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– Me mataron al amor de mi vida, parcero -dijo-. El único que me ha querido.

Sentí celos. Los que nunca me había despertado Emilio, los sentí ese día por su hermano muerto. Pensé que debía contarle todo lo que sentía por ella, sacarla de su ignorancia afectiva y decirle que había alguien que la quería más que todo el mundo.

– Yo te quiero, Rosario… -comencé decidido-. Todos te queremos -añadí cobardemente.

Esa vez tampoco fui capaz. Además, y en eso me di la razón, ése no era el día para una propuesta de amor.

– Gracias, parcero -fue lo único que contestó.

Cuando llegamos a la parte baja de su barrio, comenzó a guiarme. Ya estábamos en el laberinto, en tierra extraña, sólo quedaba seguir instrucciones y ponerle primera al carro.

Después, todo fue estupefacción ante el paisaje, desconcierto ante los ojos que seguían nuestro ascenso, miradas que no conocía, que me hacían sentir ajeno, gestos que obligaban a preguntarme qué hacía yo, un extranjero, ahí.

– Dejame aquí -interrumpió Rosario mis cavilaciones-. Yo sigo a pie.

– Pero ¿por qué? Yo te llevo a tu casa.

– Hasta aquí sube el carro. Toca seguir a pie.

Se bajó temblorosa, pálida, vencida por un miedo que no pudo esconder. Agarró con fuerza su carterita y se chantó unas gafas para el sol que comenzaba a salir.

– Yo te acompaño, Rosario -insistí.

– Mejor yo sigo sola. Después te cuento todo.

Se dio vuelta y comenzó a escalar una loma sin pavimento.

Lo hacía con suavidad, como si caminara en plano. Vi sus piernas templadas, su trasero empinado, su figura erguida a pesar de estar cargando con su peor dolor. Alguien desde una puerta la saludó. Rosario había vuelto con los suyos.

– ¡Rosario! -le grité desde adentro pero me alcanzó a oír-. ¡No vas a hacer nada que me pueda entristecer!

Toda su vida me dolía como si fuera la mía. Verla sufrir me llenaba de tristeza, buscaba dentro de mis posibilidades una forma para que fuera feliz.

– ¡Señorita! Señorita, disculpe. -La enfermera se había dormido en su puesto de guardia.

– ¡¿Ah?!

– Perdóneme, pero quiero averiguar por Rosario, la mujer que está en cirugía.

– ¿Quién? -preguntó mientras hacía lo posible para ubicarse otra vez en la realidad.

– Rosario Ti… -alcancé a decir, porque al sentirse despierta me interrumpió.

– Si no se sabe nada es porque todavía no se sabe nada.

Intenté con la hora.

– ¿Qué horas serán ya?

No me contestó, cerró los ojos buscando de nuevo el calor de su silla. Miré el reloj de la pared.

– Las cuatro y media -dije bajito para no despertarla.

¡Cómo pasa el tiempo! Juraría que fue hace un mes apenas cuando vi por última vez a Rosario, cuando decidimos Emilio y yo que si no parábamos terminaríamos peor que ella. Rosario estaba decidida a arrastrar con quien fuera. Se le había metido en la cabeza conseguir plata por su propia cuenta, volverse más rica que los que la sostenían, y lo que nos asustó fue que ella solamente conocía una forma de lograrlo, la manera como ellos la habían conseguido.

– Es muy fácil, muy fácil -nos decía-. Sólo se necesita tener la gente y yo la tengo.

No era solamente cuestión de gente, también había que tener las ganas y las güevas de Rosario, y a nosotros no nos quedaban ganas después de todos los enredos en que nos metió, tampoco necesitábamos más plata, y las güevas hace mucho que las habíamos perdido. Y en lugar de acompañarla en su nueva aventura, comenzamos a preparar nuestra despedida.

