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– Esto… esto es absolutamente increíble -titubeó el doctor.

Thomas miró a Grant.

– ¿Cuál es nuestra posición?

El director se tomó un rato para responder.

– Bueno… el presidente ha ordenado a la FEMA, la Agencia Federal de Gestión de Emergencias, que dirija todos sus recursos a trabajar con los Centros para el Control de Enfermedades y ha hecho intervenir a la Organización Mundial de la Salud. Ahora han confirmado el virus en treinta y dos aeropuertos.

– ¿Qué hay de la búsqueda de Monique? El resto podría ser vano a menos que la hallemos.

– Estamos trabajando en eso. Los gobiernos de Inglaterra, Alemania, Francia, Tailandia, Indonesia, Brasil… una docena más están haciendo todo lo posible.

– ¿Suiza?

– Naturalmente. Quizás yo no pueda predecir un virus, o pelear contra las hordas, pero sí sé cómo buscar fugitivos en el mundo real.

– Svensson se ha metido en un hueco en algún lugar preparado desde hace mucho tiempo. Uno en que nadie pensaría buscar. Como el de las afueras de Bangkok.

– ¿Cómo encontró usted ese lugar?

Thomas miró a Kara.

– ¿Podrías volver a hacerlo? -preguntó ella-. El mundo ha cambiado, pero eso no significa que Rachelle no esté conectada de alguna manera con Monique, ¿de acuerdo?

Thomas no respondió. ¿Y si él estuviera equivocado? Todavía era Thomas Hunter, el escritor fracasado de Denver. ¿Qué derecho tendría de informar a la CÍA? Las posibilidades eran gigantescas.

Por otra parte, él había tenido razón más de una vez. Y había peleado triunfalmente con las hordas durante quince años. Eso le había hecho ganar algo, como le dijera el presidente.

– ¿Me podría explicar alguien? -indagó Grant.

Kara lo miró.

– Rachelle, la esposa de Thomas en sus sueños, lo dirigió sin querer a Monique la primera vez. Ella parecía saber dónde la tenían prisionera. Pero se puso celosa de Monique porque se dio cuenta de que Thomas se estaba enamorando de ella aquí. Así que no quiso volver a ayudarlo. Por eso él acordó no soñar durante quince años.

– Debí haberme tomado más tiempo -opinó Bancroft-. Usted está enamorado de dos mujeres diferentes, ¿una en cada realidad?

– Aquello fue en un período continuo -enunció Thomas.

Eso era algo que Thomas había estado tratando de acallar desde que despertara del sueño de quince años, pero que perduraba en el fondo de su mente. Parecía absurdo que tuviera en absoluto ningún sentimiento hacia Monique. Sí, habían enfrentado juntos la muerte y ella lo había besado como un asunto de supervivencia. Él encontró encantador el impetuoso espíritu de ella y parecía como si estuviera viéndole el rostro en todo momento. Pero quizás los celos de Rachelle le motivaron desde el principio los sentimientos románticos hacia Monique. Tal vez él no hubiera empezado a enamorarse de ella si Rachelle no se lo hubiera sugerido.

Ahora, después de quince años con Rachelle, había desaparecido cualquier idea romántica que una vez pudo haber sentido por Monique.

– Todo el asunto es más que un período continuo -formuló Grant-, empezando con su predicción de la variedad Raison. Pero ahora se trata de realidades, ¿no es así? Por tanto, consiga sus libros de historias, vaya donde Rachelle y convénzala de que nos ayude aquí. Quiero decir que se ponga a dormir y sueñe.

Él movió la cabeza de lado a lado y empezó a ir hacia la puerta.

– Con algo de suerte usted tendrá algo más sensato qué decirle al presidente cuando se reúna con él mañana.

***

LA HABÍAN vuelto a mudar. Dónde, ella no tenía ninguna pista.

Monique de Raison miró el monitor, la mente confrontada, los ojos ardiéndole.

