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Ahora comenzó el griterío. El estruendo formó una palabra que rugía de las gargantas de cada hombre, mujer y niño en el valle, quizás más allá…

Justin! Justin! Justin! Justin!

…hasta que se oyeron como apabullantes detonaciones que explotaban con cada rugido del nombre del guerrero. Justin! Justin! Justin! Justin!

Thomas nunca había visto antes tal despliegue de adoración por un hombre. El hecho de que Justin aceptara la alabanza sin más que una modesta sonrisa solo parecía justificar la adoración que le prodigaban. Era como si supiera que él no merecía menos y estuviera dispuesto a aceptarlo.

El aire retumbaba con los gritos de la gente. Las hojas de los árboles a lo largo del riachuelo vibraban. Thomas sintió que el sonido le llegaba al estómago y le estremecía el corazón.

Justin! Justin! Justin! Justin!

Justin cabalgó hasta la mitad del valle y detuvo el caballo. Luego se paró en los estribos, alzó los puños al cielo, levantó la cabeza y comenzó a gritar algo.

Al principio las personas no lograban oír sus palabras debido al rugido, Pero tan pronto como se imaginaron que el guerrero estaba diciendo algo, comenzaron a callarse. Ahora el grito de Justin se elevaba por sobre el barullo. Gritaba un nombre. Voceaba un nombre al cielo.

El nombre de Elyon.

Un frió envolvió a Thomas. Justin estaba clamando la autoridad del Creador. Y esto, sabiendo muy bien que se había lanzado un careo contra él. El Consejo estaría furioso. Si Justin no era inocente, entonces era tan taimado y manipulador como ellos.

Justin gritaba el nombre de su Hacedor, con los ojos cerrados, el rostro contraído, como quien se hallaba desgarrado entre gratitud y terrible temor. El valle se acalló con incertidumbre.

Con un postrero grito que agotó cada onza de su aliento, Justin gritó el nombre. ¡Ellllyyyyonnnnnnl Luego se acomodó en su silla y lentamente enfrentó a Thomas.

– Te saludo, Thomas de Hunter -gritó.

Thomas inclinó la cabeza. Pero no podía ir tan lejos como para homenajear al hombre en retribución, no con el duelo a las puertas.

Justin inclinó la cabeza en respuesta. Miró a las personas, primero al costado lejano, haciendo girar su caballo para tener una vista completa, luego al lado de Thomas. Su corcel pisoteaba debajo de él. Parecía estar buscando a alguien.

Los niños, pensó Thomas. Él buscaba a los niños.

Justin hizo girar el caballo y miró otra vez hacia la parte lejana. Luego de nuevo hacia el lado de Thomas, con sus ojos verdes buscando, escudriñando.

Como a quince metros de donde se hallaba Thomas salió de la multitud una niñita, anduvo algunos pasos en el pasto y se detuvo. El cabello rubio le pasaba de los hombros. Tenía los brazos caídos a los lados. Una de sus manos estaba seca como en un muñón. Temblaba de pies a cabeza y le corrían lágrimas por las mejillas.

El primer pensamiento de Thomas fue que la madre de esa pobre niña debía llamarla para que regresara inmediatamente. La tradición del valle era muy clara: Nadie se aproximaría nunca a un guerrero honrado mientras marchaba. Ese era un momento de orden y respeto, no de caos.

Pero luego vio que Justin miraba directo a la niña. Seguramente no la habría estado buscando.

Un niño de cabello poblado salió y se detuvo exactamente detrás de la pequeña.

Para asombro de Thomas, vio lágrimas en las mejillas de Justin, que hizo caso omiso de la multitud e intercambió una larga mirada con la niñita.

– La conoce -susurró Rachelle.

De repente, Justin se apeó del caballo y se dirigió a la pequeña. Luego se inclinó y extendió completamente los brazos.

Ella corrió hacia él, ahora llorando de manera audible. Su blanca túnica se agitaba alrededor de sus pequeñas piernas y las flores de su cabello cayeron a tierra mientras corría.

