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– Lo saben -interrumpió él-. ¡Saben que estamos aquí!

– Entonces vámonos -opinó Mikil-. Podemos dejarlos atrás sin esfuerzo.

– ¿Y los libros?

– Creo que por el momento los libros son historia -contestó ella-. No era un deliberado juego de palabras.

– ¡Señor, detrás!

La voz había venido del guardián al final de la línea. Thomas giró rápidamente. Otra línea de caballos bordeaba ahora las dunas hacia el oriente, entre ellos y el bosque. Mil, al menos.

Era una trampa.

– Hacia el norte, ¡rápido! -gritó él lanzándose colina abajo. Llegó primero al caballo, agarró la fusta y lo espoleó antes de que el trasero le tocara la silla.

– ¡Arre!

El animal salió disparado. Detrás de él los demás caballos relinchaban y pisoteaban la arena.

El ejército a la derecha de ellos se veía ahora claramente, una larga línea que se extendía más allá de lo que él había creído en primera instancia. Mientras él y sus hombres habían estado observando la partida del campamento, las hordas los habían rodeado por detrás. O peor, este ejército había estado acampado hacia el oriente o el sur y había sido convocado.

Los atacaban ahora por el oriente y el occidente. Sin duda las hordas sabían que ellos simplemente se dirigirían al norte fuera de la trampa. A menos…

Él vio los guerreros justo adelante. ¿Cuántos? Demasiados para contarlos, cortándoles la vía escape.

Thomas jaló las riendas, haciendo detener bruscamente al caballo. Tres de sus hombres vociferaron pasándolo.

– ¡Retrocedan!

Ellos vieron las hordas y pararon en seco.

– ¡Al sur! -gritó Thomas súbitamente haciendo girar su caballo.

Acababa de arremeter contra el viento cuando vio lo que temía ver. Las dunas al sur se llenaban con otra división.

Giró a su izquierda y corrió hacia la misma duna detrás de la que habían estado ocultos. No había ningún sentido en correr a ciegas. Tenía que ver lo que estaba sucediendo y para eso necesitaba esa elevación.

Llevaron sus caballos a tropezones a lo alto de la duna. Desde ahí se clarificó el aprieto en que se hallaban. Los encostrados los acosaban desde todas las direcciones. Thomas hizo girar su caballo, buscando una separación en las filas de hordas, pero, cada vez que veía una, esta se cerraba.

Qurong los había burlado.

Thomas hizo una rápida evaluación. Había estado en muchos apuros cerca del pánico, demasiadas batallas a punto de considerar perdidas. Pero nunca habían sido ocho contra tanta cantidad.

No había manera de salir peleando de la emboscada. Mikil había sacado su espada, pero este no era asunto de espadas. Una mente los había derrotado y ahora solo podían ganar con su propia mente.

Le vinieron estos pensamientos a Thomas como el golpe de una sola ola.

Pero no surgieron los pensamientos que importaban, los que sugerían un curso sensato de acción. El mar se había quedado en silencio.

Ni siquiera sus sueños le ayudarían ahora. Lo podrían noquear, y él soñaría, y hasta despertaría en cosa de segundos, pero ¿con qué finalidad?

Las palabras de advertencia de Rachelle le susurraron tiernamente al oído. Ella no había usado una voz serena, pero ahora cualquier pensamiento de Rachelle podía parecer tierno.

Lo siento mucho, amor mío.

Tocó el libro que había sujetado fuertemente a la cintura debajo de su túnica. Quizás podría usarlo como influencia. Para ganar tiempo. No tenía idea de con qué fin, pero debía hacer algo. Thomas jaló el libro y lo levantó sobre la cabeza. Se paró en sus estribos y gritó hacia el cielo.

– ¡Los libros de historias! ¡Tengo un libro de historia!

Las hordas no parecieron impresionadas. Desde luego, aún no lo habían oído.

Liberó las riendas, permaneció elevado con las rodillas fuertemente apretadas contra el caballo y galopó en un pequeño círculo alrededor de sus hombres, la mano derecha en alto con el libro entre los dedos.

