres Pasos atrás.
– ¡Solicito hablar con el general llamado Martyn! -resonó su voz en el desierto.
– ¿Qué cree él que está haciendo? ¿Se está rindiendo?
– No sé, Markus. Aún estamos vivos.
– ¡No podemos rendirnos! Las hordas no toman prisioneros.
– Creo que intenta hacer la paz.
– ¡Paz con ellos es traición contra Elyon! -exclamó Markus.
– Envía un mensajero, por el flanco oriental.
– ¿Ahora?
– Sí. Veamos si lo dejan pasar. Markus dio la orden.
Justin aún miraba al enemigo, esperando. Un jinete salió de la línea de Jamous y corrió hacia el oriente, del mismo modo que había hecho Justin. Los encostrados no se movieron para detenerlo.
– Lo están dejando pasar.
– Bueno. Veamos si…
– Ahora lo están deteniendo.
Los encostrados cerraron el flanco oriental. El jinete se detuvo y retrocedió.
Jamous lanzó una palabrota.
– Bien, veamos entonces cuán lejos nos lleva la traición.
Como en el momento justo, el ejército de hordas se abrió directamente al frente. Un general solitario montado en un caballo, que vestía la banda negra de su rango, salió lentamente hacia Justin. Martyn. Jamous logró distinguir el rostro del encostrado debajo de la capucha, pero no sus rasgos. Se detuvo a diez metros de la espada de Justin.
El desierto llevaba el suave sonido de las voces, pero Jamous no distinguía las palabras. Siguieron hablando. Cinco minutos. Diez.
De pronto el general Martyn se deslizó del caballo, se reunió con Justin a la altura de la espada clavada en la arena y se agarraron las manos en el saludo tradicional de la selva.
– ¿Qué?
– Cállate, Markus. Si vivimos otro día para pelear, lo arrastraremos por su traición.
El general montó, retrocedió hasta donde sus hombres y desapareció. Un prolongado cuerno resonó desde la línea frontal.
¿Ahora qué?
Justin subió a su silla, giró el caballo y salió corriendo hacia ellos. Estaba como a siete metros sin disminuir la marcha antes de que a Jamous se le ocurriera que él no iba a atravesar la línea.
Lanzó una maldición y giró bruscamente el caballo hacia la izquierda.
Jamous pudo ver el pícaro reflejo en los ojos color esmeralda de Justin mientras se dirigía a la línea y galopaba hacia las expectantes hordas. Mucho antes de que él llegara, el ejército de encostrados se partió y se retiró, primero de oriente a occidente y luego al sur como una ola en retirada en cada lado.
Justin se paró en la línea de árboles.
Jamous volvió a mirar hacia atrás, luego espoleó su caballo.
– ¡Vamos!
No fue sino cuando estaba a mitad de camino hacia Justin que Jamous recordó su acuerdo. En realidad, el hombre le había quitado de encima las hordas, ¿verdad? Sí. No por ningún medio que se hubiera imaginado, ni por ningún medio que entendiera, pero lo había hecho. Y, por eso al menos, Justin había vencido.
Hoy lo honraría el pueblo.
11
– ¿DUERME TODAVÍA? -inquirió Phil Grant.
– Como un bebé -contestó el desgarbado doctor abriendo la puerta de su laboratorio-. Insisto en que me deje analizarlo más. Esto es sumamente extraño, ¿entiende? Nunca antes lo había visto.