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Mike había soltado una gran carcajada y cambiado de tema. Peter lo presionó una vez más, pero luego se desentendió del asunto. Mike se fue prometiendo regresar con la noticia final sobre si el mercado se iba a derrumbar la próxima semana o algo así.

Alguien tocó a la puerta.

– Adelante -informó él, guardando los papeles. Nancy Rodríguez, compañera suya en Qué Importa, programa que hacían juntos al final de la tarde, asomó la cabeza.

– ¿Vas a ir a la reunión?

Había olvidado que el director de noticias convocó la reunión para revisar una nueva agenda nocturna.

– Adelante. Allí estaré. Ella cerró la puerta.

Mike metió los documentos en el cajón a su mano derecha. Sea como sea, ¿por qué asistir a una reunión sobre una nueva agenda? ¿Por qué no volver a North Dakotay visitar a sus padres y amigos? ¿Por qué no ir a saltar banyi en el parque Six Flags, a comprar un Jaguar o a embutirse de langostas? O mejor aún, ¿por qué no ir a la iglesia y confesarse con el cura? El pensamiento lo detuvo.

Una leve ola de calor se le extendió por la cabeza y le recorrió la espalda.

Esto estaba ocurriendo de veras, ¿no era así? No solo era una historia. Se trataba de su vida. De la vida de todos. ¿Cómo podía quedarse callado?

***

LA PUERTA se abrió.

– Trataré de conseguirte el documento -susurró Monique. Ella se refería al antivirus. Thomas se volvió. Carlos entró al salón, seguido por un hombre a quien Thomas aún no había conocido. Era alto y caminaba lentamente con un bastón blanco, como apoyo de la pierna derecha. Tenía el cabello peinado hacia atrás con brillantina. Svensson. Había visto fotos en Bangkok.

El suizo parecía reprimir una tentación de regodearse. Carlos, por otra parte, se veía más desdichado.

El chipriota llevó la silla del escritorio hasta el centro del salón, se acercó a Thomas, le agarró las esposas y lo jaló hacia arriba. Thomas se paró y retrocedió tambaleando antes de que las articulaciones de los hombros resultaran lastimadas más de lo normal.

– Siéntese -ordenó Carlos, señalando la silla con cuatro dedos. Sus uñas eran largas pero nítidamente arregladas. Olía a jabón europeo.

Thomas se dirigió a la silla y se sentó. Carlos arreó a Monique hasta el fregadero, donde la esposó al porta toallas. ¿Por qué?

– Así que este es el hombre que nos ha dado todo un mundo de problemas -declaró el suizo moviéndose lentamente alrededor de Thomas-. Debo decir, joven, que te ves más joven que en tus fotos.

Thomas miró a Monique. Podía encargarse del viejo… incluso con esposas difícilmente sería un desafío. Pero Carlos era otro asunto. Este se puso detrás de él y le hizo inútil el pensamiento al asegurar los tobillos de Thomas a las patas de la silla con cinta de contacto.

– Entiendo que posees algunas habilidades que te hacen muy valioso – continuó Svensson-. Nos hallaste; Armand lo considera algo fascinante. Te quiere en Francia. Pero primero tengo algunas preguntas mías que hacerte y temo que tendré que insistir en que las contestes.

– Ustedes nos necesitan vivos a los dos hasta el final -contesto Thomas.

El científico rió.

– ¿De veras?

– Solo un estúpido eliminaría a las dos personas que hicieron posible todo esto con información que solo ellas tenían.

– Quizás -contestó Svensson dejando de andar en círculos-. Pero ahora tengo esa información. En algún momento la utilidad de ustedes se vuelve asunto de historia.

– Tal vez. Pero, ¿cuándo? -inquirió Thomas-. ¿Cuándo el virus vuelva a mutar? ¿Qué clase de antivirus se necesitará entonces? Solo nosotros sabemos las respuestas, y aun así todavía no las conocemos todas. Armand tiene razón.

Él no sabía quién era Armand, pero supuso que era el individuo para quien trabajaba Svensson.

– No habrá más mutaciones -objetó Svensson calmadamente-. Pero estoy feliz de anunciar la fórmula del primer antivirus.

