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Ciphus bajó ambas manos y el pueblo se calló. Todos sabían lo que iba a acontecer. El anciano se quedó callado por un largo momento, quizás desconcertado porque el gentío estuviera tan dividido.

– Entonces pondremos el destino de este hombre en las manos de Elyon -exclamó en voz alta-. Llamo al ruedo a nuestro defensor, Thomas de Hunter.

La muchedumbre lanzó un grito ahogado. O al menos la mitad lanzó un grito ahogado. La mitad del sur, que había decidido reclamar a Justin como su propiedad desde que les salvara su selva la semana anterior. Era claro que no querían ver pelear a Thomas contra su Justin.

La otra mitad comenzó a vitorear el nombre de Thomas.

Los ojos de Rachelle se ensombrecieron de terror.

– Yo le enseñé -la tranquilizó él besándole la mejilla-. Recuérdalo.

Thomas trepó la barandilla y la gente le abrió paso hacia la tribuna descubierta. Agarró la espada de su costado y saltó por sobre la corta pared que separaba el campo de los asientos. El camino hacia la plataforma principal parecía largo con todas las ovaciones y con Justin taladrándolo con la mirada.

Se detuvo ante Ciphus, que acalló a la multitud.

– Te solicito, Thomas de Hunter, comandante supremo de los guardianes del bosque, que defiendas nuestra verdad contra esta blasfemia en una pelea a muerte. ¿Aceptas?

– Lo haré. Pero pediré destierro, no muerte, para Justin.

– Soy yo quien toma esa decisión, no tú -cuestionó Ciphus.

Thomas nunca había oído algo así.

– Yo tenía entendido que era mi decisión -objetó a su vez.

– Entonces malinterpretas las reglas. El Consejo hizo esta regla y ahora la debes acatar. Será una pelea a muerte. El precio por este pecado es la muerte. No estoy dispuesto a considerar la muerte en vida.

Thomas pensó por un momento. Era verdad que la ley exigía la muerte para cualquiera que desafiara a Elyon. El destierro era una clase de muerte, una muerte en vida, como la llamara Ciphus. Pero ahora, obligado a considerar el asunto, comprendió que podría haber un problema con desterrar a Justin. ¿Y si entraba a las hordas y obtenía poder bajo Qurong? ¿Y si llevaba luego a sus ejércitos contra las selvas? Quizás la muerte era la decisión más sabia, aunque no era lo que él quería.

– Entonces acepto -admitió inclinando la cabeza.

– ¡Espadas! -gritó Ciphus.

Un miembro del Consejo levantó del suelo dos gruesas espadas de bronce cerca de su taburete y las colocó en el tablado.

– Escoge tu espada -ordenó Ciphus.

Thomas miró a Justin. El guerrero lo observó ahora con un leve interés. ¿Tenía el hombre deseos de morir?

Thomas levantó las espadas, una en cada mano, y fue hacia Justin.

– ¿Tienes alguna preferencia?

– No.

Thomas aventó ambas espadas al aire. Estas giraron lentamente al unísono y se clavaron a cada lado de Justin.

– Insisto -expresó Thomas-. No quiero que se diga que vencí a Justin del Sur porque escogí la mejor espada.

El gentío reaccionó con un estruendo de aprobación.

Justin mantuvo su mirada en Thomas sin mirar las espadas. Dio un paso adelante, jaló la de su derecha.

– Ni yo -dijo, lanzando el arma de tal modo que su hoja perforó la tierra a los pies de Thomas.

Otro estruendo de aprobación.

– ¡Peleen! -gritó Ciphus-. ¡Peleen a muerte!

Thomas arrancó la espada y la blandió dos veces para sentirla. Era un arma normal de los guardianes, bien proporcionada y bastante pesada para cercenar una cabeza de un solo golpe.

Justin puso la mano en la espada y esperó. Basta de poses. Cuanto más pronto terminara la pelea, mejor. Conocer a un hombre en un combate de esa clase significaba observar sus ojos. Y a Thomas no le gustó lo que vio en los ojos de Justin. Estaban demasiado llenos de vida para cortarlos fácilmente de sus hombros. El hombre estaba tan lleno de cautivador dominio que lo enervó.

