Ese era su único vicio.
Eso y el poder.
Él sabía que se pudo haber apoderado de la presidencia mucho tiempo atrás, pero no estaba interesado en Francia… el examen de nivel en tal cargo habría obrado en su contra. Sin embargo, su nombramiento como ministro de relaciones exteriores lo puso en la posición perfecta para sus verdaderas aspiraciones.
Henri Gaetan era un tipo espigado y delgado con ojos hundidos y la línea de la mandíbula tan aguda como la mente de Fortier.
– ¿Qué está usted diciendo, Armand? ¿Que trabaja para Valborg Svensson?
– No.
Fortier había reclutado primero a Svensson hacía quince años para dirigir una operación mucho más sencilla: Acuerdos de armas imposibles de rastrear con varias naciones interesadas; estos pactos involucraban investigación de armas biológicas a cambio de lucrativos contratos. Los acuerdos le habían producido ganancias multimillonarias. El dinero había alimentado el imperio farmacéutico de Svensson, con condiciones, naturalmente.
Armand no había captado el verdadero potencial del arma biológica adecuada hasta que observó a una de esas naciones utilizar uno de los agentes de Svensson contra los estadounidenses. El incidente alteró para siempre el curso de la vida de Fortier.
– ¿Cómo es posible esto? -exigió el presidente-. Usted está sugiriendo que cedamos a las demandas de él…
– No. Estoy sugiriendo que cedan a mis demandas.
– Por tanto, él trabaja para usted -concluyó Chombarde.
– Caballeros, tal vez ustedes no entiendan realmente lo que ha sucedido. Permítanme clarificarlo. La mitad de nuestros ciudadanos hoy salen a trabajar, cuidan a sus hijos, asisten a clases y hacen todo lo demás que realizan en esta maravillosa república nuestra sin la más leve idea de que han sido infectados con un virus que en dos semanas se habrá apoderado de todas las almas en este planeta. Se le denomina Variedad Raison y reposará tranquilamente durante los próximos dieciocho días antes de empezar a matar; entonces 10 hará de modo muy vertiginoso. No hay cura. No hay manera de hallar una cura. No hay forma de detener el virus. Solo existe un antivirus, y yo lo controlo. ¿Hay alguna parte de esta explicación que se le escapa a alguno de ustedes?
– ¡Pero lo que usted está haciendo es moralmente reprensible! – exclamó el premier.
Solo el ministro de defensa, Georges Du Braeck, no había hablado. Parecía ambivalente. Eso era bueno. Fortier necesitaría más la cooperación de Du Braeck que la de cualquiera de los otros.
– No señor. ¡Aceptar la muerte de manera voluntaria es moralmente reprensible! Les estoy ofreciendo su única vía de escape a esa muerte más que segura. A muy pocos hombres en este mundo se les brindará la clase de oportunidad que les estoy ofreciendo esta noche.
Ninguno habló por algunos momentos.
– Usted está subestimando a las potencias nucleares del mundo – declaró el presidente parándose con dificultad y dirigiéndose a Fortier a tres metros de distancia-. ¿Espera que ellos carguen sencillamente sus portaaviones y sus fuerzas armadas y mercantes, y traigan flotando sus arsenales nucleares a Francia porque se los exijamos? ¡Primero los lanzará.
Esa era la misma objeción que otros jefes de estado mucho más pequeños expresaron la primera vez que él les había sugerido el plan una década atrás. Fortier sonreía ante la necedad de un hombre.
– ¿Me toma por imbécil, Henri? ¿Cree que en los últimos diez años he pasado haciendo cálculos menos tiempo que usted, tras solo unos minutos? Siéntese, por favor.
Había un temblor en las manos de Henri Gaetan; las extendió hacia atrás para apoyarse en la silla y se sentó con lentitud.
– Bien. Ellos objetarán, naturalmente, pero ustedes subestiman el impulso humano por la preservación personal. Al final, al enfrentarse a una alternativa entre la muerte sangrienta de veinte millones de niños inocentes y su ejército, preferirán sus niños. Nos aseguraremos de que la alternativa se entienda en esos términos. Los británicos, los rusos, los alemanes… todos decidirán vivir, y pelear otro día. Como espero que ustedes hagan.
