¡Ella se hallaba viviendo una segunda vida! En un instante se había convertido en una persona totalmente nueva. Aspiró la fragancia de flores de tuhan. Alguien cocinaba carne. Desde afuera venían risas. Todo se sentía nuevo. Esta era la época de la Concurrencia anual en que las calles estarían llenas de danzas, historias y libación de cerveza ligera. Y ella era una magnífica bailarina, ¿verdad? Sí, desde luego que sí. Una de las mejores.
Tenía dificultad en mantener tranquilo el corazón. Comprendió por qué Thomas se hallaba tan convencido. ¡Debía encontrarlo y hablarle inmediatamente de esto!
Marie había hallado una enorme nanka amarilla y el jugo le corría por el mentón.
– No te ensucies, Marie. Lávate la barbilla -ordenó ella mirando hacia la sala.
Su sala. La segunda espada de Thomas, la cual normalmente se hallaba en el rincón, había desparecido. Extraño.
– ¿Sabes adonde fue papá? -le preguntó a Marie.
– No. Salió temprano. Antes del amanecer. Lo oí.
Rachelle se quedó helada. Las palabras de él en Francia le resonaron en la mente. Creo que deberé ir tras Justin para hacer eso, había dicho.
¿Tras Justin?
¡Él había ido tras Justin! Justin estaba con Martyn. Ellos estarían con las hordas. Por segunda vez esta semana la había dejado durmiendo para participar subrepticiamente en alguna atolondrada misión que solo un hombre tan obstinado como Thomas podía tomar más allá de la simple fantasía.
Justin y Martyn se habían ido al oriente, según los exploradores. Al oriente hacia el ejército de Qurong.
Ella corrió al dormitorio y se vistió por completo. Si Justin se hallaba con Martyn, entonces también estaba con Johan. ¿Significaba eso que él iba tras su hermano?
¿Y si quisiera matar a Johan, creyendo que al hacerlo mataría a Carlos? Pero no podía hacerlo. ¡Johan era hermano de ella! Quince años atrás habían perdido a toda su familia ante las hordas cuando Tanis fue engañado, pero lidiaban con esto como parte de una gran tragedia. La idea de perder a su propio hermano por medio de la espada de su esposo le produjo ahora algo de pánico en el pecho.
¡Tenía que detenerlo! Y si no hubiera ido a matar a Johan, debía decirle lo que ahora sabía. Ella era Rachelle. ¡Ella era Monique! No había duda de que estaban conectadas.
Se envolvió las muñecas e hizo que los vendajes parecieran bandas con tonos cobrizos. La principal tarea era salir sola del poblado sin levantar sospechas de su intención. Iría hasta la casa de Anna y debería aparentar normalidad cuando le preguntara a la anciana mujer si podía cuidar a Marie y a Samuel durante el día mientras ella salía a preparar una sorpresa especial para Thomas.
Andrew, que supervisaba los establos comunes, le preguntaría por qué se iba a llevar uno de los corceles, pero ella simplemente le diría que deseaba dar un paseo por la campiña. La Concurrencia inspiraba tanto a hombres como a mujeres.
Al regresar con la aprobación de Anna debió arrastrar a Samuel de la cama. Abrazó a los dos niños, les dijo que hicieran caso a la tía Anna y prometió regresar al anochecer. Si no volvía, no debían preocuparse, pues ella y papá debían hacer algunas cosas.
Una hora después de haber despertado, Rachelle dejó atrás al último de los curiosos que le brindó buenos deseos y le preguntó adonde se dirigía en tan magnífico animal. Ella condujo al caballo por la puerta, aventó la pierna por encima de la silla y cabalgó hacia el oriente.
La primera hora pareció durar solo minutos. Con Monique sentía todo nuevo y fresco, como si lo experimentara por primera vez, lo cual era el caso de la mente de Monique. Sin duda, la francesa nunca se había imaginado Sentirse tan poderosa, una amazona tan realizada, tan llena de pasión como Rachelle se encontraba ahora.
En realidad estaba tan tonificada que medio esperaba que alguien de las hordas saltara detrás de un árbol para enviarlo de una patada a donde pertenecía. Dos veces casi desmontó para intentar algunas volteretas. Pero la idea de encontrar a Thomas la mantuvo cabalgando a toda prisa.