La niña chocó con Justin en medio del campo. Los brazos de él la estrecharon y apretaron fuerte. A Thomas se le hizo un nudo en la garganta.

La pequeña le mostró las manos a Justin y él se las besó. El guerrero se puso de pie y la llevó a diez pasos de los caballos, donde todo el valle podría ver con claridad. Le susurró algo al oído de ella y luego siguió caminando mientras la niña permanecía quieta. ¿Qué estaba haciendo él?

Justin recorrió las multitudes con una fija mirada.

– Les diré en este día que los más grandes guerreros entre ustedes son los niños -gritó fuertemente para que todos oyeran-. Con algunos como estos es como ustedes librarán una clase diferente de guerra.

Miró a la pequeñuela, que ahora sonreía de oreja a oreja. Un centelleo resplandeció en los ojos de Justin. Este estiró la mano hacia ella.

– ¡Les presento a mi princesa, Lucy!

Era imposible saber si ese espectáculo era un engaño o algo completamente sincero. De cualquier modo, resultaba ser una brillante representación.

Justin se agarró la corona blanca de la cabeza, la colocó tiernamente en la cabecita de Lucy y retrocedió. Se dejó caer sobre una rodilla, se puso una mano en el pecho y levantó la otra a la multitud.

Un grito surgió de forma espontánea.

Thomas pensó que el rostro de la niña se podría partir en dos si sonreía más animadamente. Al lado de él, Rachelle se frotaba los ojos. Justin señaló emocionado al niño, que ahora corría hacia él.

– ¡Y a mí príncipe, Billy!

Lo levantó y lo hizo girar alrededor. Luego guió a los dos niños otra vez hacia el caballo, se subió a la silla y los levantó a ambos, a Lucy detrás y a Billy al frente. Le dio las tiendas al niño y espoleó al corcel.

El estruendo comenzó de nuevo, ahora con gritos mezclados de Lucy y Billy. Justin tomó tiempo ahora para reconocer a la multitud. Al verlo cabalgar con tanta confianza y ser tan adorado, se podría pensar que ese guerrero había sido un rey de las antiguas historias en vez de un vagabundo de la selva que había abandonado a los guardianes y que ahora hablaba de traición.

Cuando Justin llegó finalmente al extremo del valle bajó a los dos niños y desapareció entre los árboles.

***

– ¿CREES AHORA que habrá pelea en el careo de mañana? -preguntó Rachelle; el barullo se había extinguido y el valle se vaciaba.

– O Justin es un hombre que merece estas alabanzas o es un sujeto que merece morir -contestó Thomas-, en cuyo caso es mucho más peligroso de lo que nunca pude haber imaginado.

– ¿Y quién crees que es?

Thomas observó los árboles que se habían tragado al guerrero. ¿Era el de Justin el rostro del engaño o el de la gracia? Al final apenas importaba, porque de cualquier modo definitivamente era el rostro de la traición. Cualquier hombre que negociara un arreglo de paz con los hijos de los shataikis no podía ser alguien que siguiera a Elyon.

– Thomas, me estás haciendo caso omiso otra vez.

– Creo que es un tipo muy peligroso. Pero dejemos que el pueblo decida mañana.

– Eso es porque aún no has oído a los demás. No todos estuvieron aquí.

17

EL PRESIDENTE Robert Blair no había dormido en veinticuatro horas. El ambiente estaba cargado de pánico. Ninguno estaba feliz. Todos se habían salido ahora de la alianza, hasta el último de ellos. Llevaban títulos como Presidente de Estados Unidos, Ministro de Defensa y Director de la CÍA, pero en su interior solo eran hombres y mujeres en tierra firme, frente a un enorme maremoto que les impedía ver el horizonte. No había escape; no había cómo luchar; solo podían prepararse.

No era cierto. Estaba Dios. La situación se les había salido de las manos y estaba en las de Dios… un pensamiento aterrador, considerando la total falta de entendimiento que Blair tenía en tales asuntos. Y estaba Thomas Hunter.

El líder de la mayoría en el senado Dwight Olsen dio un manotazo en la mesa, iracundo el rostro redondeado.