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– ¿Estás… estás bien?

Él la miró, anonadado.

– Debíamos ir vestidos como ellos -explicó él-. No me he bañado. ¿Por qué estás aquí?

Sus hombres y Mikil se hallaban en un pequeño círculo de sacos de dormir sobre la arena. No había fuego… un campamento limpio. Sus caballos estaban agrupados al lado de Thomas. William solo estaba medio vestido y lavándose el cuerpo con agua. Su piel era una mezcla de rosado y blanco pastoso.

– ¿Cómo pudiste hacer esto sin decírmelo? -inquirió ella-. ¿No te has bañado desde que saliste? ¡Te has vuelto loco! Él no dijo nada.

No importaba, él estaba bien; eso es lo que a Rachelle le preocupaba. Volvió a su caballo, sacó un odre de cuero lleno de agua del lago y se lo lanzó a él.

– Báñate. Rápido. Tenemos que hablar. A solas.

– ¿Qué sucedió?

– Te lo diré, pero primero tienes que bañarte. No voy a besar a ningún hombre que huela como los muertos.

Él se lavó de la enfermedad mientras Suzan hablaba con los guardianes acerca del viaje de ellas. Pero, cuando Thomas exigió saber por qué habían corrido un riesgo como ese, ella solo miró a Rachelle.

Thomas sacó una túnica de las alforjas, la sacudió una vez para quitarle el polvo, se la puso y miró a los demás.

– Perdónennos un momento.

Él la tomó del codo y la alejó.

– Lo siento, amor mío -explicó él en voz muy baja-. Perdóname, por favor, pero tenía que venir y no podía preocuparte.

Aún olía. Bañarse rociándose agua nunca se compararía a zambullirse en el lago.

– ¿No debería haberme preocupado de que salieras corriendo? -inquirió ella.

– Lo siento, pero…

– No vuelvas a hacer eso. ¡Nunca! -exclamó ella y respiró hondo-. Sé por qué viniste. Hablé con el anciano, Jeremiah. ¿Los hallaste?

– ¿Sabes que vine por los libros?

– Y supongo que no comiste anoche la fruta como creí que habíamos acordado que harías.

– No comprendes; yo debía soñar.

Rachelle se detuvo y volteó a mirar el pequeño campamento. Luego lo miró directo a los ojos y le quitó un mechón de cabello del rostro.

– Soñé anoche, Thomas.

– Siempre sueñas.

– Soñé con las historias.

– ¿Estás segura? -exclamó escudriñándole atentamente el rostro.

– Tan segura como para perseguirte atravesando medio desierto.

– Pero… ¿cómo es posible? ¡Nunca has soñado con las historias! ¿Estás absolutamente segura? Porque podrías haber soñado con algo que te pareció de las historias, o podrías haber soñado que eras como yo, soñando con las historias.

– No. Sé que eran las historias porque estaba haciendo cosas que no tengo idea de cómo se hacen. Me hallaba en un lugar llamado laboratorio, trabajando en un virus llamado Variedad Raison.

Rachelle había ensayado esto un centenar de veces en las últimas doce horas, pero al comunicárselo ahora se le hacía un nudo en la garganta y le temblaba la voz.

– ¿Eras una científica? ¿Estabas de veras allí, trabajando en el virus?

– No solo me hallaba allí, sino que tenía un nombre. Compartía la mente de una mujer llamada Monique de Raison. Por lo que sé, yo era ella. El cuerpo de Thomas se tensó.

– Tú… ¿cómo es posible?

– Deja de preguntarlo. ¡No sé cómo es posible! Nada tiene sentido para mí, menos de lo que ha tenido para ti. Pero no me queda ninguna duda de que yo estaba allí. En las historias compartía la mente de Monique de Raison. Mira, tengo una cortada en el dedo que lo prueba. Ella… yo… yo… estaba tocando un pedazo de pergamino blanco… no, lo llaman papel. El borde del papel me cortó el dedo.

Ella levantó el dedo hacia él, pero no había suficiente luz para ver la diminuta cortada.

