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Blasfemia.

Thomas se colocó sobre una rodilla, puso los dedos debajo del borde de la tapa y la intentó levantar. No se movió.

William ya recorría el dedo a lo largo del borde.

– Aquí -susurró.

Ataduras de cuero amarraban algunas argollas, tanto en la tapa como en la parte de abajo.

Rápidamente, cortó las amarras de cuero. Las soltó con un chasquido suave. Se miraron. Se sostuvieron la mirada por un momento. Aún no se oía nada más que el ronquido en la recámara del líder.

Levantaron juntos la tapa. Esta se apartó del arcón con un suave chirrido.

El problema con ser atrapados en este aposento estaba en que solo había una salida. No escaparían rápidamente por un corte en la pared. En esencia, estaban en su propia y pequeña cárcel.

Echaron la tapa hacia atrás y, tan pronto como se vio el interior, Thomas supo que habían dado con una mina de oro.

Libros.

Levantó rápidamente. Demasiado rápido. La tapa se deslizó de los dedos de Thomas y se fue de lado contra el suelo. Golpeó uno de los candeleros, el cual se tambaleó y empezó a caer.

Thomas se lanzó hacia el asta de bronce. La agarró. Se quedaron paralizados. Los ronquidos continuaban. Pusieron la tapa en el piso, sudando ahora profusamente.

Los libros de historias estaban empastados en cuero. Muy, muy, muy viejos. Eran más pequeños de lo que él se había imaginado, de menos de tres centímetros de grueso y quizás de veintisiete de largo. Calculó que solo en este arcón había cincuenta.

Bajó la mano y retiró el polvo que cubría uno de los libros. Estaba claro que no se habían leído en mucho tiempo. No era extraño; se preguntó si alguien de las hordas sabía siquiera leer. Aun entre los habitantes del bosque, solo unos pocos leían todavía. Las tradiciones orales bastaban para la mayor parte de ellos.

El libro resultó pesado para su tamaño. El título se hallaba realzado en cierta clase de estaño corroído: Narraciones de la historia. Abrió la portada. Una intricada caligrafía atravesaba la página. Y la siguiente. El mismo escrito de los sueños de Thomas. Inglés.

Inglés corriente. Pero la hija de Qurong había dicho que los libros eran indescifrables. Entonces las hordas no podían leerlos. A menos que hubiera algo único respecto de estos libros.

Bajó el libro y levantó otro. Igual título. Todos los demás libros que pudo ver dentro del arcón tenían la misma inscripción, aunque algunos también tenían subtítulos. Puso en el suelo el libro que sostenía.

– Son ellos -expresó William apenas en un susurro.

Thomas asintió. Definitivamente eran ellos, y había muchos. Demasiados para que Thomas y William se los llevaran.

Él señaló el otro arcón. Cortaron las correas de cuero y levantaron la tapa. También estaba demasiado lleno de libros. Volvieron a bajar la tapa.

– Tendremos que volver -susurró Thomas.

– ¡Sabrán que estuvimos aquí! Mataste a Martyn.

No necesariamente. Thomas pensó que esa podría pasar por la obra de un soldado contrariado. Por otra parte, habían cortado las correas en los arcones. Los tendrían que volver a atar.

Se podrían llevar algunos, tal vez uno que hiciera referencia a…

Qurong tosió en la alcoba contigua.

El guardián del bosque se quedó helado. Sencillamente, ahora no había tiempo para hurgar en los baúles. Tendrían que volver con más ayuda y transportarlos todos.

Sonidos de movimiento en la habitación pusieron a Thomas en acción. Hizo una señal con las manos y William entendió rápidamente. Trabajar en silencio les llevó más tiempo del que Thomas esperaba, pero finalmente ambas tapas estuvieron aseguradas. Levantó el libro que había extraído y se paró para examinar los arcones. Bastante bien.

Esperaron en silencio un buen rato, luego pasaron a Qurong, conteniendo el impulso de acabar con él. Solo después de que tuvieran los libros. Él no se podía arriesgar a un confinamiento total en el campamento debido a la muerte de Qurong. Con un poco de suerte, nadie sabría que habían violado la recámara. Se volvieron a escabullir en los cuartos de los criados, volvieron a ponerse la ropa que trajeron y se metieron por el corte en la pared de lona.

