Выбрать главу

– Miren, muchachos -comenzó a acelerarse-: lo que les quiero decir es que yo no estoy dispuesta a seguir viviendo así, pero necesito contar con ustedes para eso, no tengo a nadie más, nadie que esté dispuesto a acompañarme en los planes que tengo, además creo que a ustedes también les interesa cambiar, porque lo que les voy a proponer es para que ahora sí definitivamente salgamos de pobres.

Emilio y yo nos quedamos de una pieza, como si sus palabras nos hubieran hecho tragar una varilla, consternados por el impacto de sus últimas palabras. A ella la vimos sonreír por primera vez en esa tarde, con los ojos muy abiertos esperando nuestra reacción. Ahora sí tocaba romper el silencio.

– Perdoname, Rosario -le dije-, pero hasta donde yo sé, ni vos ni nosotros somos pobres.

– Ya te lo dije, parcero. -Se puso de pie y comenzó a caminar de un lado a otro-. Ya te lo dije: todo esto es prestado y el día menos pensado me lo quitan, y a ver, ¿vos tenés mucho?, ¿y vos, Emilio?, perdónenme pero ninguno de los dos tiene ni culo, todo es de sus papás, el carro, la ropita, todo se lo han dado, ustedes ni siquiera tienen un cagado apartamento donde vivir, ¿o me equivoco?

– Y entonces ¿qué es lo que querés? -preguntó Emilio desafiante.

– Si me dejás de hablar golpeadito te lo explico -le contestó ella en el mismo tono.

La reunión se estaba calentando. Ya todos estábamos de pie y muy inquietos, conociendo su escuela no era difícil imaginarse las intenciones de Rosario. A mí de todas maneras nunca me han gustado las discusiones.

– Es muy fácil -explicó ella-. El negocio es redondo, yo ya tengo todos los contactos, los de aquí y los de Miami.

– ¡¿Los de dónde?! -interrumpió Emilio.

– ¡Ay, Emilio, no seás güevón! -dijo Rosario -. Para esto toca tener contactos aquí y allá, ¿o es que pensás meterte en esto solito?

– ¡Ni solito ni acompañado! -le contestó-. ¿Vos qué estás creyendo, Rosario?

– ¡¿Y vos de dónde pensás que sale todo el perico y todo el bazuco que te has metido?! ¿Creés que cae del cielo o qué?

Por un momento pensé que se iban a dar puños. A mí no se me ocurría cómo bajarle el tono al altercado, además por experiencia sabía lo cara que podía salir una intromisión.

– Mirá, Rosario -dijo Emilio-: te equivocaste de socios, acordate de que nosotros somos gente decente.

– ¡Decente! ¡Juá! -replicó furiosa-. Lo que son es unos güevones.

– Vámonos -me dijo Emilio.

Yo miré a Rosario pero ella no se percató, estaba resoplando con la cabeza hacia abajo y los brazos cruzados, recostada contra la pared. Emilio abrió la puerta y salió, yo quería decir algo pero no sabía qué, por eso me decidí a decirle: «Rosario, no sé qué decir», pero ella no me dejó, antes que yo pudiera abrir la boca me dijo:

– Andate, parcero, largate vos también.

Levanté los hombros en un gesto imbécil y salí mirando al piso. Emilio estaba al pie del ascensor, oprimiendo con insistencia el botón para bajar, pero antes que se abriera vimos a Rosario asomar la cabeza y gritarnos desde la puerta:

– ¡Así son ustedes! ¡Se creen de mejor familia y va uno a ver y son unos pobres hijueputas!

Cerró de un portazo cuando nos metimos al ascensor.

Estábamos tan sulfurados que no nos dimos cuenta de que en lugar de bajar, íbamos para arriba.

Esperé unos días para llamarla aunque seguía sin saber qué decirle. La idea era neutralizar un poco los ánimos, de paso averiguar algo más sobre los propósitos de Rosario y si todo coincidía con mis suposiciones, tratar de disuadirla para que no cometiera una locura. Eran tan impredecibles sus reacciones que no me extrañó encontrarla de buen ánimo, cuando lo que esperaba era una situación semejante a la última que tuvimos.

