Pero también le partía el corazón. Odiaba tener que mentir a su familia, pero, si alguien descubría que el autor de los relatos de aventuras que se publicaban en todos los números de la revista para hombres más famosa de Inglaterra era una mujer, perdería su única fuente de ingresos. Un escalofrío le recorrió el espinazo de sólo pensarlo. Los chicos se verían obligados a buscarse un empleo y a dejar los estudios. Vio a Pamela como institutriz o niñera, echando a perder su juventud y su oportunidad de formar una familia. ¿Y qué sería de Callie y tía Olivia? Sin mencionar a Winston, Grimsley y Pierre. La situación financiera de la familia dependía enteramente de ella y, si tenía que mentir para sacar adelante a su familia, pues mentiría.
La única persona que sabía quién era H. Tripp era su editor, el señor Timothy, y él le había pedido encarecidamente que lo guardara en secreto. En opinión del señor Timothy, un secreto deja de serlo cuando lo conocen más de dos personas. Aquellos relatos le reportaban unos suculentos beneficios y él era demasiado avaricioso para renunciar a ellos y demasiado listo para arriesgarse a perderlos.
Por descontado, si el señor Timothy hubiera sabido desde el principio que H. Tripp era una mujer, nunca le habría comprado el primer relato. Cuando descubrió el engaño, su escuálido rostro se puso lívido. El único motivo por el que la siguió contratando era que la tirada de la revista había aumentado con cada nuevo relato. Ambos eran conscientes de los riesgos que entrañaría, tanto para la empresa del señor Timothy como para la seguridad financiera de la familia Albright, que alguien averiguara la verdad. Y Hayley estaba decidida a no poner en peligro su única fuente de ingresos.
Se sentó cómodamente en la silla y se puso manos a la obra. Estuvo las dos horas siguientes escribiendo sin parar, inmersa en aquel mundo trepidante que ella misma había creado. Cuando hubo acabado la próxima entrega, guardó los papeles en el cajón, lo cerró con llave y apagó la vela de un soplo. Se levantó y arqueó su dolorida espalda, luego se dirigió a las puertaventanas que daban al patio y miró el oscuro cielo nocturno.
La luna llena proyectaba un suave resplandor sobre los jardines, y Hayley sintió la imperiosa necesidad de salir afuera unos minutos. Estaba agotada y le dolían los ojos, pero, puesto que su mente seguía activa, inmersa en el relato que acababa de escribir, sabía que le costaría bastante conciliar el sueño.
Abrió las puertaventanas y salió al exterior. La dulce fragancia de las rosas embargó sus sentidos. Incapaz de resistirse a la llamada de aquella embriagadora fragancia, tomó uno de los senderos de piedra.
Respirando profundamente, dejó que el fresco aire de la noche la llenara de una agradable sensación de paz. Hayley amaba aquel jardín. Lo había plantado su madre hacía años, y las dos habían pasado muchas horas juntas cuidando amorosamente las flores. Aunque siempre se sentía más cerca de su madre cuando estaba en él, también sentía más hondamente su ausencia cuando paseaba entre las flores y arbustos que ella tanto había amado.
Estuvo un rato paseando por el jardín y se olvidó de la fatiga mientras disfrutaba de la paz de la noche. A Hayley le encantaba pasear por allí mientras el resto de la familia dormía. Sus días eran siempre tan febriles y estaban tan llenos de actividad y de niños, con sus necesidades y sus clases, que le gustaba saborear aquellos momentos de soledad.
Cuando llegó a su banco de piedra favorito, se sentó de cara a la casa. Se le escapó un suspiro. El tejado necesitaba urgentemente una reparación. Mantener una casa del tamaño de la de los Albright resultaba caro, algo de lo que no había tardado en percatarse tras la muerte de su padre. Incluso manteniendo muchas de las habitaciones cerradas, el mero hecho de reparar las averías y mantener la casa en un estado razonablemente aceptable requería una suma considerable.
Hayley estimó que el pago que había recibido del señor Timothy en su viaje a Londres hacía una semana debería bastar para mantener a la familia durante los próximos meses. Hasta podría reservar un poco de dinero para comprarle algún vestido nuevo a Pamela.
