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Él no ha liberado el virus, Monique. Las posibilidades de encontrar a tiempo m antivirus son demasiado pocas. ¡Sería suicidio!

Pero él la había secuestrado, ¿verdad? Él sabía que finalmente lo iban a atrapar y que iba a pasar el resto de su vida en prisión. ¿Qué tenía que perder?

Y Thomas…

La mente de Monique se centró en sus dos encuentros con el estadounidense. En el irracional secuestro. La había atado al aire acondicionado en el hotel Paradise mientras él dormía, mientras viajaba en sueños para obtener información que él no tenía cómo conocer. El ataque por parte de Carlos. Ella le había visto dispararle a Thomas, y sin embargo este sobrevivió y vino de nuevo por ella. Ella lo había besado. Lo hizo para distraer a quien observara, pero también porque él arriesgó su vida por ella; además, se sentía desesperada porque la salvara. Él era su salvador.

Monique no sabía si sus sentimientos irresponsables por Thomas los motivaba el carácter de él o la desesperación de ella. Las emociones de la mujer difícilmente eran confiables en un momento como ese.

¿Estaría aún vivo?

Tienes que concentrarte, Monique. Vendrán por ti otra vez. Tu padre tendrá a todo el mundo buscándote.

Respiró hondo y se volvió a concentrar. Un modelo de su propia vacuna Raison llenaba una esquina de la pantalla. Debajo, un modelo de la variedad Raison, una mutación que logró sobrevivir después de someter a la vacuna a calor intenso, exactamente como Thomas predijera. En la última hora Monique había analizado un centenar de veces una simulación de la mutación real y veía cómo actuaba. Este era un fenómeno de naturaleza mucho más compleja que cualquier cosa que se le pudiera ocurrir a un genetista por cuenta propia.

Irónicamente, la creación genética de Monique, diseñada para mantener viable a la vacuna por largos períodos sin contactar a ningún huésped o nada de humedad, había permitido mutar a la inerte vacuna en tan adversas condiciones.

Hasta donde ella podía ver, solo había dos medios en que se podría desarrollar un antivirus con alguna velocidad, lo cual significaba semanas en vez de meses o años.

Lo primero sería identificar el patrón característico que Monique había creado en su vacuna para desconectarla, por así decirlo. Ella había desarrollado una forma simple para introducir un agente de transmisión por vía aérea en las inmediaciones de la vacuna… un virus que en esencia neutralizaría la vacuna al insertar el propio ADN del virus en la mezcla y hacer inofensiva a la vacuna. Este era tanto su patrón característico personal como un disuasorio para el juego sucio o el robo.

Si ella lograra encontrar el gen específico que había creado, y si este hubiera sobrevivido a la mutación, entonces introducir el virus que había desarrollado para neutralizar la vacuna también podría hacer que la variedad Raison resultara inocua. Si, si y podría eran las palabras clave.

La francesa conocía el patrón característico tanto como a su mejor amiga. El problema ahora era cómo hallarlo en ese fragmentado desorden llamado Variedad Raison.

La otra manera única de desenmarañar un antivirus en tan corto plazo era encontrar por casualidad las correctas manipulaciones de genes. Pero diez mil técnicos de laboratorio podrían coordinar sus esfuerzos durante sesenta días sin obtener la combinación correcta.

Svensson sabía algo o no se arriesgaría a tanto en tan poco tiempo. Seguramente se dio cuenta de que el patrón característico de ella no había sobrevivido, o que quizás no funcionaría en la vacuna mutada.

Monique movió el cursor sobre la tecla debajo del diagrama de la variedad y lo sacó a una ventana del ADN del virus. Buscaría primero su clave.

Dio un golpe con el puño en el escritorio negro de fórmica. En una bandeja se zarandearon tubos de vidrio. A través de sus apretados dientes soltó un insulto.

– ¡Esto no puede estar sucediendo!

– Me temo que sí.

