Gimió. La flecha del costado era peor. Se había hundido profundamente. En sus órganos internos. Aunque lograra extraerla sin desmayarse, se arriesgaría a un terrible sangrado interior. Podía sentir el apéndice en la espalda.
¡Era horrible! Había ido tras su esposo como una tonta y ahora moría aquí en el cañón, ¡sola!
No supo cuánto tiempo más montó, ni adonde la llevó el caballo. Solo que las fuerzas se le agotaban a un ritmo constante. Los encostrados la habían perdido, pero ella no sabía si la esperaban cuando saliera del laberinto, así que mantuvo caminando al caballo.
Tienes que encontrar ayuda. Debes regresar a la selva y buscar ayuda. Se detuvo y miró alrededor, pero la vista se le había hecho borrosa y se dio cuenta de que nunca llegaría a la selva con esa luz menguante.
Es más, si tenía razón, ahora se hallaba al borde del desierto, donde los desfiladeros daban paso a kilómetros de arena. ¿Cuán lejos había viajado? Si seguía cabalgando se alejaría aún más de donde debía ir. Y no podía seguir avanzando con las flechas clavadas. El más leve movimiento le producía pinchazos de dolor en la pierna y la columna vertebral.
Debía descansar. Tenía que bajarse del caballo y acostarse. Pero temía desmayarse si intentaba desmontar.
– Elyon, ayúdame -susurró Rachelle-. Querido Dios, no me dejes morir.
Pero sabía que iba a morir.
21
THOMAS Y Mikil se sentaron al otro lado de la mesa de carrizo de Martyn en una tienda abierta que uno de los asesores del general había seleccionado para su líder después de que este aceptara hablar con Thomas. El hedor del encostrado era casi demasiado para soportar.
El hecho de que las hordas casi se hubieran duplicado en tamaño y se acercaran aún más a la selva era una señal de mal augurio, razón de más para que Thomas hablara con Martyn.
Habían entrado ondeando una bandera blanca… idea de Thomas. Él no recordaba que nunca antes alguien hubiera usado una bandera blanca, pero la señal se entendió rápidamente y los guardias del perímetro los detuvieron a cien pasos mientras verificaban con sus líderes. Finalmente había salido otro general, comprobó que Thomas de Hunter solicitaba una audiencia con Martyn y transmitió la petición.
– Díganle a Martyn que Thomas de Hunter solicita una audiencia con Johan -le había dicho Thomas al general. -¿Quiere usted hablar con Justin del Sur?
– No, con Justin no. Con Johan. Ese es el nombre por el que lo conozco. Johan.
Media hora después se habían reunido.
Johan estaba claramente bajo su piel fétida y descascarada. De mayor edad ahora, casi de treinta años. De pintársele de verde los ojos y dársele color a la piel, nadie que hubiera conocido al muchacho se podría haber confundido. El círculo redondo de los hechiceros se hallaba delineado en su frente.
Pero se movía y hablaba como un hombre totalmente distinto. Movía los °)os con cautela y sus movimientos eran lentos para minimizar el dolor de su enfermedad. Igual que todos en las hordas, no creía que la putrefacción fuera una enfermedad. Tenía la mente aguda, pero se había tragado las mentiras que mucho tiempo atrás lo persuadieron de que este era el camino que todos los hombres buenos debían observar, recorrer y sentir. El dolor era natural. El olor a carne podrida era más un aroma de sana humanidad que una fetidez.
– Los lagos te producen eso -expresó Johan mirando a Thomas y arrugando la nariz.
– ¿Qué producen?
– Te dan esa horrible pestilencia.
– Supongo que sí. Y tu piel no es menos ofensiva para nosotros. Hace tres años odiabas la fetidez. ¿Dónde está Justin?
– Salió hace una hora -contestó Johan después de titubear.
– ¿Regresará?
– Sí.
– ¿Aceptarás hacer la paz con él?
– Esa es claramente su intención.
– ¿Y es la tuya?
– Dime tú; ¿lo es?
