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– ¡Allí! -exclamó William señalando a la derecha; una enorme tienda se alzaba por sobre las demás al centro sur-. Esa es.

– Y está aproximadamente a menos de mil metros del perímetro -contestó Thomas con tranquilidad.

Habían dejado los caballos amarrados a estacas detrás de ellos, donde los ocultaría la duna. Nunca antes los guardianes habían intentado infiltrarse en un campamento. Como resultado, Thomas contaba con un mínimo perímetro de guardias. Él y William seguirían a pie y esperaban escurrirse sin ser vistos.

– Son muchísimas hordas -comentó William.

– Demasiadas.

William sacó su espada unos cuantos centímetros de la vaina.

– ¿Blandiste alguna vez antes una espada de los encostrados?

– Una o dos veces. Las hojas no son tan afiladas como las nuestras.

– Es atractiva la idea de matar a algunos con sus propias armas.

– Recházala. Lo que menos quiero es una pelea. Esta noche somos ladrones.

El teniente de Thomas envainó otra vez la espada.

– Recuerda, no hables a menos que te pregunten directamente. No hagas contacto visual. Mantén el rostro lo más oculto que puedas dentro de la capucha. Camina con dolor.

– Sí tengo dolor -contestó William-. La maldita enfermedad ya me está matando. Dijiste que no afectará la mente por un rato. ¿Cuánto?

– Estaremos bien si salimos antes de la mañana.

– Deberíamos haber traído el agua. Sus perros no sabrían la diferencia.

– No lo sabemos. Y si nos agarran, el agua nos incriminaría. Pueden olería, créeme.

– ¿Tienes idea de cómo son los libros? -inquirió William..-Libros. Los libros son libros. Quizás rollos parecidos a los que usamos, o de los planos de hace tiempo. Si los encontramos, lo sabremos. ¿Listo? -Siempre. Se pusieron de pie. Respiraron hondo.

– Vamos.

Thomas y William caminaron de manera tan natural como podían, procurando usar el paso ligeramente más lento que la podredumbre obligaba a los moradores del desierto. Un círculo de antorchas plantadas cada cincuenta pasos recorría la circunferencia del campamento.

No había guardia en el perímetro.

– Permanece en las sombras hasta que entremos al camino principal que lleva al centro -susurró Thomas.

– ¿Directamente por en medio?

– Somos encostrados. Deberíamos caminar directamente por en medio.

La fetidez era casi insoportable, en todo caso, más fuerte que el polvo que se habían aplicado. Aún no ladraban perros. Por el momento, eso era bueno.

Thomas se limpió el sudor de las palmas, tocó momentáneamente la empuñadura de la espada que colgaba de su cintura y pasó la primera antorcha, por una brecha entre dos tiendas. Luego se dirigió al campamento principal.

El paso retardado era casi insoportable. Todo en Thomas lo instaba a correr. Tenía el doble de velocidad que cualquiera de estos matones enfermos, y posiblemente podría correr directo por en medio, agarrar los libros, y volar por el desierto antes de que supieran lo que había ocurrido.

Contuvo los deseos. Despacio. Despacio, Thomas.

– Torvil, despreciable pedazo de carne -expresó una voz desde la tienda a su derecha; él miró; un encostrado atravesó la portezuela y lo miro-. Tu hermano se está muriendo aquí, ¿y tú buscas mujeres donde no hay ninguna?

Por un momento Thomas se quedó paralizado por la indecisión. Había hablado antes con encostrados; había hablado extensamente con la hija de su líder supremo, Chelise.

– ¡Respóndeme! -bramó el encostrado.

El decidió. Caminó en línea recta y giró solo parcialmente para no dejar al descubierto todo el rostro.

– Eres tan ciego como los murciélagos que te maldijeron. ¿Soy Torvil? Y sería muy afortunado de encontrar una mujer en este apestoso lugar.

Se volvió y continuó. El hombre soltó una palabrota y volvió a entrar a la tienda.

– Simple -susurró William-. Eso fue demasiado.

– Es como ellos hablarían.