– ¡Tengo los libros! ¡Tengo un libro de historia! -gritó.

Cuando el círculo de guerreros llegó a las dunas que rodeaban aquella en la que él se hallaba, se detuvieron en seco. Cinco mil al menos, sentados sobre sudorosos caballos en un enorme círculo muy profundo. La arena se había convertido en hombres. Encostrados.

Quizás el titubeo de ellos era simplemente un asunto de quién estaba dispuesto a morir y quién deseaba vivir. Ellos sabían que los primeros en llegar a los guardianes del bosque morirían. Tal vez cientos antes de que Thomas de Hunter y sus guerreros fueran dominados.

Lo dominarían, por supuesto. Ningún alma que tuviera la escena ante sus ojos podía dudar del resultado final.

– Mi nombre es Thomas de Hunter y tengo los libros de las historias, ¡los cuales su líder Qurong venera! ¡Desafío a cualquier hombre a probar mis poderes!

Más de cien caballos se adelantaron de las filas y se acercaron lentamente. Usaban la banda roja de los verdugos, los que habían jurado dar sus vidas por la de Thomas en un momento dado. Se decía entre los guardianes que la mayoría eran parientes que quedaban de hombres muertos en batalla.

– No está funcionando -expresó Mikil.

– ¡Tranquila! -susurró Thomas-. Podemos vencer a estos.

– Estos, ¡pero hay demasiados!

– ¡Tranquila!

Pero el propio corazón de él hizo caso omiso de la orden y aceleró su ritmo generalmente sosegado.

El sonido de un cuerno solitario rasgó el aire. El círculo de caballos se detuvo. El cuerno sonó de nuevo, largo y alto. Thomas buscó la procedencia. Sur.

Allí, en lo alto de la colina más elevada, se hallaban dos jinetes en caballos blancos. El de la izquierda era un encostrado. Thomas logró ver eso desde esa distancia, pero no más.

El otro jinete, deduciendo por la túnica, era otro de los moradores del desierto.

– ¡Es él! -exclamó Mikil.

– ¿Es quién?

– Justin -anunció ella y escupió.

Otro toque prolongado de cuerno. Había un tercer hombre, vio Thomas, sentado sobre un caballo exactamente detrás de los encostrados. Era él quien hacía sonar el cuerno.

De repente el morador del desierto descendió bruscamente la colina hacia las invasoras hordas. Estas comenzaron a dividirse para abrirle paso. Las hordas se comunicaban frecuentemente con varios cuernos y este último debió de haber indicado algo sagrado.

El jinete cabalgó con fuerza a través de los encostrados sin mirarlos. Estaba aún a cien metros de distancia, en lo fuerte del ejército de hordas, cuando Thomas confirmó la conjetura de Mikil. Nunca confundiría el estilo fluido e inclinado hacia delante de montar del hombre. Este era Justin del Sur.

Justin se subió a la duna y frenó a quince metros de distancia. Simplemente los miró por un largo instante. Mikil puso mala cara a la derecha de Thomas. El resto de sus hombres mantenían sus lugares detrás de él.

– Hola, Thomas -saludó Justin-. Ha pasado un buen rato.

– Dos años.

– Sí, dos años. Te ves bien.

– En realidad, podría bañarme en el lago -contestó Thomas.

– ¿No podríamos hacerlo todos? -inquirió Justin riendo.

– ¿Incluyendo estos amigos tuyos? -preguntó Thomas.

Justin miró alrededor del ejército de encostrados.

– Especialmente ellos. Nunca se acostumbran al olor.

– Creo que el olor podría estar viniendo tanto de tu piel como de la de ellos -terció Mikil.

Justin la miró con esos penetrantes ojos verdes. Él parecía recién bañado.

– Veo que se han metido aquí en un gran lío -expresó finalmente Justin.

– Perceptivo -enunció Thomas frunciendo el ceño.

– No necesitamos tu ayuda -declaró Mikil.

– ¡Mikil!

– Quizás deberías pensar en cambiar tu enfoque -dijo Justin sonriendo-. Quiero decir, me encanta ese espíritu. Estoy tentado a unirme a ustedes y pelear.