Una hora se convirtió en dos, luego tres y después cinco. La selva pasaba volando e igual ocurría con la mente de Rachelle. Con cada kilómetro recorrido aumentaba en ella la ansiedad por encontrar a Thomas. Ahora estaba segura de que él de veras había seguido este camino… por las huellas del caballo, las cuales podía observar como la palma de la mano, marcadas en el fango casi en cada vuelta. Él había pasado con Mikil. Al menos tuvo la sensatez de traer a su mejor guerrera.
Rachelle consideró el peligro potencial por delante, pero para ella no era demasiado cualquier peligro al que su esposo se arriesgara. El destino del mundo estaba a la mano y ella debía jugar un papel.
A últimas horas de la tarde llegó al borde de la selva y se detuvo. A esta hora del día el cielo y el desierto estaban rojos. Ella había salido del poblado más o menos dos horas después que Thomas y le había seguido las huellas hasta este momento. Si corría más rápido podrían llegar al lugar donde…
De repente casi se le paraliza el corazón. Allí estaba el campamento de las hordas, en el horizonte, apenas visible contra la arena roja. Ellos se habían acercado mucho más.
Se acercaron más.
¿Planeaban atacar? Se sintió inmovilizada por el pánico. El campamento parecía más grande de lo que recordaba. Casi del doble de tamaño. ¡Esto solo podía tratarse de una reunión para hacer la guerra! ¿Había ido Thomas hacia ellos?
Examinó las huellas de su esposo. Iban directo al frente y bajaban por el cañón. Había dos senderos bien transitados hacia el desierto, Thomas había tomado este. Él había visto el campamento de las hordas y seguido adelante. Entonces ella también lo haría.
Rachelle espoleó el caballo.
El negro corcel solo había dado dos pasos cuando algo golpeó a Rachelle de costado.
La mujer lanzó una exclamación y bajó la mirada. Una vara sobresalía a su lado. El mango de una flecha. El dolor le recorrió el cuerpo.
Otra flecha le pegó en el hombro y una tercera en el muslo. Ahora vio a los encostrados cerca de la línea, un grupo de cinco o seis. ¡Tenían arcos! Ella no sabía…
La siguiente flecha golpeó a Rachelle en la espalda. Instigó al caballo a salir al galope. ¡A su izquierda! ¡Debía alejarse de ellos!
Había flechas clavándosele en el cuerpo. ¡Flechas! La mente se le llenó de pánico.
El corcel descendió rápidamente por un estrecho sendero, sobre el borde del cañón.
Otras tres flechas se le precipitaron hacia la cabeza, por lo que se agachó. El dolor de las otras le recorría ahora la espalda y la pierna. -¡Arre! -exclamó.
El sendero era empinado y el caballo resbaló en las piedras, pero se detuvo al saltar sobre una roca que de repente le impedía el paso. Luego tomó una curva.
¿La seguirían los encostrados?
Ahora gritaban por encima de ella. Reían.
Llegó al fondo arenoso y orientó el caballo hacia el primer cañón angosto a su derecha. Por encima repiqueteaban los cascos a lo largo de la roca. La alcanzaban por el borde del cañón. Acercó el corcel al murallón izquierdo y se agachó, estremeciéndose de dolor. Un terrible dolor le recorrió el vientre.
Le dispararon. Cuatro flechas: dos en el cuerpo, una en la pierna, una en el brazo. Debía esconderse y tratar de conseguir ayuda. ¿Debería intentar quitarse las flechas? Vamos a morir.
No, ¡no podía morir! ¡Rachelle no podía morir! ¡No ahora!
El caballo disminuyó la marcha a un trote. Resonaron voces, pero parecen replegarse. Los cañones rocosos eran como un laberinto… no asombraba que ellos hubieran optado por andar por la meseta. Pero si ella profundizaba más su camino, alejándose de los muros cerca de la selva, ellos tendrían dificultad en encontrarla.
Rachelle cortó hacia el lugar despejado, luego pasó una pequeña brecha que entraba en una cuenca enorme. Las voces sonaban ahora distantes, pero ella no tenía la mente tan clara como antes. Quizás no estaba oyendo bien. ^e dejó la dirección al caballo y se revisó la flecha de la pierna izquierda. Si la dejaba incrustada, el movimiento del caballo podría hacer que la punta se le clavara más. Si la sacaba, sangraría de mala manera.