El hombre hablaba de manera enigmática. Thomas debía hablar francamente con Johan.
– Lo que debo decirte es solo para tus oídos -le anunció-. Aleja fuera a tus hombres y yo alejaré a mi teniente.
– Señor…
Levantó la mano hacia Mikil. Ella no lo cuestionaría más en público.
– Sin duda, no me tienes miedo -enunció Thomas-. Eres el hermano de mi esposa.
– Salgan -ordenó Johan a los cuatro guerreros detrás de él.
Ellos titubearon y luego retrocedieron. Thomas miró a Mikil, cuya mirada era de desaprobación, luego salió. Ambos grupos se alejaron como cincuenta pasos en direcciones opuestas, después se detuvieron para observar desde el desierto abierto.
– Johan -expresó Thomas-. Recuerdas tu verdadero nombre, ¿verdad?
– Quieres decir el nombre que tuve de niño. Todo niño crece. ¿O siguen siendo niños todos los habitantes del bosque?
– ¿Ha quedado algo de Johan en ti?
– Solo queda el hombre.
– ¿Y por qué uno de mis soldados puede matar a cinco de los tuyos? Los ojos de Johan parpadearon.
– Porque apenas ahora mis hombres están aprendiendo a pelear contigo. Yo conozco tu forma de hacerlo. Nuestras pericias te superarán pronto.
– Les estás enseñando nuevos trucos, ¿no es así? Pero haz memoria, Johan. Antes de que te extraviaras en el desierto. Eras mucho más fuerte que ahora. La condición de la piel es una enfermedad.
El hombre solamente le sostuvo la mirada.
– ¿Cómo te extraviaste?
– ¿Para esto me llamaste? ¿Para hablar de una época en que jugábamos con espadas de juguete?
La mente de Johan se hallaba tan subyugada como su carne, pensó Thomas. Se preguntó si Rachelle podría acabar con este engaño.
– No. He venido porque sé más de lo que debería -expresó; debía ser cuidadoso-. Oí una conversación en la tienda de tu líder unas noches atrás cuando maté al general. Espero que no me guardes rencor por esa muerte.
– El general que mataste era un buen amigo mío.
– Entonces, por favor, acepta mis condolencias. Sea como sea, ahora sé que ustedes conspiran con Justin y Qurong contra los habitantes del bosque. Nos ofrecerán paz y, a pesar de tener todo en contra, ustedes creen que Justin persuadirá a nuestro pueblo para aceptarles la oferta. Pero pretenden traicionarnos una vez que se hayan ganado nuestra confianza.
Thomas dejó que la declaración se afirmara. Johan no hizo ningún comentario. Era imposible verle alguna reacción en el rostro, al hallarse envuelto y reducido por la oscuridad de la capucha.
– Deseo saber qué recibirá Justin por su traición.
– Eso no es de tu incumbencia.
– ¿Cuánto tiempo han estado planeando esto?
– Bastante.
– Debí haberlo sabido. Ustedes dos son originalmente de nuestra selva. Primero te perdiste hace tres años y luego apareciste oportunamente como un general al tanto de nuestras estrategias. Un año después Justin rechaza mi nombramiento y empieza a predicar su paz. Todo el tiempo ustedes dos conspiran por acabar con la selva. Que yo sepa, tramaste el plan con Justin en el Bosque Sur y luego decidieron vivir como encostrados. Él ha estado sembrando dudas mientras tú has levantado tu ejército para aprovecharte de esa duda. ¿Fue idea de él o tuya? ¿Harás a Justin líder supremo de las hordas?
Johan, es decir Martyn, el general hechicero, lo miró por un buen tiempo. Pero no quiso contestar.
– Sin embargo, te debió haber preocupado el impacto que una batalla en la selva tendría en tu ejército, o simplemente habrías marchado sobre nosotros ahora, sin ningún intento de traición -expuso Thomas-. La traición es tu nivelador. Esperas atraparnos desprevenidos.
– ¿Es correcto eso? Bueno, si sabes esto, nuestro plan está frustrado.