Dejó escapar un sollozo, un enorme suspiro de alivio, y se inclinó hacia atrás en la silla.
Su código estaba intacto. La clave estaba aquí y, según todas las apariencias, sin que la mutación la hubiera afectado. Por consiguiente, ¡el virus que creó para inutilizar estos genes también podría funcionar!
Otro pensamiento le atenuó la euforia. Cuando Svensson tuviera lo que deseaba, la mataría. Por un breve instante pensó en no decirle a Svensson lo cerca que ella estaba. Pero no podía conservar esa información que podría salvar innumerables vidas, sin importar quién la usara.
Por otra parte, ella quizás no estuviera tan cerca en absoluto. Él no le había dicho todo. Había algo…
– Madre. Madre, despierta.
Rachelle se sobresaltó en la cama.
– ¿Thomas?
– Él no está aquí -contestó su hijo desde la puerta-. ¿Salió en las patrullas?
– No. No, debería estar aquí -expresó Rachelle haciendo a un lado las cobijas y levantándose.
– Bueno, su armadura ha desaparecido; y su espada.
Ella miró el estante donde por lo general él colgaba los artículos de cuero y la vaina de la espada. Se hallaba en el rincón, vacío como un esqueleto. Quizás, con todas las personas que llegaban para la Concurrencia, él había salido para revisar sus patrullas.
– Pregunté en el poblado -enunció Samuel-. Nadie sabe dónde está.
Rachelle retrocedió y cerró la cortina de lona que actuaba como puerta. Rápidamente se cambió la ropa de dormir por una suave blusa de piel con encajes y un lazo atado a la espalda. En su clóset colgaba una docena de coloridos vestidos y faldas, principalmente para las celebraciones. Agarró una laida habana de cuero y se la ciñó con ataduras de cuerdas. Seis pares de mocasines, algunos decorativos, otros muy utilitarios, yacían lado a lado debajo de los vestidos. Sacó el primer par.
Hizo todo eso de manera automática. Su mente aún estaba en el sueño que tuvo. Con cada momento que pasaba este parecía atenuarse, como un recuerdo lejano. Aun así, partes de ese recuerdo le vociferaban a través de la mente como una lucha de aterrados guacamayos.
Ella había entrado al mundo de sueños de Thomas.
Estuvo allí, en un laboratorio oculto en una montaña llamada Cíclope con, ¿o como si fuera?, Monique, haciendo y comprendiendo cosas de las que Rachelle no tenía idea. Y si Monique hubiera encontrado esta clave suya, la podrían matar antes de que Thomas la hallara.
El corazón le latió con fuerza. ¡Tenía que contárselo a Thomas!
Rachelle fue hacia la mesa, agarró el brazalete trenzado de bronce que Thomas le había hecho y se lo deslizó en el brazo, por encima del codo donde…
Vio la sangre en el brazo, una oscura mancha roja que se había secado. ¿Su cortada? Se debió de agravar y abrir durante la noche. Las sábanas también estaban manchadas.
En su anhelo por encontrar a Thomas pensó en no hacer caso a esto por el momento. No, no podía andar por ahí con sangre en el brazo. Corrió hacia un lavamanos en la cocina, lo bajó debajo del junco, dejó caer el agua que corría por gravedad, y levantó una pequeña palanca que detenía el flujo.
– ¿Marie? ¿Samuel?
Ninguno contestó. Se hallaban fuera de la casa.
El agua le hizo arder el dedo índice derecho. Lo examinó. Otra cortada diminuta.
Una cortada de papel. ¡Esta ocurrió en su sueño! De repente sintió la boca totalmente seca.
Un pensamiento le llegó a la mente. Ella no sabía exactamente cómo estaba conectada con Monique, pero lo estaba, y la cortada lo probaba. Thomas había sido enfático: Si moría en ese mundo, también moriría en este. ¡Tal vez cualquier cosa que le ocurriera a Monique también podría sucederle a ella! Si este Svensson la mataba, por ejemplo, ambas podrían morir.
¡Debía alcanzar a Thomas antes de que él soñara otra vez para que pudiera rescatarla!
Rachelle entró corriendo al camino, miró en ambas direcciones a través de varios centenares de transeúntes que holgazaneaban a lo largo del amplio paso elevado y luego corrió hacia el lago. Ciphus sabría. Si no, entonces Mikil o William.