– Recuerda, camina lentamente -advirtió Thomas.

– No estoy seguro de poder caminar rápido. La piel me está matando. Las hordas dormían. Según parece, nadie vio a los dos en su caminata de 1 1

medianoche en medio del campamento. Veinte minutos después, Thomas y William dejaban atrás las tiendas y se metían en la oscuridad del desierto.

***

– ¡ENTONCES VAMOS ahora! -exclamó Mikil-. Tenemos una hora antes de la salida del sol. Y si ellos están durmiendo, ¿qué importa que nuestra piel haya cambiado o no? ¡Insinúo que entremos y matemos a muchos de ellos!

– Déjame lavarme primero -declaró William, poniéndose de pie-. Preferiría que una espada me atravesara el vientre a soportar esta maldita enfermedad.

Thomas miró a su teniente. Ninguno de ellos se había bañado aún… la posibilidad de regresar antes de la salida del sol les aplazó la decisión.

– Báñate -le dijo.

– Gracias.

William se fue a su caballo, se despojó de la ropa, la tiró a un lado lanzando una palabrota entre dientes y comenzó a salpicarse agua en el pecho. Se estremecía cuando el agua le tocaba la piel; tras solo dos días, la enfermedad no había avanzado mucho para que el agua le produjera un dolor excesivo, pero era claro que lo sentía.

– Estamos perdiendo tiempo, Thomas -expuso Mikil-. Si hemos de ir, debemos hacerlo ahora.

La teniente aún estaba furiosa porque la dejaron. Thomas lo pudo ver en los ojos de ella. Mikil aún no podía entender por qué no le cortaron la garganta a Qurong mientras yacía dormido.

Thomas levantó el libro que había recuperado y abrió la portada una vez más. La primera página estaba en blanco. La segunda también estaba en blanco.

Todo el libro, ¡en blanco!

Ni un solo símbolo en ninguna de sus páginas. ¿Cómo podía ser esto? El primer libro que había agarrado tenía escritura, pero este, en el que no había mirado, estaba vacío.

Tenían que conseguir los otros libros. Mikil quería matar a Qurong, pero no podían hacerlo hasta que supieran más. Y hasta que tuvieran los dos arcones.

– Es demasiado arriesgado -opinó Thomas cerrando el libro-. Esperaremos e iremos mañana en la noche.

– ¡No te puedes quedar hasta mañana en la noche! -considero Mikil-. Otro día y quedarás a merced de tu enfermedad. No me gusta esto, para nada.

– Entonces me bañaré e iré mañana con la ceniza, igual que tú. No podemos tomar una decisión precipitada. Tal vez nunca más se presente una oportunidad. ¿Cuán a menudo Qurong se acerca tanto a nuestras selvas? Y este plan de él me preocupa. ¡Debemos pensar! Según las versiones del Bosque Sur, Martyn buscaba la paz. Quizás vaya en nuestros mejores intereses jugar su juego sin dejarles saber que lo sabemos -comunicó y se fue hacia su caballo-. Hay demasiadas inquietudes. Esperamos hasta mañana en la noche.

– ¿Y si se movilizan mañana? Además, la Concurrencia es en tres días… no podemos quedarnos aquí para siempre.

– Entonces los seguiremos. La Concurrencia esperará. ¡Basta! Un caballo relinchó en la noche. No era uno de los de ellos. Por instinto Thomas se lanzó al suelo y rodó.

– ¿Thomas?

Él se levantó sobre una rodilla. ¿Rachelle?

– ¡Thomas!

Ella entró corriendo al campamento, desmontó y corrió hacia él.

– ¡Thomas, gracias a Elyon!

***

RACHELLE SABÍA que era Thomas, pero la condición de él la detuvo a mitad de camino a través de la arena. Aun en la oscuridad ella pudo ver que él estaba cubierto por algo como ceniza gris y que tenía descoloridos los ojos, casi blancos. Ella no había visto la podredumbre, desde luego. No era poco común que miembros de la tribu se pusieran grises cuando tardaban en bañarse por una u otra razón. Incluso algunas veces había sentido el inicio de la enfermedad en sí misma. Pero aquí en el desierto, con el fuerte olor a azufre y el rostro de Thomas casi blanco, la enfermedad la agarró por sorpresa.