Quería estar segura de que Pamela tenía las máximas oportunidades de atraer a un joven adecuado para no convertirse en una solterona como ella. Una joven tan encantadora como su hermana se merecía tener hijos y formar su propia familia.
Y, a menos que le fallara la intuición, Marshall Wentbridge, el médico del pueblo, estaba loquito por Pamela. Para su regocijo, Hayley se había percatado de que siempre que su hermana se acercaba a menos de seis metros de Marshall, al joven se le ponían las orejas rojas y la cara colorada como un tomate y que empezaba a tartamudear y balbucear.
A pesar de su timidez, Marshall era un buen hombre. «Es amable, considerado y también bastante atractivo.» Hayley tenía la esperanza de que no tardara mucho en formalizar su relación con Pamela.
Dejando escapar otro suspiro, Hayley pensó en que Marshall Wentbridge no era el único hombre atractivo que había en Halstead en aquel momento.
También estaba el señor Stephen Barrettson.
Por atractivo que fuera Marshall, parecía un sapo al lado del señor Barrettson. Intentó alejar sus pensamientos de su apuesto invitado, pero fracasó estrepitosamente.
No había visto un hombre tan imponente como aquél en toda su vida. Parecía perfecto en todos los sentidos. Alto, apuesto, inteligente. Todas aquellas cosas eran puntos a su favor, tenía que reconocerlo, pero había algo más que le hacía sentirse atraída por él.
Estaba solo.
Y, en cierto sentido, era vulnerable.
No estaba segura de cómo lo sabía, pero lo sabía. Tal vez eran las sombras que acechaban tras sus ojos y oscurecían su mirada lo que apuntaba a un alma atormentada. Hayley sentía que la vida del señor Barrettson no era particularmente feliz. Aquel hombre no tenía familia, un hecho que a ella la llenaba de compasión. Hayley no se podía imaginar un destino más triste que no estar rodeado de personas que te quieren. Stephen era reservado y se guardaba sus sentimientos y pensamientos para sí mismo. Ella no había podido evitar percatarse de la sorpresa que se reflejaba en sus ojos cuando pasaba un rato con la familia Albright. Después de todo, él era un tutor y seguro que estaba acostumbrado a ambientes académicos, serios y silenciosos. El bullicio que había en aquella casa debía de chocarle bastante.
Y luego estaba la cuestión del efecto que él provocaba sobre sus sentidos. Cada vez que lo miraba, se le cortaba la respiración y se le aceleraba el pulso. Ningún hombre le había provocado aquel efecto, y era sumamente turbador. Stephen Barrettson estaba extremadamente atractivo con barba, pero limpio y afeitado, era irresistible. Hayley evocó el momento en que se inclinó sobre él mientras le afeitaba, sus rostros separados sólo por unos pocos centímetros. Si ella se hubiera movido un poco, sus labios se habrían rozado.
– ¿Señorita Albright, qué hace aquí fuera a estas horas de la noche?
Aquella voz profunda sacó súbitamente a Hayley de sus pensamientos. Apretándose la palma de la mano contra el pecho como si así pudiera calmar su acelerado corazón, se puso de pie de un salto. El mismo objeto de sus turbadores pensamientos estaba de pie delante de ella.
– ¡Santo Dios! ¡Señor Barrettson! Me ha asustado.
Sus repentinas ganas de huir la sorprendieron. Normalmente Hayley se consideraba una persona bastante poco asustadiza, pero aquel hombre era capaz de alterar su calma habitual.
Él avanzó hacia ella.
– Discúlpeme. Sólo me preguntaba por qué estaba usted aquí fuera en plena noche.
Hayley pidió a Dios que el intenso rubor de sus mejillas no se percibiera a la luz de la luna.
– Suelo salir a pasear por el jardín cuando todo el mundo está durmiendo. Disfruto del silencio tras el ajetreo del día. Pero… ¿y qué me dice de usted? ¿Qué le ha traído hasta aquí? Usted sí que debería estar descansando.