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Ese hombre lo turbaba ahora de un modo que ni Svensson podía conseguir. Tres veces Hunter se le había escapado milagrosamente de las manos. No, no era del todo correcto: Dos veces resultó mortalmente herido y luego aparentemente sanado, y una vez se le había escapado de las manos… la última vez.

No eran solo sus nueve vidas. Hunter parecía saber cosas de las que no debería tener idea.

Cierto, fue por los sueños del hombre como supuestamente aislaron la variedad Raison en primera instancia. Pero, si Carlos tenía razón, su enemigo aún se estaba enterando de cosas en sus sueños. El avión que ahora se acercaba, sin duda con rastreadores infrarrojos, era prueba suficiente. Había optado por dejar que los franceses rastrearan a Hunter en Estados Unidos mientras él regresaba aquí, adonde estaba seguro de que el hombre vendría finalmente. Vendría por Monique.

– ¿Cuántas veces? -crepitó la voz de Svensson por la radio.

– Siete -contestó Carlos posicionando su micrófono-. Esta vez vienen más bajo.

Estática.

– ¿Cómo nos encontraron?

– Como dije. Él sabía acerca del virus, sabía respecto del antivirus, ahora sabe dónde estamos. Es un fantasma.

– Entonces es hora de atraer a tu fantasma para hablar con él. ¿Crees que un accidente aéreo lo matará?

– No creo. Tal vez a los demás, pero no a Hunter.

– Entonces derríbalos. Ningún otro sobreviviente.

– ¿Evacuaremos?

– Esta noche, en la oscuridad. Fortier quiere a este hombre en Francia.

– Entendido.

Carlos salió de las resguardadas redes que habían mantenido en el mínimo su patrón de señales de calor, se puso en el hombro el lanzacohetes modificado Stinger y armó el misil. Un golpe directo cortaría al transportador por la mitad. No estaba seguro de que Hunter sobreviviera, por supuesto, pero se trataba de un juego que gustosamente, incluso con ansias, se disponía a seguir. Más que una pequeña parte de él quería equivocarse acerca del don increíble de Hunter. Lo mejor sería que muriera.

Esperó a que el avión girara en el extremo lejano del valle y que se volviera a dirigir hacia él. Svensson había atacado la montaña en su centro y el avión se acercaba ahora a él al nivel del ojo. Esta vez lo verían. Él tendría un buen disparo.

Era todo lo que necesitaba.

– POSICIÓN DE contacto, dosnuevecero.

Thomas oyó al operador electrónico por encima del ruido del avión. Giró y miró por su ventanilla.

– Contacto, uno…

– ¡Alerta! ¡Alerta!

La advertencia llegó de la cabina de mando e inmediatamente Thomas vio a través de la ventanilla el misil que venía como un rayo. Entonces él tenía razón. Monique estaba allí. También veía de frente a la muerte.

Agarró la barra de su asiento. El C17 rodó alejándose bruscamente del misil entrante.

– Acción de contrarrestar, utilizada -se oyó la voz del piloto ahogada por el repentino rugido de los cuatro motores Pratt y Whitney a medida que el jet giraba y crujía hacia arriba.

– ¡Nos va a dar! -gritó alguien.

Por un breve instante el pánico centelleó en los ojos de veinte hombres que antes habían enfrentado la muerte, pero no en estas circunstancias. Este vuelo podría acabar antes de empezar.

¡Puuum!

El fuselaje implosionó con un enorme resplandor de llamas exactamente detrás de la cabina de mando. Una bola de fuego recorrió la cabina, tan ardiente como para quemar la piel descubierta.

Thomas bajó la cabeza antes de que el fuego lo golpeara. Lo envolvió un estruendo. Aire ardiente. Luego aire frío. Alguien gritaba.

Todo sucedió con tanta rapidez que no tuvo tiempo de reaccionar. Sabía que un misil les había dado, pero no tenía comprensión de lo que eso significaba.

Abrió rápidamente los ojos. El C17 flotó perezosamente a la derecha, cortado en tres pedazos justo frente a las alas y en la cola. La sección del medio aún conservaba toda su potencia y ahora pasaba rugiendo a las secciones de nariz y cola.