¡Svensson! Giró ella en la silla. El viejo libidinoso se hallaba en la entrada, sonriendo pacientemente, apoyado en un bastón blanco.

Entró al salón, arrastrando la pierna, con un brillo de satisfacción en los ojos.

– Perdón por haberte dejado sola tanto tiempo, pero he estado un poco preocupado. Los dos últimos días han estado plagados de incidentes.

Monique se puso de pie y se agarró del escritorio para ocultar un temblor en la mano. El sujeto vestía chaqueta negra, camisa blanca, sin corbata. Tenía e' cabello oscuro con raya al medio y alisado hacia atrás con vaselina. En los nudillos le sobresalían sus venas azules.

– ¿Qué pasa? -inquirió ella, tan tranquila como pudo.

– ¿Qué no pasa? -contestó él cerrando la puerta-. Pero es injusto. No tienes idea de lo emocionante que se ha vuelto el mundo en las últimas cuarenta y ocho horas, porque has estado trabajando duro para tratar de salvarlo.

– ¿Cómo puedo trabajar si usted me traslada cada doce horas?

– Estamos en una isla de Indonesia, en un monte llamado Cíclope. Muy seguro. No te preocupes, nos quedaremos al menos tres días. ¿Has hecho algún avance?

– ¿Con qué? Usted nos ha dado una tarea imposible.

La sonrisa del viejo no se debilitó, pero los ojos le brillaban. La analizó una excesiva cantidad de tiempo.

– No estás tan motivada como esperaba. Inserta este disco, por favor – pidió él yendo hacia ella y sacando un CDROM del bolsillo de la camisa-. Y ni se te ocurra pensar en asaltarme. Serías una tonta si crees que no podría abrirte el vientre con un movimiento de muñeca.

Ella agarró el disco y lo introdujo en la bandeja DVD de la computadora. Esta se replegó.

– El resto del mundo ha tenido la ventaja de ver durante tres días lo que vas a ver ahora. Quiero que estés segura de entenderlo todo.

El caparazón de un virus solitario salió en la pantalla y Monique lo reconoció al instante. La variedad Raison. Un reloj mostraba la hora real en la base de la figura.

– Sí, un mercenario sumamente eficaz. Pero no has visto lo que puede hacer de veras.

– Esto es una simulación -objetó ella-. Cualquiera puede crear una tira cómica.

– Te aseguro que no se ha usado ni una sola pieza de datos hipotéticos para esta «tira cómica», como la llamas. La dejaré para que la analices después.

Monique observó el ingreso del virus en un pulmón humano, el cual de inmediato se puso a obrar en las células de los alvéolos. Ella sabía cómo iba a funcionar: introduciendo su propio ADN a las células y finalmente destrozándolas. Pronto miles de células infectadas del virus recorrían el sistema de venas y arterias del cuerpo, buscando nuevos órganos. Aun así, con ese daño microscópico, no sería evidente ningún síntoma.

El reloj de la base de la figura se aceleró y comenzó a marcar horas, luego días. Se puso más lento en el dieciséis. Las células infectadas habían alcanzado una masa crítica y estaban produciendo síntomas. El asalto a los órganos del cuerpo resultó en una tremenda hemorragia interna y rápido fallo en dos días más.

Como un ácido, el virus se había comido al huésped de adentro hacia fuera.

– Asquerosa bestiecita -declaró Svensson-. Hay más.

Monique había visto mil simulaciones de bacterias. Había participado en autopsias de víctimas de ébola. Había visto y analizado más virus que cualquier otra persona viva. Pero nunca había visto un animal tan devastador, ni que fuera tan contagioso, tan sistemático, y tan inocuo antes de alcanzar la madurez y consumir a su huésped como muchas pirañas.

Monique carraspeó.

El siguiente cuadro mostró un mapa del mundo. Se iluminaron doce puntos rojos. Nueva York, Washington, Bangkok y otros diminutitos fuegos más se encendieron.

– Perdona el melodrama, pero en realidad no hay otra manera de mostrar lo que no se puede ver a simple vista.