¿Y si en realidad no se hubiera ido? ¿Y si estuviera escondido detrás de la pared, esperando que ella se levantara y bajara la pistola antes que él irrumpiera y le cortara la garganta?
Kara salió pitando hacia la luz del día, manteniendo la pistola apuntada en la entrada lo mejor que pudo, considerando toda su energía nerviosa. Se puso de pie con cuidado, se acercó a la puerta y observó a su izquierda -en un amplio círculo- hasta que pudo ver el corredor a través de la puerta.
Ninguna señal de Carlos.
La puerta al final del corredor estaba abierta. Ese hombre no había actuado solo. Alguien en el hotel le había ayudado a entrar a la suite por la habitación contigua.
– ¿Thomas?
Kara corrió alrededor de la cama y se arrodilló al lado de él.
– ¡Thomas! -exclamó, golpeándole levemente la mejilla.
Alguien golpeaba la puerta principal. Habían oído los disparos. Carlos había huido porque sabía que se oirían los disparos. Posiblemente el disparo accidental de ella pudo haberles salvado la vida.
– Thomas, despierta, cariño.
Él gimió y abrió lentamente los ojos.
THOMAS Y Kara se hallaban en la suite de Merton Gains, esperando que el secretario de estado terminara una serie de llamadas. Los había recibido con un breve saludo, escuchó los detalles del ataque a Thomas, ordenó mayor seguridad para su propia suite y luego se excusó por unos minutos. Manifestó que el mundo se estaba desenredando tras puertas cerradas.
Ellos oían la voz apagada del ministro por el pasillo a sus espaldas.
– ¿Quince? ¿Quince años? -preguntó Kara en voz baja, casi en susurro-. ¿Estás seguro?
– Sí. Muy seguro.
– ¿Cómo es posible eso? No eres quince años mayor, ¿o sí?
– Mi cuerpo no, pero de algún modo…
– ¿De algún modo?
– Lo siento.
– De algún modo -añadió ella-. Parece… mayor.
– Como te decía, tengo como cuarenta años allá. Sinceramente aquí también me siento como de cuarenta. Asombroso.
– Así que estas heridas tuyas son un cambio determinante en las reglas entre estas dos realidades -comentó ella, señalando el brazo de Thomas-. El conocimiento y las destrezas siempre han sido transferibles en ambas direcciones, pero antes de que el bosque colorido se volviera negro tus heridas en ese mundo no pasaban hasta aquí; solamente las heridas de este mundo pasaban hasta allá. ¿Se cruzan ahora en ambas direcciones?
– Evidentemente. Pero es sangre lo que se transfiere, no solo heridas. La sangre tiene que ver con la vida. En realidad, el niño dijo que la sangre contamina los lagos. Esa es una de nuestras reglas cardinales. En todo caso, ahora el asunto se da en ambas direcciones.
– Pero la primera vez que te golpeaste la cabeza, cuando empezó todo esto, sangraste en ambos mundos.
– Quizás me herí realmente en los dos mundos al mismo tiempo. Tal vez eso es lo que abrió esta puerta -opinó él y suspiró-. No sé, parece absurdo. Supondremos que se pueden transferir conocimientos, destrezas y sangre. Nada más.
– Y que eres la única puerta. Estamos hablando de tu conocimiento, tus destrezas y tu sangre.
– Correcto.
– Eso explicaría por qué no has envejecido aquí -concluyó Kara-. Te cortas allá y apareces cortado aquí, pero no envejeces de la misma forma, ni engordas del mismo modo, ni sudas de igual manera. Solo acontecimientos específicos vinculados al derramamiento de sangre aparecen en ambas realidades.
Ella hizo una pausa.
– ¿Y eres general allá?
– Comandante de los guardianes del bosque, general Thomas de Hunter -corrigió él sin inmutarse.
– ¿Cómo sucedió eso? -indagó ella-. No es que dude de que pudieras ser el mismísimo Alejandro Magno. Solo que es demasiado para digerir. Un poco de detalles ayudaría.
– Debe parecer demasiado absurdo, ¿eh? -declaró él con una sonrisa dibujada en los labios.
Este era el Thomas que Kara conocía.
Él apretó el cojín de cuero a su lado.
– Todo esto es muy… muy extraño. Muy real.
