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– Están mintiendo -aseveró Thomas. Los demás lo miraron.

– ¿Ron? -preguntó el presidente mirando al jefe de personal.

– Probablemente están mintiendo. Pero en realidad no importa cómo sea. Aunque Svensson se esté estrechando la mano con el mismísimo Gaetan, no podemos dejar caer bombas nucleares sobre Francia, ¿o sí?

– Está bien, Thomas -aceptó el presidente yendo hasta el escritorio y dejándose caer en la silla-. Estoy autorizando el traslado y transporte del armamento que han exigido. Dentro de una hora tengo una reunión con el mando conjunto. A menos que alguien ofrezca un argumento razonable en contra, lo haremos a su manera.

Puso los codos sobre el escritorio y toqueteó nerviosamente los dedos, unos contra otros.

– Ni una palabra acerca de este asunto de sueños a nadie. ¿Está claro? Eso lo incluye a usted, Thomas. No más trucos. Usted va en misión de este despacho y con mi autorización; eso es todo lo que cualquiera debe saber.

– De acuerdo -consintió Thomas.

– Phil, dele una autorización. Quiero que él vaya a Fort Bragg en helicóptero tan pronto como sea posible. Me aseguraré de que le den todo lo que necesite. Es un trayecto largo hacia Indonesia… haga en el vuelo los planes que deba hacer. Y si usted tiene razón en cuanto a que Svensson está en Cíclope, yo sencillamente podría entregarle toda la Casa Blanca -declaró guiñando un ojo.

– Yo no sabría qué hacer con la Casa Blanca -reconoció Thomas extendiendo la mano-. Gracias por su confianza, señor presidente.

– No estoy seguro de estarle brindando ninguna confianza -opinó Robert Blair estrechándole la mano-. Como usted señaló, en este momento tenemos muy pocas alternativas. Acabo de hablar por teléfono con el primer ministro israelí. Su gabinete ya se ha reunido con la oposición. Los partidarios insisten en que la única manera en que entregarán alguna de sus armas es en la ojiva de un misil. Él no se inclina a discrepar.

– Entonces usted tiene que convencerlos de que cualquier intercambio nuclear sería suicidio -expresó Thomas.

– En la mente de ellos, desarmarse sería suicidio. Someterse los metió antes en un mundo de sufrimiento; no van a ser fáciles y, francamente, no estoy seguro de que deban serlo. Dudo que Svensson tenga intención de darles el antivirus a los israelíes, a pesar de lo que estos hagan.

– Si el antivirus no nos elimina, podría hacerlo una guerra -añadió Thomas-. Una filtración a la prensa podría hacer lo mismo. Pero entonces usted ya sabe eso.

– Por desgracia. Estamos hilando una historia acerca de un estallido de la variedad Raison en una isla cerca de Java. Esto hará suficiente ruido para distraer todo lo demás por algunos días. Los otros gobiernos involucrados entienden la naturaleza crítica de mantener esto en secreto. Pero no hay forma de ocultarlo por mucho tiempo. No con tantas personas involucradas. Mantener a raya a Olsen será en sí una tarea de tiempo completo.

Con los ojos cerrados, el presidente lanzó un profundo suspiro y exhaló.

– Oremos porque usted tenga razón en cuanto a Monique.

***

THOMAS SE cambió de nuevo la ropa por otra con que se sentía más cómodo: pantalones informales Vans y camisa negra abotonada hasta el cuello. Phil Grant envió tres asistentes que tenían órdenes firmes de coordinar cualquier dato adicional que Thomas necesitara. El pidió y recibió una resma de información sobre la región en que se hallaba el objetivo, la cual ya había repasado una vez con la CÍA. Echó otra mirada a la gruesa carpeta.

Thomas sabía de la isla indonesia llamada Papua por un amigo suyo en Manila, David Lunlow, que asistía a la Academia de Fe. David se crió en la remota isla, era hijo de misioneros. En esa época la denominaban Irian Jaya, pero recientemente había cambiado el nombre a Papua debido a alguna idea política equivocada de que al hacer eso podría fortalecer su búsqueda de independencia de Indonesia.