– ¡Buenos días, Rachelle!
Era Cassandra, una de las esposas del anciano. Llevaba una corona de flores blancas en el cabello trenzado y por encima de los ojos se había aplicado jugo púrpura de moras. El entusiasmo por la Concurrencia anual se extendía a pesar de las inesperadas amenazas de las hordas.
– Cassandra, ¿has visto a Mikil?
– Está de patrulla, creo. ¿No sabes? Pensé que Thomas iba con ellos.
Rachelle salió corriendo sin más saludos. Era poco probable que Thomas saliera sin avisarle. ¿Había problemas?
Corriendo rodeó la esquina de la casa de Ciphus y se detuvo en seco. El anciano estaba en un grupo con Alexander, otros dos ancianos y un hombre mayor a quien de inmediato reconoció como el que había venido del desierto. Jeremiah del Sur. El que sabía acerca de los libros de historias.
Dejaron de conversar.
– ¿Se fue? -preguntó ella.
Ninguno respondió.
– ¿A dónde? -insistió Rachelle llegando al porche de un salto-. ¿Está de patrulla?
– De patrulla -asintió Ciphus, moviéndose-. Sí, está de patrulla. Se ha ido a…
– Deje el misterio -dijo ella bruscamente-. No se trata de una patrulla, porque él me lo habría dicho. Luego miró a Jeremiah.
– Se ha ido tras ellos, ¿no es verdad? Usted le dijo dónde podría hallar los libros y él se fue tras ellos. ¡Dígame si no es así!
– Sí. Perdóname -contestó Jeremiah bajando la cabeza-. Intenté detenerlo, pero él insistió.
– Por supuesto que insistió. Thomas siempre insiste. ¿Significa eso que usted tenía que decírselo?
En ese momento ella llegó a pensar en golpear a esos ancianos en la cabeza.
– ¿Adonde fue? Debo decirle algo.
– Por favor, Rachelle -declaró Ciphus echando hacia atrás el taburete y parándose-. Aunque supiéramos adonde fue, no podrías ir tras él. Salieron temprano en caballos veloces. Ahora están a mitad de camino por el desierto.
– ¿Qué desierto?
– Bueno… el gran desierto fuera de la selva. No puedes seguirlo. Lo prohibí.
– Usted no está en posición de prohibirme encontrar a mi esposo.
– Eres una madre con…
– Tengo más habilidad que la mitad de los guerreros de nuestra guardia, y usted lo sabe. ¡Entrené a la mitad de ellos en Marduk! Usted me dice ahora dónde fue mi esposo o lo rastrearé yo misma.
– ¿Qué pasa, chiquilla? -inquirió Jeremiah con dulzura-. ¿Qué tienes para él?
Ella titubeó, preguntándose cuánto le había contado Thomas al anciano.
– Tengo información que podría salvar nuestras vidas -contestó ella. Jeremiah miró a Ciphus, que no brindó consejo alguno.
– Se ha ido a la brecha Natalga con dos de sus tenientes y siete guerreros.
– ¿Y qué encontrará allá?
– Al líder de las hordas, en el desierto más allá de la brecha. Pero no debes ir, Rachelle. Su decisión de ir tras esos libros podría llevar a una gran tragedia.
– Además -terció Alexander-, no podemos darnos el lujo de enviar más de nuestras fuerzas en otra misión absurda.
– ¿Tiene esto que ver con esos sueños de él? -indagó Ciphus.
– Quizás no sean sueños después de todo -contestó Rachelle, sorprendida de oír las palabras que salían de su propia boca.
– ¿También tú?
Ella no hizo caso a la pregunta.
– Tengo información que creo que podría salvar la vida de mi esposo. Si alguno de ustedes considera retenerme, entonces la muerte de él recaerá en sus manos.
La expresión exagerada de ella los dejó en silencio.
– Si ustedes tienen otra información que me pueda ayudar, por favor, ahora no es momento para evasivas.
– ¡Cómo te atreves a manipularnos! -gritó Ciphus-. Si hay un hombre que puede sobrevivir a esta ridícula misión, ese es Thomas. ¡Pero no podemos dejar que su mujer lo persiga dentro del desierto a cuatro días de la Concurrencia!