Sacó de su chaqueta una pequeña jeringa llena con un fluido claro. Ahora el júbilo se le extendió a la boca.

– Y pensé que sería apropiado para ustedes dos ver el fruto de su labor.

Con dos dedos se golpeteó en el ángulo interno del brazo izquierdo, con los dientes quitó la protección plástica de la aguja y luego apretó el puño. Encontró una vena en el brazo y se clavó allí la aguja. Dos segundos después el líquido se hallaba en su corriente sanguínea. Retiró la jeringa y la metió en el bolsillo de la chaqueta.

– ¿Ven? Ahora soy la única persona viva que no morirá. Eso cambiará dentro de poco, por supuesto, pero no antes de que extraiga mi precio. Gracias a ustedes dos por su servicio.

Esperó como creyendo recibir una respuesta.

– Carlos.

***

MONIQUE VIO la larga aguja de acero inoxidable antes que Thomas y creyó que se le revolvía el fondo del estómago. Carlos se acercó a Thomas y le mantuvo la punta encima del hombro.

– Penetrar la carne no es tan doloroso -informó Svensson-. Pero lo será cuando él intente hacer que la aguja te atraviese los huesos.

– ¿Qué están pensando hacer? -gritó Monique.

Los tres voltearon a mirar hacia donde ella estaba parada frente el fregadero.

Svensson fue quien contestó.

– Tenemos pensamientos más nobles que tú, estoy seguro. Por favor, trata de controlarte.

Ellos no habían empezado con él y, sin embargo, los ojos de ella ya estaban llenos de lágrimas. La joven apretó los dientes y trató de calmar el temblor en las manos.

– Está bien, Monique -declaró Thomas-. No temas. He visto cómo termina esto.

Ella dudó que él lo hubiera visto. Él solo intentaba confundirlos y calmarle a ella la mente.

– Entonces empecemos con este conocimiento tuyo -advirtió Svensson-. ¿Cómo nos hallaste?

– Hablé con un enorme murciélago blanco en mis sueños. Él me dijo que ustedes estaban en una montaña llamada Cíclope.

Svensson lo contempló con el ceño fruncido. Miró a Carlos.

El chipriota clavó la aguja como un centímetro en el hombro de Thomas.

– Hay libros en mis sueños llamados libros de historias -continuó Thomas cerrando los ojos-. Tienen escrito todo lo que ha sucedido aquí. Así es como me enteré del virus.

– ¿Libros de historia? Estoy seguro de que los hay. Dime entonces qué pasará a continuación.

Thomas titubeó. Abrió los ojos y miró directamente a Monique. A ella le costaba estar parada viéndolo con esa aguja que le sobresalía del brazo.

– Más de medio mundo muere por la variedad Raison -informó Thomas-. Ustedes consiguen sus armamentos. Empieza la época de la gran tribulación.

Él mantuvo los ojos fijos en los de ella. Se estaban hablando uno al otro en esta extraña manera, pensó ella. No le miraría el brazo. Únicamente lo miraría a los ojos para darle fortaleza.

– Sí, desde luego, pero me estaba refiriendo a los próximos días, no semanas. No se necesita ninguna clarividencia para suponer cómo terminara esto. Quiero saber cómo conseguiremos eso. O más al punto, lo que los estadounidenses harán en los próximos días.

– No lo sé -contestó él, pensando en lo que le estaban pidiendo.

– Creo que lo sabes. Sabemos que te reuniste con el presidente. Dime cuáles son sus planes.

Monique sintió que se le tensaba el pecho. Esto no se trataba de los sueños. Estos tipos no se detendrían hasta saber lo que había pasado entre Thomas y Robert Blair.

– Ellos no me dijeron qué planes tenían.

Svensson volvió a mirar a Carlos.

– ¿Quiere usted que invente algo? -inquirió Thomas-. Ya le dije, no sé qué hará Estados Unidos.

– Yo no te creo.

Carlos empujó y la aguja se deslizó fácilmente antes de detenerse abruptamente en el hueso. Thomas cerró los ojos, pero no logró ocultar el temblor que se apoderó de sus mejillas.