– ¿Le cuesta más trabajo poder acceder a los sueños de él?
– No sé a lo que pueda acceder, pero lo intento con gusto. Sea lo que sea que esté ocurriendo en esa mente, es necesario examinarla. Es indispensable.
– No estoy seguro de cuánto tiempo tenemos para lo que según usted es indispensable -opinó Grant-. Veremos.
Kara entró por delante de los dos hombres. Le pareció extraño que solo hasta hacía dos semanas ella llevara una vida tranquila como enfermera en Denver. Sin embargo, hela aquí, empujada de mala gana por el director de la CÍA y de un psicólogo de renombre mundial, que analizaban a su hermano para encontrar respuestas a la crisis más grande que quizás enfrentara alguna vez Estados Unidos.
Thomas se hallaba en un asiento reclinable color granate, luces tenues, mientras una versión orquestal de «Killing Me Softly» susurraba por los parlantes del techo. Kara había pasado la tarde poniendo sus asuntos en orden: El alquiler de su departamento en Denver, cuentas de seguro, una larga llamada a su madre, que se había horrorizado con todas las noticias acerca de que Thomas secuestrara a Monique. Dependiendo de lo que sucediera los siguientes días, Kara pensaba que podría volar a Nueva York para hacerle una visita. Le pesaba mucho la posibilidad de no volver a ver a su madre. Todos los científicos hablaban como si el virus no fuera a causar estragos por otros dieciocho días, pero en realidad podrían ser menos. Diecisiete. Dieciséis. Los modelos solo eran aproximados. Había la posibilidad de que todos tuvieran menos de tres semanas de vida.
.-¿Así que ha estado durmiendo tres horas sin soñar?
– Permítame decirlo de esta manera -contestó el doctor Myles Bancroft yendo al monitor y dándole un ligero toquecito-. Si está soñando, no es como ningún sueño que yo haya visto nunca. No hay movimiento rápido de ojos. No hay actividad cerebral perceptiva, ni fluctuación en la temperatura facial. Está en un sueño profundo, pero sus sueños son tranquilos.
– Por tanto, la idea de registrar sus patrones de sueño y de volverlos a alimentar…
– No presenta la más mínima oportunidad.
– Él parece tan… común y corriente -expresó Grant moviendo la cabeza de lado a lado.
– Está muy lejos de ser común y corriente -objetó Kara.
– Es obvio. Sencillamente es difícil imaginar que el destino del mundo dependa de algo en esta mente. Sabemos que él descubrió la variedad Raison… y la idea de que el antivirus esté oculto en esa mente de algún modo me pone nervioso, considerando que no ha tenido ni un día de capacitación médica en su vida.
– Por eso es indispensable que usted me deje pasar más tiempo con él – repitió Bancroft.
Lo miraron en silencio.
– Despiértelo -ordenó Kara.
– Despierta, muchacho -enunció Bancroft moviendo suavemente a Thomas.
Los ojos de Thomas se abrieron. Era gracioso que Kara ya no pensara en él como Tom. Ahora era Thomas. Le calzaba mejor.
– Bienvenido a la tierra de los vivos -bromeó el doctor-. ¿Cómo se siente?
– ¿Cuánto tiempo he estado durmiendo? -preguntó él, sentándose y frotándose los ojos.
– Tres horas.
THOMAS MIRÓ alrededor del laboratorio. Tres horas. Le parecieron más.
– ¿Qué sucedió? -curioseó Kara.
Lo miraban de manera expectante.
– ¿Funcionó? -indagó él.
– Eso es lo que nos estábamos preguntando -contestó Bancroft.
– No sé. ¿Registró usted mis sueños?
– ¿Soñó usted?
– No sé, ¿o sí? ¿O estoy soñando ahora?
– Por favor, Thomas -cuestionó Kara, suspirando.
– Está bien, entonces sí, desde luego que soñé. Regresé a la selva con mi ejército después de destruir a las hordas, la pólvora funcionó a las mil maravillas. Me reuní con el Consejo y luego me quedé dormido después de unirme a la celebración con Rachelle.
Puso los pies en el piso y se irguió.