– Te pudiste haber cortado aquí y te imaginaste que fue en un lugar llamado laboratorio al trabajar en el virus del que he hablado muchas veces.

– ¡Tienes que creerme, Thomas! Así como querías que yo te creyera. Estuve allí. Vi la… computadora. ¿Me has hablado alguna vez de un aparato llamado computadora que trabaja en una forma que ni siquiera nos podemos imaginar aquí? No, no lo has hecho. O de un micro…

Ella no lograba recordar todos los nombres ni los detalles; se esfumaban con cada hora que pasaba.

– Un aparato que mira dentro de cosas pequeñas. ¿Cómo podía yo saber eso?

– ¡Esto es increíble! -exclamó él con ojos desorbitados; se pasó la mano por el cabello y anduvo de un lado al otro-. ¿Crees que en realidad eres ella? Pero allá se te ve diferente.

– No sé cómo funciona. Sentí que era ella, pero también que estaba aparte. Participaba de sus experiencias, su conocimiento.

– Yo soy Thomas en ambas realidades, pero tengo el mismo aspecto en las dos. No te pareces a Monique.

– ¿Eres exactamente la misma persona?

– Sí. No, allá soy más joven. Creo que solo de veinticinco años.

– Los detalles se hacen borrosos a medida que estás más tiempo aquí – expuso ella.

– ¡Gracias! -exclamó él de pronto dejando de caminar de lado a lado, mirándola directamente a los ojos y besándola en la boca-. Gracias, gracias.

Ella no pudo dejar de sonreír. Aquí estaban ellos, en medio del desierto con las hordas a pocos kilómetros de distancia, besándose porque tenían esta conexión con sus sueños.

– ¿Has vuelto a soñar? -inquirió él.

La sonrisa de ella se desvaneció.

– Sobre mi caballo, me dormí, sí.

– ¿Y?

– Soñé con la Concurrencia.

– Pero no con Monique. Te debió haber sucedido algo para que soñaras esa única vez -expresó él frotándose las sienes-. Algo… ¿sabe ella?

– ¿Monique?

– Cuando sueño soy consciente de mí en la otra realidad. Sé que en este mismo instante, mientras estoy despierto aquí, también duermo en un hotel en un lugar cerca de Washington, D.C. ¿Sabes si Monique está durmiendo ahora?

Rachelle no tenía idea. Se encogió de hombros.

– No creo que ella sepa de mí, o al menos no piensa en mí. O debería decir que ella no pensaba en mí cuando yo… miraba por sus ojos.

– Quizás porque ella no ha soñado contigo. ¡Sabes que ella existe, pero ella no sabe que tú existes!

Él estaba mucho más emocionado con su conclusión de lo que lo estaba su esposa.

– No encuentro eso consolador -objetó Rachelle.

– ¿Por qué no? ¡Lo importante es que tú sabes1. No tienes idea de lo que esto significa para mí, Rachelle. De alguna manera, estamos ligados en las dos realidades. Ya no soy el único. ¿Sabes cuántas veces he tenido la tentación de creer que me he vuelto loco?

– Así que tu locura me ha contagiado ahora. Qué posibilidad tan encantadora. Y no creo que estemos ligados en ambas realidades, como las llamas. No de la manera que comprendo la unión -cuestionó ella y bajó la voz-. ¿Amas a Monique?

– No -contestó él parpadeando-. ¿Por qué?

– ¡Deberías hacerlo!

Thomas la miró.

– Quiero decir, si soy Monique, entonces tienes que amarme.

– Pero no sabemos si eres Monique.

– No. Pero al menos ella y yo estamos conectadas.

– Sí.

– Y lo que le ocurre a ella me ocurre a mí -declaró Rachelle levantando el dedo cortado.

– Así parece.

– Un hombre… ¿Svensson? Este hombre… quiere matar a Monique.

Thomas no manifestó nada por un momento, como si empezara a tener una verdadera comprensión de lo que ella decía. Luego agarró con delicadeza la mano de Rachelle entre la suya y le levantó el dedo hasta sus propios labios. Le besó el dedo cortado.

– Los sueños no te pueden matar, amor mío -pronunció Thomas mientras le temblaba la mano.