Los encostrados se habían ido a dormir, pero cientos aún holgazaneaban. La mayor parte de las tiendas tenía sus portezuelas abiertas, mostrando todo a cualquier mirada indiscreta. En el campamento donde conociera a Chelise habían esparcido alfombras tejidas teñidas en tonos púrpura y rojo. No así aquí. No había niños, ni mujeres que él lograra ver.

Pasaron un grupo de cuatro hombres sentados con las piernas cruzadas alrededor de una pequeña fogata que ardía en un cuenco de arena empapada de petróleo. Las llamas calentaban una pequeña olla de estaño llena del almidón blanco y pastoso que llamaban sagú. Hecho de las raíces de trigo del desierto. Thomas probó una vez el insípido almidón y anunció a sus hombres que era como comer tierra sin todo su sabor.

Los cuatro encostrados se habían quitado las capuchas. A la luz del fuego y la luna, estos no se parecían a los intrépidos guerreros suicidas que juraron masacrar a las mujeres y los niños de las selvas. Es más, se parecían mucho más a su propia gente.

Uno de ellos levantó los ojos grises claros hacia Thomas, que evitó la mirada.

Thomas y William tardaron quince minutos en llegar al centro del campamento. Dos veces los notaron; dos veces pasaron sin incidentes. Pero Thomas sabía que entrar al campamento a altas horas de la noche no sería el reto que tenían, sino encontrar los libros y agarrarlos.

La enorme tienda central en realidad era un complejo como de cinco tiendas, cada una vigilada. Por lo que pudo determinar que llegaron por detrás al complejo.

En las lonas brillaba un anaranjado pálido de las antorchas que ardían en el interior. La mera magnitud de las tiendas, los soldados que las vigilaban y el uso del color presumían colectivamente la importancia de Qurong. Las tinturas de las hordas venían de rocas brillantemente coloridas del desierto, molidas hasta convertirlas en polvo. El tinte se había aplicado a las lonas de las tiendas en grandes y mordaces diseños.

– Por acá.

Thomas viró en un pasaje abierto detrás del complejo. Jaló a William a las sombras y habló en un susurro.

– ¿Qué crees?

– Espadas -contestó William.

– ¡Nada de peleas!

– Entonces hazte invisible. Hay demasiados guardias. Aunque lográramos entrar, allí encontraremos a otros.

– Eres demasiado rápido con la espada. Entraremos como guardias. Ellos usan la banda clara alrededor del pecho, ¿viste?

– ¿Crees que podemos matar a dos sin ser vistos? Imposible.

– No si los agarramos desde el interior.

– No tenemos idea de qué o quién haya adentro -consideró William mirando la costura del piso de la tienda.

– Entonces, y solo entonces, usaremos nuestras espadas -contestó Thomas sacando su daga-. Revisa el frente.

William fue hasta el borde de la tienda y miró alrededor. Regresó, con la espada ahora desenvainada.

– Despejado.

– Lo haremos rápidamente.

Ellos entendieron que la sorpresa y la velocidad serían sus únicos aliados si el espacio estuviera ocupado. Se pusieron de rodillas y Thomas recorrió velozmente la hoja junto a la base de la tienda con un tajo rápido por el que oró para que no se oyera.

Levantó súbitamente la lona y William se coló en el interior. Thomas lo siguió.

Entraron a un salón iluminado por la llama de una titilante antorcha. Tres formas yacían a su izquierda y William saltó hacia una que se levantaba. Estaba claro que eran los cuartos de los criados. Pero el grito de un criado podría matarlos tan fácilmente como cualquier espada.

William alcanzó al criado antes de que este pudiera volverse para ver qué provocaba el alboroto. Colocó la mano alrededor del rostro del encostrado y e Puso la espada en el cuello.

– ¡No! -le susurró Thomas-. ¡Vivo!

Manteniendo asido al asombrado criado, William corrió hacia los otros, golpeó con el cabo del cuchillo la parte trasera de la cabeza del hombre que dormía y luego repitió el mismo golpe en el tercero.