Diles que les corten toda vía de escape. ¿En cuánto tiempo podrían estar en el lugar?
– Tienen que movilizar mil hombres. Dos horas.
– Entonces nos movemos en dos horas. En realidad con algo de suerte podríamos atrapar a ese perro.
– Y si es Thomas, ¿matarlo ahora pondría en peligro la captura de las selvas? -preguntó Woref.
– Él hizo caso omiso a la inquietud de Woref. No había secretos acerca del interés del general en asegurarse las selvas. Al finalizar esa tarea se le daría a Woref en matrimonio la hija de Qurong, Chelise. Todos estaban esperando sus premios, y el de Woref sería el objeto de su obsesión no correspondida. Pero Qurong ya no estaba muy seguro acerca de lo sabio de su acuerdo de entregar a Chelise a esta bestia.
Qurong fue hasta una vasija de morst, una mezcla blanca harinosa de almidón y caliza molida, metió los dedos y se dio palmaditas en la cara. Eso le daba cierto consuelo al secar algún sudor en la superficie de la piel. Cualquier clase de humedad, incluyendo el sudor, aumentaba el dolor.
– ¿Cuánto tiempo pasará antes de que el ejército principal del Bosque Sur nos alcance? -inquirió Qurong.
– Hoy. Quizás horas. Tal vez deberíamos esperar hasta que venga acá.
– ¿Está él dando ahora las órdenes? Se le pudo haber ocurrido este plan, pero que yo sepa, aún soy quien manda.
– Sí, por supuesto, su excelencia. Perdóneme.
– Si logro matar a Thomas, los habitantes del bosque tendrán aún menos probabilidades de saber nuestros planes. Ellos todavía no saben del cuarto ejército al extremo lejano de su selva. Sus bombas incendiarias solo alcanzarán para cuatrocientos mil hombres.
– Ellos tienen otros líderes capaces. Mikil. William. Y quizás sepan más de lo que creemos.
– ¡Ninguno de ellos se compara con Thomas! Ya lo verán ustedes, sin él están perdidos. Envíen el mensaje: ¡Aíslenlos! Hagan que el resto de nuestros hombres empiecen a levantar el campamento como si nos fuéramos a meter al desierto. Lo juro, si Thomas de Hunter está entre ellos, no vivirá este día.
UNA FRASE en tono suave en medio del viento lo despertó. Thomas se estaba quedando dormido en el avión, pero también estaba despertando, aquí en el desierto, con estas palabras al oído.
– Se están movilizando.
Thomas se sentó. Mikil se colocó en una rodilla.
– No es una asamblea de guerra… están empacando en los caballos. Supongo que regresan al desierto.
Thomas se puso de pie, corrió a lo alto de la duna, agarró el monóculo de manos de William y atisbo. No se lograba ver todo el campamento; el extremo trasero estaba oculto por una leve elevación en el desierto. Pero hasta donde podía ver, los encostrados cargaban lentamente sus carros y sus caballos.
– ¡Thomas! -exclamó Rachelle, subiendo la ladera.
– ¿Soñaste? -preguntó él rodando sobre la espalda y sentándose.
Ella miró a William como si dijera: No aquí.
– William, diles a los demás que se preparen para seguir al ejército al interior del desierto -ordenó Thomas.
– Señor…
– ¿Cómo es posible que vayas tras ellos ahora? -cuestionó Rachelle-. ¡La Concurrencia es dentro de dos días!
– ¡Debemos conseguir los libros! Ella volvió a mirar a William.
– William, diles a los otros.
– Ella tiene razón. Si los seguimos por un día, añadiremos otro día a nuestro viaje a casa. Nos perderemos la Concurrencia.
– No al ritmo que viajan esas babosas. Y creo que Elyon entenderá que nos perdamos la Concurrencia si estamos ocupados destruyendo a sus enemigos.
– Estamos robando libros, no destruyendo al enemigo -objetó William.
– Destruiremos al enemigo con los libros, ¡piensa con la cabeza!
– ¿Cómo?
– Tú diles.
William bajó corriendo la duna.
– ¿Qué sucedió? -inquirió Rachelle.
– ¿Soñaste? -inquirió él.
– No. No con las historias. Pero tú sí. ¿Qué ocurrió?
