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– A mi más honroso general -enunció una apacible voz; nadie más que Qurong se referiría a algún general como mi general.

– Martyn, general de generales.

¡Qurong y Martyn! Bronce chocó contra bronce. Bebieron.

– A nuestro sumo gobernante, que pronto gobernará sobre todas las selvas -manifestó el general.

Las copas volvieron a tintinear.

Thomas dejó escapar el aire de sus pulmones y respiró con cuidado. Deslizó la mano debajo de su capa y tocó la daga. ¡Ahora! Debería agarrarlos ahora a los dos; no sería una tarea imposible. En tres pasos podría alcanzarlos y enviarlos al hades.

– Te lo digo, la brillantez del plan está en la audacia -comentó Qurong-. Podrían sospechar, pero con nuestras fuerzas en el umbral de ellos se verán obligados a creer. Hablaremos de paz y escucharán porque deben hacerlo. Para el momento en que hagamos actuar la traición en él, será demasiado tarde.

¿Qué era esto? Un hilillo de sudor se filtró por el cuello de Thomas. Movió la cabeza para echar un vistazo a los hombres. Qurong usaba una túnica blanca sin capucha. Un gran colgante bronceado del shataiki le colgaba del cuello. Pero fue la cabeza del hombre lo que llamó la atención de Thomas. A diferencia de la mayoría de las hordas, él usaba el cabello largo, apelmazado y enrollado en rizos. Y el rostro le pareció extrañamente conocido.

Thomas rechazó la sensación.

El general usaba una túnica encapuchada con una banda negra. Se hallaba de espaldas.

– He aquí entonces el tratado de paz -expresó Martyn.

– Sí, por supuesto -contestó Qurong riendo-. Paz. Volvieron a beber.

Qurong dejó su copa y soltó un suspiro de satisfacción.

– Es tarde y creo que me hace señas el placer de mi esposa. Reúne el consejo interno al amanecer. Ni una palabra a los demás, amigo mío. Ni una palabra.

– Buenas noches -se despidió el general bajando la cabeza. Qurong se volvió para salir.

Thomas obligó a su mano a calmarse. ¿Una traición? Podría matarlos ahora a los dos, pero hacerlo levantaría la alarma. No conseguiría los libros. Y Qurong podría suponer que les escucharon el plan. Más tarde él y William podrían sencillamente cortar la garganta del líder mientras dormía.

Qurong hizo a un lado la cortina y desapareció.

Pero el general se quedó. Imagine, ¡eliminar a Martyn! Casi valía el riesgo el encuentro.

El general tosió, bajó la copa con cuidado y se volvió para salir. Fue al girar cuando debió de ver algo, porque se detuvo de repente y miró hacia el rincón de Thomas.

El silencio se apoderó del cuarto. Thomas cerró la mano alrededor de la daga. Si matar a Martyn les arruinaba los planes, entonces hacerlo sería prioridad sobre los libros. Siempre podrían…

– ¿Hola?

Thomas se quedó quieto.

El general dio dos pasos hacia el tonel y se detuvo. ¡Ahora, Thomas! ¡Ahora!

No, ahora no. Aún había una posibilidad de que el general se diera vuelta. Agarrarlo por el costado o por detrás reduciría el riesgo de que gritara.

Ninguno se movió por un prolongado momento. El general suspiró y dio la vuelta.

Thomas se levantó y lanzó la daga en un suave movimiento. Aun si el poderoso general hubiera oído el zumbido del cuchillo, no mostró ninguna señal. La hoja brilló en su rotación, una, dos veces, luego se clavó en la base de la nuca del hombre, cortándole la columna vertebral antes de que tuviera tiempo de reaccionar.

El tipo se derrumbó como un costal de piedras cortado desde una viga en el techo.

En tres largas zancadas Thomas alcanzó al general y le tapó la boca con 'a mano. Pero el hombre no daría ninguna alarma.

Sacó el cuchillo de la nuca y se limpió la sangre en la túnica. Un hilo de sangre bajaba por el cuello del hombre. Una, dos manchas en el suelo.

Arrastró el cuerpo hacia el tonel, lo levantó y lo lanzó al agua. Su poderoso general sería descubierto ahogado en un tonel de agua como un criminal común.

