Thomas se metió a la selva, donde el follaje protegía del sol y disminuía la maleza, y se dirigió hacia la columna de humo a varios kilómetros del valle. Su misión tenía prioridad sobre cualquier sobreviviente, a pesar de lo inhumano que eso pareciera. Su propósito aquí era encontrar a Monique a cualquier costo, aunque ese costo incluyera la muerte de veinte soldados.
Apretó la mandíbula y gimió.
Varias veces resistió la tentación de dirigirse a la derecha y buscar la procedencia del misil. Pero siguió adelante. Sin duda habían visto desplegarse su paracaídas. Esta vez lo estarían esperando.
Y esta vez no se recuperaría de un balazo en la cabeza. Necesitaba más que un cuchillo.
CARLOS ALZÓ la radio.
– ¿A qué distancia?
– A cien metros. Corriendo río arriba -contestó la voz en tono bajo-. ¿Le disparo el dardo?
– Solo si sabe que le puede dar debajo del cuello. ¿Está seguro de que es él?
Una pausa.
– Es él.
– Recuerden, lo necesito vivo.
Un dardo tranquilizador podría matar a un hombre si le pega en la cabeza.
Carlos esperó. Habían rastreado a Hunter desde que aterrizara, a cinco kilómetros valle abajo. Otros cuatro habían sobrevivido al accidente: dos en forma parecida a Hunter, otros dos fracturados y sangrando pero vivos y cerca del sitio del accidente. La supervivencia les duró muy poco.
Si su hombre no recibía el dardo ahora, lo tendrían que agarrar de los escombros. Mejor ahora. Lo que menos necesitaba Carlos ahora era otro de los escapes de Hunter.
– ¿Informes de la situación?
Era Svensson en la otra radio.
Carlos pulsó el botón del transmisor.
– Lo tenemos a la vista.
– Así que sobrevivió.
– Sí.
– ¿Está sano?
– Sí.
– Manténganlo así.
Ven acá y mantenlo sano por ti mismo, intolerable perezoso. Por supuesto que lo conservaría sano. Mientras el hombre no intentara nada.
– Blanco derribado -crepitó la otra radio.
Esperó, seguro que al informe lo seguiría inmediatamente un cambio. Blanco se levanta y huye.
Pero ese informe no llegó.
– ¿Sigue derribado?
– Positivo.
– Espósenlo fuertemente. Y sugiero que se apuren. Quizás no esté derribado por mucho tiempo.
MONIQUE SE hallaba solo medio consciente sobre el colchón. Había soñado con truenos. Un repique de choques en el cielo que anunciaban el fin del mundo. Las personas clamaban a un enorme rostro en las nubes, el cual supuestamente pertenecía a Dios. Pedían un héroe que las salvara de este terrible e injusto cambio de acontecimientos. Querían una solución. Por tanto, Dios tuvo misericordia. Señaló a una mujer de cabello largo y oscuro llamada Monique. Esta fue quien en primera instancia creara la vacuna Raison. Era quien podía domarla ahora. Monique abrió los ojos y respiró hondo. Pero había un problema. Svensson poseía ahora la solución de ella.
Se abrió el pasador y chirrió la puerta.
Ella cerró los ojos. Lo único peor a estar atrapada en este salón blanco era tener que enfrentar a Svensson o al hombre del Mediterráneo que olía como a una barra de jabón perfumado. Carlos.
Entraron varios pares de pies. Algo cayó en el piso de concreto haciendo un ruido sordo. ¿Qué fue eso? Ella no se atrevió a mirar ahora.
Las botas salieron y el pasador de la puerta se volvió a cerrar por fuera.
Monique esperó tanto como pudo antes de abrir los ojos. Movió la cabeza. En medio del piso se hallaba un cuerpo boca abajo con el rostro virado hacia el otro lado. Suéter de camuflaje y botas negras embarradas. Manos esposadas a la espalda. Cabello oscuro.
Ella se sentó. ¿Thomas?
Parecía que pudiera ser él, pero vestido de forma errónea.