– Tenías razón -contestó él parándose-. Hay una montaña llamada Cíclope en Indonesia. Algo pasó que te permitió soñar.
– ¿Estás yendo entonces tras Monique?
– Estamos en camino ahora.
– Entonces renuncia ahora a los libros de historias. ¡Es demasiado peligroso! Puedes detener el virus con la ayuda de Monique.
– ¿Y si no podemos rescatarla? ¿Y si ella no puede detener el virus? ¡Quizás los libros nos digan lo que debemos saber para detener a Svensson! Ellos no pueden entenderlo, pero tú sí.
Rachelle empezó a bajar la duna y él se apresuró a agarrarla.
– Rachelle, por favor, escúchame. Tienes que regresar. Enviaré a dos de mis hombres con Suzan para que te lleven a salvo…
– ¿Y por qué debo irme si tú estás aquí afuera arriesgando el cuello en el desierto?
– Porque si algo te pasa aquí, ¡Monique podría morir! ¿No ves? No podemos arriesgarnos a que recibas algún daño. ¿Y nuestros hijos?
– ¿Y tú, Thomas? ¿Qué nos pasará a Monique, a la selva, a la tierra o a mí si algo te pasa? Nuestros hijos están en buenas manos; no me trates con condescendencia.
– ¡Escúchame! -exclamó agarrándola del brazo y haciéndole dar media vuelta.
Ella tragó saliva y miró al desierto por sobre el hombro de su esposo.
– Te amo más que a mi vida -aclaró él-. Llevo quince años peleando contra estas bestias. Nada me ocurrirá ahora, lo juro. No aquí. Es allá lo que me preocupa. Tenemos que detener el virus y para eso necesitamos los libros de historias.
Los ojos de ella estaban palideciendo. Se había bañado la noche previa, pero solo con un trapo y algo de agua de las cantimploras.
– Por favor, mi amor, te lo suplico. Ella suspiró y cerró los ojos.
– Sé que tengo razón -insistió él.
– Está bien. Pero prométeme que no dejarás que te agarre la enfermedad.
– Deja tu agua extra.
– Lo haré.
Ambos se quedaron en silencio. Los demás lanzaban miradas curiosas hacia lo alto de la duna.
– Regresa por favor a tiempo para la Concurrencia -rogó Rachelle inclinándose hacia adelante y besándolo suavemente en la mejilla.
– Lo juro.
Ella dio media vuelta y se fue hacia su caballo.
THOMAS SE hallaba en la cima de la duna, observando con los otros siete que se habían quedado. Sus caballos los esperaban detrás de ellos, impacientes en el creciente calor. Se quedaron con toda el agua que se atrevieron a tomar de los cuatro que habían salido dos horas antes, suficiente para mantenerlos dos días más si eran cuidadosos. William y Suzan habían regresado con Rachelle.
– ¿Es solo mi imaginación o se están movilizando lentamente? -preguntó Mikil.
– Son encostrados. ¿Qué esperabas? -contestó alguien.
– Si eliminaran la mitad de todo ese equipaje se podrían mover al doble de velocidad -enunció ella-. No es de extrañar que marchen tan lento.
Thomas escudriñó el horizonte. Una elevada colina se alzaba a la derecha. Mucho más allá de ella se hallaba el Bosque Sur, donde Jamous fuera salvado por Justin, que negoció una paz con los encostrados.
Las palabras que oyó la noche anterior le resonaban en la mente. Hablaremos de paz y escucharán porque deben hacerlo, había dicho Qurong. Para el momento en que hagamos actuar la traición en él, será demasiado tarde.
¿Quién era él ¿Martyn? No, Qurong había estado hablándole al general, que ahora estaba muerto. Quizás Justin, pero Thomas no podía aceptar eso. Su ex teniente se pudo haber vuelto una furia, pero no conspiraría contra su propia gente.
¿O sí?
– Señor, hay algo de movimiento.
Él volvió a enfocar el fondo de la colina. Una línea de caballos había surgido en la distante elevación y se dirigía hacia ellos. Lu ego otra.
No solo dos líneas de caballos. Una división, al menos, cabalgando al galope hacia ellos. Thomas sintió que se le tensaban los músculos. -Señor…