Habían pasado menos de veinticuatro horas desde que por segunda vez en muchos días le pusieran un saco en la cabeza y la metieran en un vehículo y después en un avión. El vuelo había durado varias horas… podía estar en cualquier lugar. Hawái, China, Argentina, Alemania. Habría podido imaginarse la región por alguna vaga conversación que alcanzara a oír, pero le metieron cera en los oídos y se los taparon. Ni siquiera podía determinar el clima o la humedad, porque habían aterrizado durante un temporal de lluvias que le humedeció la capucha antes de que la metieran a la fuerza a otro auto y la trajeran aquí.

Un individuo de ascendencia alemana o suiza totalmente desconocido para ella le había quitado la bolsa de la cabeza y destapado los oídos. Sin hablar, la dejó en este salón.

Otro laboratorio. Blanco encandilador. Pequeño, quizás de siete metros por siete, pero equipado con lo más moderno. A lo largo de una pared había un microscopio Siemens de emisión de campo electrostático. El microscopio podía examinar de manera eficaz muestras húmedas y especímenes tratados con nitrógeno líquido. De lo mejor en su género. Al lado, una larga mesa mostraba tubos de ensayo y un contador Beckman Coulter.

En el rincón, un colchón, y en un cuarto contiguo sin puerta, un baño y un lavabo.

El salón estaba construido con bloques de carboncillo, igual que los otros. Con una segunda mirada tuvo la seguridad de que quien hubiera construido los otros dos laboratorios en que estuvo, también había construido este. ¿Cuántos tenían? Y habían equipado cuidadosamente cada uno con todo lo que necesitaría un virólogo.

Monique se acurrucó en el colchón, vestida con pantalones azules claros y blusa que le hacía juego, ropa que le dieron antes del viaje. Lloró. Era consciente de que debía ser fuerte. De que Svensson en realidad no liberaría el virus como había amenazado hacer. De que, si lo hacía, tal vez ella era la única persona que podría detener el virus. Pero era terriblemente mínima la posibilidad de que la «puerta de atrás» que creó sobreviviera a la mutación. Ellos tendrían que estar fanfarroneando.

Sin embargo, ella había llorado.

Un pelirrojo con bata blanca y bifocales entró al salón veinte minutos después llevando un maletín de piel de serpiente.

– ¿Está usted bien? -le preguntó; parecía sorprendido de veras de la condición de ella-. ¡Dios mío! ¿Qué le han hecho? Usted es Monique de Raison, ¿verdad? La Monique de Raison.

Ella se puso de pie y se quitó el flequillo de los ojos. Un científico. Le renació la esperanza. ¿Era un amigo?

– Sí -contestó ella.

Solo unos días antes, Monique podría haber abofeteado a este hombre por su mirada boquiabierta. Ahora ella se sentía insignificante. Muy insignificante.

Los ojos del hombre brillaban.

– Tenemos una apuesta. Tenemos una apuesta -dijo y señaló hacia la puerta-. Quién lo encuentra primero, usted o nosotros.

Luego se inclinó al frente como si se debiera mantener en secreto lo que estaba a punto de decir.

– Soy el único que apuesta por usted.

Ella pensó que el sujeto estaba ligeramente loco.

– Ninguno de nosotros lo descubrirá -expresó ella-. ¿Comprende usted lo que está pasando?

– Desde luego que sí. Al primero que aísle el antivirus se le pagarán cincuenta millones de dólares y a cada uno del equipo completo se le pagarán diez millones. Pero hay once equipos, así que Petrov…

Ella entonces le dio una cachetada. Los lentes le volaron por el salón.

– Él va a liberar el virus, ¡idiota!

– Ya lo hizo -anunció el científico mirándola, luego puso el maletín en el suelo y fue por los lentes. Regresó con ellos puestos-. Todo lo que usted necesita está en el maletín; verá todo nuestro trabajo en cálculos de tiempo real y nosotros veremos el suyo.

Entonces se dirigió a la puerta.

– Lo siento, ¡por favor! -exclamó ella corriendo detrás de él-. ¡Usted tiene que ayudarme!

Pero él cerró la puerta y desapareció.

Eso ocurrió hace solo una hora. Ahora Monique miraba una vertiginosa serie de números y trataba desesperadamente de concentrarse.