Brincó a su izquierda y cayó sobre la plataforma, a tres metros de Justin. Por un instante se preguntó si el hombre simplemente iba a morir sin pelear, porque apenas se movió.

Thomas embistió y giró la espada con tanta fuerza como para cortar al hombre en dos.

En el último momento, Justin levantó su espada y desvió el golpe. Un horrible sonido rechinó en la arena. Era exactamente como Thomas había esperado. En el instante en que Justin le bloqueaba el golpe, él estiró la mano izquierda y le dio un golpecito en el mentón.

Era un movimiento que él les había enseñado una vez como en broma. Mikil lo apodaba «El mentón». Lo que Thomas no esperaba era la mano de Justin que salió disparada precisamente en el mismo instante. Le dio un golpecito en el mentón.

El gentío rugió y Thomas creyó haber oído el grito de aprobación de Mikil por encima del bullicio.

Lo menos que pudo hacer fue sonreír. Bien. Muy bien. Justin sonrió con complacencia. Hizo un guiño.

En seguida se trabaron en un combate total, agarrando sus espadas con ambas manos. Choques y contra choques, pinchazos, patadas, empujones, movimientos alrededor de la plataforma… destrezas básicas para aflojar las articulaciones y tantear al oponente. Nada en la manera de pelear de Justin sorprendió a Thomas. Reaccionaba a sus ataques exactamente del modo que lo harían Mikil, William o cualquier otro de sus tenientes.

Y también estaba seguro de que nada de lo que hacía él sorprendía a Justin. Eso vendría más tarde.

Los contrincantes comenzaron a añadir algunos de los movimientos de Marduk: amagar, inclinarse, zigzaguear, rodar… de la plataforma al campo, luego por un costado de la plataforma y alrededor del perímetro. Otra vez en lo alto del tablado.

– Eres un buen hombre, Thomas -comentó Justin en voz demasiado baja para que la gente oyera-. Siempre te he admirado. Y aún te admiro, muchísimo.

Sus espadas volvieron a chocar.

– Veo que has conservado tus habilidades -expuso Thomas-. Matando de vez en cuando a algunos de tus amigos de las hordas, ¿o no?

Justin rechazó un golpe, luego se lanzaron una momentánea mirada.

– No tienes idea de en qué te estás metiendo. Ten cuidado.

Thomas dio cuatro veloces pasos. Era una manera clásica de iniciar un salto, pero no saltó. Plantó la espada como para dar una voltereta, pero en vez de ir por lo alto giró bajo.

Justin ya había levantado la espada para rechazar el pinchazo esperado que llegaría cuando Thomas se le catapultara sobre la cabeza. Pero ahora Thomas se hallaba más cerca de los tobillos de Justin. Todo acabaría aquí, cuando agarrara a Justin por los pies y continuara con la espada.

Thomas giró alrededor de su espada, los pies primero, apuntalándose para el impacto de su espinilla contra las pantorrillas de Justin.

Pero de repente las pantorrillas de Justin ya no estaban allí. En el último momento había visto el cambio y, aunque se hallaba totalmente desequilibrado se las arregló para lanzarse en una contorsión hacia atrás. Una voltereta por encima del borde de la plataforma. Girando luego en forma perfecta.

Aterrizó en el campo, con los pies extendidos y la mano en la espada; listo para cualquier cosa.

Thomas lo vio todo mientras lanzaba su inútil patada y utilizó su impulso para dar un giro completo en una voltereta hacia atrás, salir de la plataforma y dar lo que se llamaba un latigazo por detrás.

El movimiento aéreo del golpe con el brazo extendido obligó al oponente a protegerse contra un mortal taconazo en el rostro, pero luego cambió en una contorsión, una rotación completa para lanzar la espada, no el pie, con violenta velocidad.

Thomas ejecutó perfectamente el movimiento. Justin lo malinterpretó. Pero se lanzó hacia atrás a tiempo para que la hoja le diera un golpe de refilón en el pecho.

En vez de continuar con una voltereta hacia atrás, cayó de espaldas y rodó en la dirección opuesta a la que el impulso de Thomas lo llevaba.

Listo. Muy listo. Si hubiera seguido con la voltereta hacia atrás, como haría la mayor parte de guerreros, Thomas pudo haber dirigido su propio impulso hacia otro ataque directo antes de que el hombre se hubiera recuperado por completo.