Ella atravesó aprisa el salón en dirección al hombre. Sí, era un hombre… los antebrazos eran demasiado musculosos para una mujer. Le vio el rostro. Thomas.
Un centenar de pensamientos le recorrieron la mente. Había venido por ella. Supo dónde encontrarla. Había venido como soldado. ¿Dónde estaban los demás?
Ver a los pies de ella a un hombre inconsciente y esposado normalmente le revolvería el estómago, pero hoy las cosas no eran normales, y ver hoy a un amigo le inundó su desesperado mundo de tanto gozo que de repente creyó que iba a llorar.
Se arrodilló y le tocó el hombro.
– ¿Thomas? -susurró.
La respiración de él era constante.
Tenía el mentón presionado contra el nítido piso, lo que le fruncía los labios. Una barba de un día le ensombrecía el rostro. Su ondulado cabello estaba enmarañado y hecho nudos.
– ¡Thomas!
Esta vez se movió, pero solo un poco antes de volver a quedar totalmente ajeno a todo.
Monique se paró y miró el cuerpo boca abajo. ¿Qué clase de hombre era él en realidad? Cientos de veces enfocó sus pensamientos sobre Thomas Hunter en los diez días desde que él irrumpiera en su mundo y la secuestrara por la seguridad de ella. Para salvar al mundo, había dicho él. Una sugerencia absurda para cualquier persona que no estuviera del todo ebria.
Ahora ella pensaba de modo distinto. Él era especial. Sabía cosas que no era posible que supiera y se habituó a arriesgar la vida para defender ese conocimiento.
Y en un nivel más personal, para defenderla a ella. Para salvarla. Monique vio la cámara de seguridad. Estaban observando, desde luego, y escuchando.
Ella fue hasta el fregadero, metió un vaso de precipitados en el cuenco de agua (la montaña no proveía agua corriente, al menos no en el salón de ella), extrajo una toalla de papel de su estuche y volvió a él. Humedeció la toalla y tiernamente le limpió el rostro y el cuello.
– Despierta -susurró-. Vamos, Thomas, por favor, te necesitamos despierto.
Le exprimió más agua en la cabeza, el rostro, los hombros y lo volvió a sacudir. El cerró la boca y tragó saliva. Finalmente, se le abrieron los ojos parpadeando.
– Soy yo, Monique.
Él dirigió los ojos hacia el rostro de ella, los abrió desmesuradamente y luego los cerró con fuerza arqueando las cejas. Gimió y se esforzó por levantarse.
La joven lo agarró del esposado brazo y lo jaló, pero eso no pareció ayudar mucho. Thomas luchó por meter las rodillas debajo del cuerpo y sentarse en el aire. Ella no sabía cómo ayudarlo… él estaba incómodo pero decidido a hacerlo por su cuenta; finalmente se las arregló para levantar la cabeza y sentarse, con los ojos cerrados.
– ¿Te encuentras bien? -preguntó ella; era una pregunta tonta.
– Me dispararon -contestó él.
– ¿Estás herido?
¿Dónde? ¡Ella no había visto sangre!
– No. Me drogaron.
Luego giró el cuello y tragó saliva.
– Deberías acostarte. Aquí, déjame ayudarte.
– Me acabo de levantar.
– Tengo un colchón.
– No tenemos tiempo. Tan pronto como crean que ha pasado el efecto de las drogas vendrán por mí. Tenemos que hablar ahora. ¿Me puedes quitar estas esposas?
– ¿Cómo? -averiguó ella, mirándolas.
– No importa. Muchacha, siento la cabeza como…
De repente los ojos se le desorbitaron.
– ¿Qué pasa? -indagó ella.
– ¡No soñé!
Otra vez los sueños. Monique ya no estaba segura de qué hacer con ellos, pero no había duda de que eran más que simples sueños.
– Te drogaron -expresó ella-. Tal vez eso te afectó.
– Es la primera vez que no sueño en dos semanas -declaró él como si en realidad estuviera en un sueño-. Quiero decir, desde este lado. Allá dejé de soñar durante quince años al comer la fruta rambután.