Papua era única entre los cientos de islas indonesias. La más grande, y por mucho. La menos poblada, principalmente por tribus esparcidas entre montañas, pantanos y regiones costeras que se habían tragado innumerables exploradores con los siglos. En la isla se hablaban más de setecientas lenguas. La ciudad más grande era Jayapura. A ochenta kilómetros por la costa se hallaba un pequeño aeropuerto junto a una creciente comunidad de inadaptados y aventureros. No muy diferente del Lejano Oeste. Había una fuerte comunidad expatriada cuyo objetivo principal era dar nueva dirección a los oprimidos y los perdidos en busca de la verdad. Misioneros.

Era allí, a quince minutos de viaje en Jeep desde Sentani, donde esperaba Cíclope.

Thomas analizó los mapas y las imágenes de satélite de la montaña cubierta de selva. Apenas se podía imaginar cómo Svensson se las había arreglado para construir un laboratorio en un lugar tan remoto e inaccesible, pero la estrategia tenía perfecto sentido. No había verdadera amenaza militar ni policíaca en más de mil quinientos kilómetros. No había aldeas ni habitantes conocidos en la base de la montaña. Un helicóptero que se acercara desde el lugar más lejano pasaría prácticamente inadvertido excepto para los extraños nómadas, que no tenían motivo para informar de algo así ni nadie a quien reportar.

Thomas bajó el mapa y por una ventanilla miró una gran extensión de nubes debajo de ellos. Sosegada, indiferente a lo que sucedía. Desde diez mil metros de alto parecía absurda la idea de que un virus devastaba abajo a la tierra.

– ¿Señor? ¿Necesita algo más? -preguntó la muchacha de la CÍA, cuyo nombre era Becky Masters.

– No. Gracias.

Él volvió a centrarse en los datos que tenía en su regazo y empezó lentamente a hacer planes.

Dos horas después, aterrizaron y lo condujeron a un salón de instrucciones. El equipo de tropas de asalto que lo acompañaría era comandado por el capitán Keith Johnson, un tipo de piel oscura vestido con overoles negros, que parecía poder decapitar a cualquier hombre con una o dos palabras. Lanzó un escueto saludo y llamó «señor» a Thomas, pero lo traicionó el rápido movimiento en los ojos.

– Mucho gusto de conocerlo, capitán -expresó Thomas alargando la mano.

El hombre le estrechó la mano con vacilación. Había más o menos otros veinte en el salón, todos con buena apariencia, muy distintos de sus guardianes del bosque. Pero él había visto bastante en el Discovery Channel para saber que estos hombres podrían provocar graves daños en la mayoría de las situaciones.

– Caballeros, quiero que conozcan al señor Hunter. Tiene carta blanca en esta misión. Recuerden, por favor, quién firma los cheques de sus sueldos. Thomas pensó que eso significaba: Ustedes trabajan para el gobierno, aunque este sujeto parezca alguien salido de un reparto de película, sigan sus órdenes.

– Gracias -contestó Thomas.

El capitán se sentó sin contestarle. Un mapa de Papua y Cíclope ya estaba sobre el proyector, como Thomas lo había solicitado; este recorrió el salón con la vista.

– Sé que les han proporcionado los parámetros generales de la misión, pero permítanme añadir algunos detalles -informó yendo hacia el mapa. Luego repasó su plan centrándose en seis puntos principales de la montaña que él y dos intérpretes de mapas de la CÍA pensaban que Svensson pudo haber utilizado.

La misión era rescatar a Monique de Raison, no arrasar el laboratorio ni matar a Svensson o a cualquier técnico que pudiera estar en el sitio. Al contrario, era crucial mantener con vida estos objetivos. No se podrían usar explosivos. Nada que pudiera poner en peligro el conjunto de datos que el laboratorio mantenía o que albergaban quienes trabajaban allá.