A la semana de la muerte de su hermano, Rosario me llamó a las tres de la mañana. Yo no había parado de buscarla en esos días, por eso no me molestó que me hubiera despertado.

– ¿Dónde estás? -le pregunté apenas reconocí su voz.

– Hoy enterramos a Johnefe -me dijo.

– ¿Cómo así? Si eso fue hace ocho días.

– Estábamos paseando con él.

– ¿Estaban qué? -pregunté perplejo.

– Después te cuento, ahora no puedo hablar mucho -dijo bajando la voz-. Mirá, parcero, es que voy a estar afuera unos días. Yo te llamo cuando vuelva.

– ¿Cómo así, Rosario? ¿Para dónde te vas?

– No te preocupés por mí, yo te llamo después, pero decile a Emilio que tuve que acompañar a mi mamá a… a Bogotá, donde una hermana.

– ¡Rosario! Esperá, decime qué está pasando.

– Chao, parcero. Después te cuento todo -dijo y colgó.

Por supuesto, Emilio entendió menos que yo. Se descomponía cuando ella se le perdía, lo sacaba de quicio todo el misterio que la rodeaba. Siempre que le pasaba algo así, y fueron muchas veces, me juraba que iba a terminar todo, pero ella sabía cómo neutralizarlo, lo dejaba soltar toda la perorata y después en la cama ella se encargaba de volverlo loco.

– ¡Lo que me emberraca es que nunca me consulta nada! -dijo Emilio furioso-. ¡Como si yo no existiera!

– Pero si llamó y me dijo que te contara todo -le dije tratando de excusarla.

– ¡Eso es todavía más raro!

– ¿Qué cosa?

– ¡Que te llamó a vos y no me llamó a mí!

Emilio tenía razón. Pero él nunca tuvo la paciencia para sentarse a entender a Rosario. Tal vez porque la tuvo se acostumbró a lo inmediato, pero yo en cambio tenía que imaginarla, estudié cada paso para tenerla cerca, la observé con cuidado para no cometer alguna imprudencia, aprendí que había que ganársela de a poquito, y después de tanto examen silencioso logré entenderla, acercarme a ella como nadie lo había hecho, tenerla a mi manera, pero también entendí que Rosario había partido su entrega en dos: a mí me había tocado su alma y a Emilio su cuerpo. Lo que todavía no he podido saber es a cuál de los dos le fue mejor.

Un mes después de la llamada, apareció Rosario. Estaba gorda. No era la misma que dejé en las lomas. Había algo en su gesto que asustaba, que me hacía presentir los malos vientos que soplaban. Me citó en un mall que quedaba cerca de su apartamento, en la sección de comidas. La encontré engulléndose unas papas fritas y una malteada, tenía gafas oscuras y vestía una sudadera. Me impactó, estaba más acelerada que nunca.

– ¿Qué es lo que pasa, Rosario? -dije después del saludo.

– ¿Querés papitas?

– Quiero que me contés qué es lo que te está pasando.

– Comprame otra malteada, parcero. No traje más plata.

No era fácil sacarle las cosas, a menos que uno le diera cinco aguardientes. Pero yo no me sentía con la paciencia suficiente para esperar a que ella se decidiera a contarme.

– Emilio te va a matar -le dije-. Ahora sí está furioso, no te quiere ni ver.

– ¡Pues que se vaya para la mierda! -explotó-. ¡Yo tampoco quiero verlo!

– No se trata de eso, Rosario, es que estábamos preocupados, te perdés así, de la noche a la mañana, y después aparecés así.

– ¿Cómo que «así»? -preguntó retándome.

– Te voy a ser sincero, Rosario, pero es que estás muy rara.

– ¿Qué tengo de raro? ¿Ah? Decime, ¿qué tengo de raro?

Si le hubiera contestado, quién sabe qué hubiera pasado. Mi comentario fue suficiente para que con su brazo barriera todo lo que había en la mesa, después se paró furiosa y desafió a todos los que miraron.