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– ¿Y qué escenario no terminará precisamente mal? -objetó el presidente-. Usted pudo haber pensado mucho en esto, hijo, pero no estoy seguro de que pueda apreciar la total complejidad de la situación.

– Dígamelo entonces.

Kreet aclaró la garganta.

– Perdónenme, pero en realidad no creo que este sea el mejor uso de…

– Está bien, Ron -lo interrumpió el presidente levantando una mano-. Quiero que él oiga esto.

– Para empezar, en cuanto a invocar poderes de emergencia, no manejo solo esta nación. Es una república, ¿recuerda? Sencillamente no puedo hacer lo que quiera.

– Puede y tiene que hacerlo. Invoque poderes especiales.

– Podría. Mientras tanto el virus ha surgido en más de cien de nuestras ciudades. Los CDC y la Organización Mundial de la Salud estarán de aquí para allá con datos que no se pueden desenmarañar en ninguna cantidad razonable de tiempo. Además de esta premonición suya llamada Cíclope, no tenemos idea de dónde se oculta Svensson, suponiendo que él sea el individuo a quien debamos buscar. La oposición de Dwight Olsen ya está cerrando filas. Conociéndolo, encontrará un modo de culparme de todo este desastre y enredar los poderes especiales. Ya hay rumores de un ataque nuclear y creo que Dwight podría cambiar radicalmente hacia eso. Si caemos, lo haremos peleando. Usted conoce las instrucciones, y no tengo la seguridad de concordar. Aunque cedamos a esas ridículas exigencias de esta nueva lealtad de ellos, no tenemos garantías de que nos darán el antivirus.

– No lo harán. Por eso usted no debe ceder.

– ¿Lo sabe usted por esos libros?

– Si yo fuera el estratega de ellos y ustedes fueran las hordas… si usted fuera mi enemigo, no le daría el antivirus. Los instrumentos de batalla han cambiado, pero no las mentes tras estos. Eso también explica por qué según las historias más de la mitad de la población del mundo resulta eliminada por el virus. Ellos planean distribuir el antivirus de forma selectiva, sin importar cualquier promesa de lo contrario. No tengo ninguna duda de que usted no se encuentra en la lista de personas favoritas de ellos.

Clarice se puso de pie y cruzó el salón. Ahora eran tres sobre la alfombra dorada… y solo Kreet permanecía en su silla.

– Así que usted insiste en que no cedamos a las demandas de ellos y que no hagamos la guerra, suponiendo incluso que definiéramos un blanco. ¿Qué, entonces?

El presidente apoyó la pregunta de ella asintiendo con la cabeza y mirando imparcialmente a Thomas.

– Dudo mucho que ninguna solución convencional cambie nada. La habrían intentado en las historias y fallaron. Mi solución exige que ustedes me crean. Entiendo que ese es aquí el desafío, pero al final descubrirán que es la única salida.

– Sea más específico, Thomas -ordenó el presidente-. ¿Qué es lo que sugiere exactamente?

– Primero, créame cuando digo que sé dónde está Monique. Ella es nuestra clave para asegurar el antivirus. Segundo, haga lo que sea necesario Para evitar tanto la guerra nuclear como la capitulación de la comunidad internacional a las demandas de Svensson. Engañe si tiene que hacerlo. Empiece el movimiento de armas nucleares. Conserve suficiente armamento Para una amenaza creíble y, si no tenemos solución para cuando las armas hayan llegado realmente a su destino…

– Parece que usted conociera ese destino -objetó el presidente.

– Si yo fuera ellos, escogería un país europeo, por una lista de motivos que le podría dar si usted quiere. Francia sería ideal.

– Continúe -expresó el presidente frunciendo el ceño.

– Si aún no tenemos solución para cuando las armas lleguen a su destino, entonces hágalas retroceder. Si tengo razón, ustedes tendrán que persuadir a otras potencias nucleares que están más cerca de Francia, como Inglaterra e Israel, y enviar realmente los armamentos de ellos. Si no pareciera que ellos al menos cooperan, entonces tendremos una guerra nuclear en nuestras manos, y más que el mismo virus, esta matará a más millones de personas.