Thomas se hallaba suspendido en el aire, aún atrapado en su asiento. No parecía estar cayendo, no todavía. Había sido lanzado del avión, quizás a través de la desprotegida cola, y ahora flotaba libre.

Pero los árboles se hallaban a menos de mil metros debajo de él y esta flotabilidad no duraría más de…

Se le ocurrió que ya estaba en caída. Como una roca.

El pánico lo inmovilizó por tres segundos. El trueno a su derecha lo hizo reaccionar súbitamente. Una torre aceitosa de fuego surgió de donde el fuselaje principal había chocado en el valle con toda su fuerza. Posiblemente nadie pudo haber sobrevivido a un impacto como ese.

Thomas giró en su asiento, pero la silla giró con él. Agarró el enganche del arnés, tiró de él y se enrolló a su derecha, esforzándose instintivamente por permanecer en la relativa seguridad de la estructura metálica.

Setecientos metros.

La silla se desprendió y lo pasó. Ahora se hallaba en caída libre sin asiento. Una vez había saltado de una torre de banyi, pero nunca antes de hoy había usado un paracaídas, mucho menos había saltado.

Las secciones de la nariz y la cola del avión se abrieron paso a través de los árboles en la ladera de la montaña opuesta. Sin explosiones.

Trescientos metros.

Agarró el cordón de apertura y lo jaló con fuerza. El paracaídas se desplegó con un ligero estallido, ondeó hacia el cielo y se abrió violentamente. El arnés tiró de Thomas, que respiró entrecortadamente y llenó los pulmones con una bocanada de aire. Su casco había volado en algún momento.

El verde follaje se acercaba aprisa a los pies de él. Algo crujió fuertemente, y al principio creyó que se podría tratar de su pierna, pero una rama caía a su lado. Había roto una rama.

Las hojas le oscurecían la visión del suelo. Thomas rodó pesadamente en el momento en que las botas golpearon una superficie sólida debajo de él. Muy pesadamente. Se dio contra el grueso tronco de un árbol, se desplomó a lo largo de sus raíces expuestas, sin aliento y apenas consciente.

Unas aves chillaron. Un guacamayo. No, un tucán; habría reconocido el inconfundible chillido de cualquier manera. El negro pájaro de largo pico se asentaba en lo alto de uno de los árboles cercanos, protestando por esta súbita intromisión.

Estoy vivo.

Gimió y se esforzó por respirar. Movió las piernas, las cuales parecían sanas y salvas. ¿Y si en realidad estuviera inconsciente y de vuelta en el desierto?

Se irguió. Lentamente aclaró la cabeza. El follaje era una mezcla de juncos y arbustos, gracias a un riachuelo que borboteaba a diez metros de distancia. Un enorme tronco caído reposaba en la orilla a su derecha.

Thomas se levantó, soltó el arnés del paracaídas y rápidamente se revisó los huesos. Magullado, pero por lo demás ileso. Su única arma era el largo cuchillo sujeto a la cintura.

Una columna de humo subía al cielo a varios kilómetros del valle. Thomas agarró la radio en la cadera y giró el botón de volumen.

– Hable, hable. Alguien que escuche, hable.

El parlante silbó. Volvió a intentarlo, sin conseguir nada. El transmisor podría estar dañado. Pero, por lo que había visto, lo más probable era que las personas en el otro extremo estuvieran muertas. Se le revolvió el estómago. Quizás hubieran sobrevivido unos cuantos al ser disparados como había pasado con él, aunque no recordaba haber visto ningún otro cuerpo cayendo.

Thomas se dio la vuelta, corrió hacia arriba a la orilla del riachuelo, saltó el tronco y se hundió hasta el tobillo en barro.

Tranquilo, tranquilo. ¡Piensa!

Volvió a examinar la selva. Si recordaba bien, el misil lo habían disparado desde un punto en la mitad de la ladera oriental. Debía llegar a los restos del C17. Sobrevivientes. Un arma. Radio. Cualquier cosa que le pudiera ayudar. Y antes de que cayera la noche de ser posible. No tenía el mismo cuerpo de Thomas de Hunter en el desierto, pero tenía la misma mente, ¿correcto? Había estado en peores situaciones. Justo la noche anterior había experimentado algo peor, con cien asesinos de las hordas a asombrosa distancia de su garganta.