Él pensó que la naturaleza de su amenaza contra cada uno de ellos empezaba a hundirlos personalmente.
– Voy a expresarlo de este modo: En menos de dieciocho días habrá cambiado de forma dramática el equilibrio del poder en este planeta. El curso está establecido; el resultado es inevitable. Hemos elegido a Francia como sede de la nueva superpotencia del mundo. Como líderes de Francia, ustedes tienen dos alternativas. Pueden facilitar este cambio en el poder global y vivir como parte del liderazgo que todos ustedes han deseado secretamente por muchos años o pueden rechazarme y morir con los demás.
Ahora sin duda entenderían.
El ministro de defensa estaba sentado con las piernas cruzadas, con la firmeza con que cualquier estalinista enfrentaría tal ultimátum.
– ¿Podría hacer algunas preguntas? -expresó finalmente.
– Por favor.
– No hay manera física de que Estados Unidos, por no hablar del resto del mundo, embarque todos sus armamentos nucleares en catorce días. Es necesario evacuarlos de puntos de lanzamiento y de depósitos ocultos de armas, enviarlos a la costa este, cargarlos en barcos y hacer que atraviesen el Atlántico.
– Naturalmente. La lista que les hemos dado incluye todos sus misiles intercontinentales antiaéreos, sus misiles de largo alcance, la mayor parte de su marina de guerra, incluidos sus submarinos, y la mayoría de su fuerza aérea, mucha de la cual se puede transportar. Estados Unidos deberá tomar medidas extraordinarias, pero no les hemos exigido nada más ni nada menos de lo que se puede. En cuanto a los británicos, hindúes, pakistaníes e israelíes, les estamos exigiendo todos sus arsenales nucleares.
– ¿China y Rusia?
– China. Digamos que China no será un problema. No tienen amor por Estados Unidos. Los chinos ya aceptaron y mañana empezarán los envíos en intercambio por ciertos favores. Serán un ejemplo a seguir para otros. Rusia representa una historia diferente, pero hemos alineado varios elementos críticos. Aunque voceen sus objeciones, accederán.
– Entonces tenemos aliados.
– Hasta cierto punto.
La revelación produjo un prolongado momento de silencio.
– Los estadounidenses siguen siendo la mayor amenaza. Suponiendo que accedan, ¿cómo puede Francia acomodar toda esta enorme cantidad de armamento? -preguntó Gaetan haciendo girar la mano-. No tenemos las personas ni el espacio.
– Lo destruimos -opinó el ministro de defensa.
– Muy bien, Du Braeck. La superioridad se mide en proporciones, no en cantidades, ¿correcto? Diez a uno es mejor que mil a quinientos. Hundiremos más de la mitad del armamento militar que recibamos. Piensen en esto como desarme obligado. La historia hasta podría sonreímos.
– Por eso usted eligió aguas profundas cerca de la base naval Brest.
– Entre otras razones.
– ¿Y cómo podemos protegernos contra un asalto durante esta transición de poder? -quiso saber el ministro de defensa. ¡ Fortier había esperado estas preguntas y tenía respuestas tan detalladas que no podría empezar a explicar todo en esta reunión. Inventarios de armamento, posible movimiento de tropas, ataques preventivos, voluntad política… se había considerado detenidamente toda posibilidad. Su única tarea esta noche era ganarse la confianza de estos cuatro hombres.
– Catorce días es tiempo suficiente para enviar armas, no para desplegar tropas. Todo ataque de largo alcance vendría por aire. Gracias a los rusos, tendremos la amenaza de las represalias para disuadir cualquier ataque. La otra amenaza inmediata vendría de nuestros vecinos, principalmente Inglaterra. Estaremos más débiles en los tres días siguientes, hasta que podamos reponer nuestras fuerzas para repeler un ataque por tierra y aceptar refuerzos de los chinos. Pero el mundo estará en un caos político… la confusión nos dará el tiempo que necesitamos.