– Porque es muy real. Dime, por favor, que no vas a tratar otra vez de saltar por el balcón.
– Está bien -la tranquilizó él soltando el cojín-. Es obvio que los dos lugares son reales. Al menos lo estamos suponiendo, ¿correcto? Pero tienes que comprender que después de quince años en otro mundo, este se siente más como un sueño. Perdóname si de vez en cuando me comporto de manera extraña.
Ella sonrió y sacudió la cabeza. Él ya era medio «bastante extraño» y medio el antiguo Thomas.
– ¿Es cómico? -cuestionó él.
– No. Pero escúchate: «Perdóname si de vez en cuando me comporto de manera extraña», no es por ofenderte, hermano, pero pareces estar en un gran conflicto. Dime más.
– Después de que los shataikis extendieran su veneno por el bosque colorido, una terrible enfermedad se apoderó de la población. Hace que la piel se descascare por encima y se raje por debajo. Es muy doloroso. Los ojos se vuelven grises y el cuerpo hiede, como a azufre o huevos podridos. Pero Elyon dispuso una manera de que vivamos sin los efectos de esta enfermedad. Siete selvas… bosques regulares, no coloridos, aún permanecen, y en cada uno de ellos un lago. Si nos bañamos a diario en el lago, la enfermedad queda en remisión. La única condición que tenemos para vivir en el bosque es que nos bañemos con regularidad y evitemos que los lagos sean contaminados con sangre.
Kara solamente lo miraba.
– Por desgracia, en este mismo instante estoy en una batalla con las hordas que podrían acabar con todo.
– ¿Y qué hay con la profecía?
– ¿Que Elyon destruirá a las hordas con un soplo? Quizás la dinamita sea la respuesta de Elyon -opinó él parándose, ansioso de avanzar con este plan-. Debo averiguar cómo hacer dinamita antes de regresar.
– Así que entiendo que has seguido soñando -comentó Gains detrás de ellos, tuteando por primera vez a Thomas.
Kara se paró al lado de su hermano. Al oír la convicción en la voz de Thomas y ver la luz en sus ojos mientras hablaba, ella estuvo tentada a creer que el verdadero drama se desarrollaba en una realidad diferente, que la variedad Raison solo era una historia y que la guerra en el desierto de Thomas era la realidad verdadera.
Gains la trajo de regreso a la tierra.
– Bueno -siguió diciendo Gains rodeando el sofá-. Tengo la sensación de que vamos a necesitar esos sueños tuyos. Nunca imaginé que alguna vez diría algo como esto, pero tampoco imaginé que alguna vez enfrentaríamos tal clase de monstruo. ¿Les puedo brindar algo de beber?
Ninguno de los dos contestó.
– Repito, la falta de seguridad para la suite de ustedes fue descuido mío. Odio admitirlo, Thomas, pero te hemos menospreciado desde el principio. Te puedo garantizar que eso acaba de cambiar.
Thomas no dijo nada. Gains lo miró.
– ¿Seguro que estás bien?
– Estoy bien.
– Muy bien -declaró Gains, miró a Kara y luego otra vez a Thomas-. Te necesitamos en esto, hijo.
– No estoy seguro de poder ayudar más. Las cosas han cambiado.
Gains dio un paso al frente, agarró a Thomas por el brazo y lo llevó a la ventana.
– No estoy seguro de que comprendas toda la magnitud de lo que está pasando, pero no parece bueno, Thomas. Farmacéutica Raison acaba de concluir el examen de una chaqueta que fue dejada en un perchero en el Aeropuerto Internacional de Bangkok. Se informó que un hombre acosó a varias asistentes de vuelo antes de entrar al centro de primeros auxilios, colgó la chaqueta en el perchero y salió. ¿Adivinan qué hay en la chaqueta?
– El virus -contestó Kara.
– Correcto. La variedad Raison. Como lo prometiera Valborg Svensson. Como lo predijera nadie más que Thomas Hunter, lo cual te hace un hombre muy, pero muy importante, Thomas. Y es verdad, el virus se transmite por aire. Lo que significa que si nosotros tres aún no estamos infectados, lo estaremos antes de que salgamos para Washington D.C. Media Tailandia estará infectada para el fin de semana.