Robert Blair miró a Ron Kreet.

– Israel no optará por eso -contestó el jefe de personal moviendo la cabeza con escepticismo.

– De ahí que ustedes deban empezar a levantar de inmediato la coalición, comenzando con Israel -sugirió Thomas-. Es decir hoy mismo. Tienen que comprometerse a esto ahora.

– Aún no oigo un plan, Thomas -terció Clarice.

Thomas los miró a los tres. Comprendió que estaban perdidos. No que él no lo estuviera, pero tenía una ligera ventaja.

– Mi plan es que los retarden por todos los medios posibles de artimañas y diplomacia, y espero que yo pueda hallar una manera de detenerlos.

Por un largo instante se quedaron demasiado avergonzados o impresionados como para responder. Seguramente lo último.

– Permítanme llevar un equipo a Cíclope -pidió él-. Si tengo razón, hallaremos a Monique. Si me equivoco, aún puedo transmitirles a ustedes información de los libros de historias cuando les ponga las manos encima. Mi permanencia aquí no tiene sentido.

– Aunque enviemos un equipo -comentó Kreet-. No veo cómo usted esté cualificado para dirigir a nuestras tropas de asalto. ¿Hasta qué punto espera que estemos de acuerdo con estos… sueños suyos?

– Creo que él podría tener razón -enunció el presidente-. Concluya.

– Tal vez les podría mostrar algo -explicó Thomas, yendo hasta el centro del salón y mirando el cielorraso-. Si ustedes revisan, descubrirán que no tengo entrenamiento acrobático. Aprendí artes marciales en las Filipinas, pero, créanme, nunca me pude mover como he aprendido a moverme en mis sueños mientras dirijo a los guardianes. Retrocedan.

Se miraron mutuamente y retrocedieron con cautela.

Thomas dio un simple paso y se lanzó al aire, dio una voltereta en rotación y media con un giro completo, aterrizó sobre las manos y mantuvo la posición hasta contar tres antes de invertir todo el movimiento.

Ellos lo miraron boquiabiertos como escolares que acababan de ver un espectáculo de magia.

– Quizás uno más, solo para estar seguros. Agarre ese abrecartas -añadió Thomas haciendo una seña con la cabeza hacia una hoja de bronce sobre el escritorio- y arrójemelo. Tan fuerte como pueda.

– No, todo está totalmente bien -objetó el presidente un poco avergonzado-. Detestaría errar y golpear la pared.

– No le dejaré hacerlo.

– Usted ya hizo méritos.

– Adelante, Bob -desafió Clarice mirando a Thomas con una nueva clase de interés-. ¿Por qué no?

– ¿Simplemente arrojárselo?

– Tan fuerte como pueda. Créame, no hay manera de que me pueda lastimar con eso. No se trata de una guadaña de tres metros o de una espada de bronce. Apenas es un juguete.

El presidente agarró el abrecartas, miró a la sonriente Clarice y arrojó la hoja. Blair había sido atleta y esta hoja no viajaría lentamente.

Thomas la agarró por la empuñadura, a menos de tres centímetros de su pecho. La sostuvo con firmeza.

– ¿Ven? Las destrezas que he aprendido en mis sueños son reales – informó, devolviendo el abrecartas a su sitio-. La información que conozco es igual de verdadera. Debo dirigir el equipo porque hay una posibilidad de que yo sea el único ser vivo que pueda llegar hasta Monique. Ya debería estar en camino.

La puerta se abrió. Entró Phil Grant con el rostro demacrado.

– Tenemos veinticuatro horas para mostrar movimiento de tropas. El destino es ahora la base naval Brest en el norte de Francia. El gobierno afirma que coopera con Svensson solo porque no tiene alternativa. Todas las comunicaciones del asunto se deben mantener en la reserva más absoluta. No se debe poner en alerta a los medios de comunicación. Ellos están buscando una solución, pero hasta que se les ocurra una, insisten en que debemos cooperar. Eso es en pocas palabras.