Thomas halló a William donde lo había dejado, de pie en el rincón, apenas visible desde la entrada.

– ¿Bien?

– Debemos esperar. El bravo líder de ellos está con su esposa -anunció Thomas.

– ¿Encontraste la recámara?

– Creo que sí. Pero, como dije, él está ocupado. Le daremos algo de tiempo.

– ¡No tenemos tiempo! El sol está a punto de salir.

– Tenemos tiempo. El poderoso general Martyn, por otra parte, no tiene tiempo. Si no me equivoco, lo acabo de matar.

***

LA ESPERA duró menos de treinta minutos. O la alusión de Qurong a su esposa fue para despedirse de su general o había renunciado al placer por dormir; ningún otro sonido que un débil ronquido rítmico llegó a los oídos de Thomas cuando él y William escucharon lo que suponían que era la recámara de Qurong. Thomas jaló la cortina y miró dentro del cuarto. Una sola antorcha iluminaba lo que parecía un salón de recepción. Un guardia se hallaba en el rincón, con la cabeza colocada entre las piernas.

Se llevó un dedo a los labios y señaló al guardia. William asintió.

Thomas caminó en puntillas hasta una cortina en el extremo opuesto del cuarto, con la mirada fija en el guardia. William corrió hacia este. Un golpe sordo y el encostrado se dobló, inconsciente. Con algo de suerte, el guardia nunca confesaría haber sido dominado por intrusos. Después de todo era un guardia, no un criado, y los guardias que dejaban que llegaran ladrones hasta donde su Grande, seguramente merecían ser ahogados en un tonel.

Thomas jaló la cortina. La recámara. Completa con un valiente líder tendido bocabajo, roncando sobre un grueso lecho de almohadas. Su esposa yacía enroscada a su lado.

Entraron a la alcoba, cerraron la portezuela y dejaron que sus ojos se acostumbraran. Un pálido brillo tanto del pasillo contiguo como del salón de recepción detrás de ellos alcanzaba a pasar las delgadas paredes.

Si la criada no los había engañado, Qurong mantenía los libros de historias en la cámara detrás de su lecho. Thomas vio la cortina; incluso bajo la tenue luz logró ver las tiras metálicas entretejidas en las paredes alrededor de la habitación. Era evidente que Qurong había hecho lo posible por evitar que alguien se escabullera dentro.

Thomas atravesó el cuarto, con la daga extraída. Resistió un terrible impulso de cortarle la garganta al líder allí mismo, al lado de la esposa. Primero los libros. Si no estuvieran allí podría necesitar a Qurong para que lo guiara a ellos. Si encontraban los libros, mataría al líder al salir.

Estiró la mano temblorosa e hizo a un lado la cortina.

Abierta.

Entró, seguido por William.

La cámara era pequeña, oscura. Olía a humedad. Sobre el suelo en semicírculo había altos candeleros de bronce, apagados. Por encima de ellos, en la pared, un enorme y forjado murciélago serpenteante. Y debajo del murciélago, rodeado por los candeleros, dos arcones.

El corazón de Thomas apenas podía palpitar más fuerte, pero de alguna manera hacía precisamente eso. Los arcones eran de los que comúnmente las hordas usaban para transportar algo valioso: juncos bien asegurados y endurecidos con argamasa. Pero estos cofres estaban asegurados con correas de bronce. Y cada una de las tapas se hallaba troquelada con el emblema shataiki.

Si los libros estaban en estos dos arcones, los moradores del desierto los habían adoptado como parte de su propia religión en desarrollo. Los tratados habían venido de Elyon mucho antes de que se hubiera liberado a los shataikis para destruir la tierra. Y, sin embargo, Qurong estaba mezclando estos dos iconos, los cuales se hallaban en inequívoco contraste entre sí. Era como poner a Teeleh al lado de un regalo de Elyon y decir que eran lo mismo.

Era el engaño mismo de Teeleh, pensó Thomas. Teeleh siempre había querido ser Elyon y ahora aseguraría que lo era en las mentes de estos encostrados. Reclamaría la historia. La historia era suya. Él era el Creador.