– Y estoy soñando ahora, lo que significa que no comí la fruta. Ella me arrancará la piel.
– ¿Quién le arrancará la piel? -quiso saber Grant.
– Su esposa, Rachelle -contestó Kara. El director la miró con una ceja arqueada.
– Y pregunté acerca de los libros de historias -añadió Thomas-. Sé quién es el hombre que me podría decir dónde se encuentran.
– Pero ¿no recordó nada más respecto del antivirus? -presionó Grant.
– No. Su experimentito falló, ¿recuerda? Usted no puede estimular mis bancos de memoria porque no puede registrar los patrones característicos asociados con mis sueños, puesto que no estoy soñando. Eso lo resume muy bien, ¿no es así, doctor?
– Tal vez sí. Fascinante. Podríamos estar al borde de todo un mundo de entendimiento.
– Está bien, Gains tiene razón -intervino Grant meneando la cabeza-. De ahora en adelante debemos hablar lo menos posible de estos sueños. Mantenemos la historia directa y sencilla. Usted tiene un don. Ve cosas que aún no han sucedido. Eso es bastante difícil de creer, pero al menos existe ese precedente. A la luz de nuestra situación, bastantes personas le darán al menos una posibilidad de profeta. Pero el resto de ellas: su esposa, Rochel o como se llame, su consejo de guerra, las hordas, la fruta que no comió, todo eso, es estrictamente confidencial para cualquiera excepto Gains y yo.
– ¿Quiere usted considerarme como una especie de profeta místico? – preguntó Thomas-. No soy tan optimista como usted. No haré nada para influir en la comunidad internacional. Fuera de este salón solo soy una persona sencilla que podría saber más respecto de la situación a la mano que cualquier otro en este gobierno, debido a mi asociación con Monique. Fui el último en hablar con ella antes de que la raptaran. Soy el único que ha contactado con los terroristas y soy el único que ha previsto por anticipado el próximo movimiento de ellos. Considerando todo eso, soy un hombre a quien deberían tomar en serio. A juzgar por la más bien… cálida recepción que obtuve de los demás en la reunión de hoy, creo que eso podría tener más sentido.
– No discreparé -expresó Grant-. ¿Está usted previendo la necesidad de influir en la comunidad internacional?
– ¿Quién sabe? -inquirió Thomas pasando delante de él, su sensación de urgencia había crecido-. De un modo u otro tenemos que superar este asunto. ¡No puedo creer que los libros de historias aún existan! Si pudiera conseguirlos…
Se detuvo.
– Tengo que saber algo -continuó Thomas enfrentándoseles con ojos bien abiertos-. Tengo que saber si este corte en mi hombro vino de Carlos o de las hordas. En mis sueños, quiero decir.
Lo miraron sin ofrecerle ninguna afirmación de apoyo.
– De Carlos -contestó finalmente Karla.
– Pero no viste que él me cortara, ¿correcto? Yo ya sangraba cuando entraste a la habitación. No, necesito saber de verdad. Ellos están insistiendo en que las hordas me hicieron el corte.
– ¿Cómo… puedes probarlo de algún modo?
– Sí. Córtenme -enunció, y extendió el brazo-. Háganme una pequeña incisión y veré si la tengo cuando despierte.
Los tres parpadearon.
– Denme entonces una navaja.
Bancroft fue hasta un cajón, lo abrió y sacó unas tijeras.
– Bien, yo tengo estas…
– Usted no habla en serio, ¿verdad? -exclamó Grant. Thomas agarró las tijeras y se acercó la afilada punta a lo largo del brazo. Debía entender las reglas del caso.
– Solo un pequeño rasguño. Por mí. Tengo que saberlo.
Hizo un gesto de dolor y devolvió las tijeras.
– ¿Está usted sugiriendo que entre las realidades se ha transferido más de lo que está en su mente? -quiso saber el doctor.
– Por supuesto -contestó él-. Estoy aquí y allá. Físicamente. Eso es más que conocimiento o habilidades. Mis heridas aparecen en ambas realidades. Mi sangre. Vida. Nada más. Mi mente y mi vida. Por otra parte, mi edad no aparece aquí. Aquí soy más joven.