Me dijo que estaba cocinando algo delicioso y que me invitaba para que lo compartiéramos.

– ¡Qué casualidad, parcerito! -me dijo-. Lo hice pensando en vos.

Aunque no creí mucho en esa casualidad, al rato estaba con ella, comiéndonos algo que además de no tener nombre, tampoco tenía sabor, pero me encantó verla gozar con su experimento. Después, nos sentamos junto a la ventana para ver la ciudad de noche, las luces titilantes que tanto le gustaban a Rosario; entraba una brisa fresca y con la música y el vino daban ganas de eternizar ese momento. De pronto cambió el semblante, como si todo eso que a mí me inspiraba a ella le comenzara a doler, me pareció que se le habían encharcado los ojos, pero también podrían ser las luces de la ciudad reflejadas en ellos.

– ¿Qué te pasa, Rosario?

Tomó de su vino, y para sacarme de dudas se limpió los ojos llorosos.

– De todo, parcero.

Volvió a mirar hacia la ciudad y echó la cabeza un poco hacia atrás, tal vez para que la brisa le refrescara su cuello.

– Me pasa de todo -dijo-. La soledad, la muerte de Ferney, el viaje…

Sentí un eco duro dentro de mi cabeza, la palabra en un eco seco y después repitiéndose con fuerza: «el viaje, el viaje, el viaje». Quise entender que se trataba de otra cosa, de otro viaje, pero nada ganaba con engañarme, finalmente sabía a lo que ella se refería pero no quería hablar de eso.

– ¿Cómo te fue con lo de Norbey? -le pregunté.

– Ferney -corrigió sin ganas-. Fue horrible, no te imaginás cómo me lo dejaron, no le cabía una bala más, no sé para qué le metieron tantas, con una hubieran tenido. Lo mataron con rabia.

Se le escapó otro par de lágrimas que trató de embolatar con un gran sorbo de vino. Como se le aflojó la nariz se la limpió con una servilleta.

– El pobre Ferney siempre sufrió con su mala puntería – continuó-. A lo mejor por eso lo mataron. Se puso de confiado a amarrarse los tres escapularios en la muñeca para que no le fuera a fallar el pulso y se quedó sin el del corazón para protegerse y sin el del tobillo para volarse. Muy güevón, Ferney.

– Pero ¿lo pudieron enterrar?

– Claro -me dijo-. Cerquita de Johnefe.

La brisa le empujó el cabello sobre la cara y con ese gesto que yo tanto adoraba se lo colocó detrás de las orejas, me miró y me sonrió sin motivo, o por lo menos yo no se lo había dado.

– Cuando te sintás sola -le dije-, no dudés en llamarme.

Creo que ahora sí le había dado un motivo para sonreír y así lo hizo de nuevo. Me apretó el muslo, como solía manifestar su afecto, y después a tientas buscó mi mano, sin inmutarse cuando por encontrarla rozó el bulto entre mis piernas.

Finalmente la encontró, abierta, lista para que ella la tomara.

– Me vas a hacer mucha falta, parcero -me dijo-. Te voy a extrañar mucho.

Esa noche no pegué el ojo pensando en una ausencia que parecía definitiva. Me invadió una angustia que iba aumentando con el insomnio al imaginarme la vida sin Rosario, pensaba que era prácticamente imposible seguir sin ella y azuzado por los recuerdos me aferraba a esa idea. Abrazado a la almohada sentí pasar nuevamente uno a uno los sentimientos que ella me despertaba, y con ellos volvieron a mí las mariposas en el estómago, el frío en el pecho, la debilidad en las piernas, la desazón, el temblor en las manos, el vacío, las ganas de llorar, de vomitar y todos los síntomas que atacan a traición a los enamorados. Cada minuto de esa noche se convertía en un eslabón más de la cadena que me ataba a Rosario Tijeras, un peldaño más de la escalera que me conducía hasta el fondo, minutos que en lugar de coincidir con la claridad del amanecer me sumían en un túnel oscuro, igual al de ella y del que tantas veces le pedí que saliera. Sólo pude dormir un poco cuando ya el sol pegaba con fuerza a través de las cortinas y ya me había vencido la idea de seguir a Rosario en su carrera loca.