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– La tendré mañana a las tres -dijo-. Si es más temprano, te llamaré.

Yo sonreí y le dirigí un saludo burlón. Estaba a punto de irme cuando me preguntó:

– ¿Qué tal los niños?

– Bien. Estupendo. Jesus y su chica han tenido una niña.

– ¿Se van a casar?

– Ya veremos.

– ¿Y Bonnie?

– Ya veremos -dije de nuevo.

Me dirigí hacia la puerta antes de que ella pudiese cuestionarse mis respuestas.

El perrito amarillo debía de estar en el patio de atrás persiguiendo ardillas, porque no ladró cuando entré en el porche. Frenchie conocía el sonido de mi coche. Bonnie me había dicho que ella sabía que llegaba desde una manzana de distancia sólo por sus ladridos furiosos.

Pero aquel día había hecho todo el camino hasta la puerta delantera sin ser detectado. La puerta estaba abierta, de modo que sólo la mosquitera me separaba de los sonidos de la casa. Oía a Essie que gritaba a unas habitaciones de distancia y a Feather hablando en francés. El tiempo que había pasado en la clínica de Suiza y luego con Bonnie y Jesus habían conseguido que Feather conversase con facilidad en esa lengua. Pero la única persona con la que hablaba francés por teléfono era Bonnie. Ahora que mi hija se estaba convirtiendo en mujer, hablaban como si fueran dos amigas.

Fui a agarrar el picaporte y me detuve. Feather se reía en voz alta y decía algo que era tanto una pregunta como una exclamación. Yo hablo algo de francés, sobre todo criollo, por mi niñez en Louisiana, pero el velocísimo parisino que Bonnie le había enseñado a Feather era demasiado para mí.

Abrí la mosquitera, pero no entré todavía.

– Está aquí -dijo Feather en una voz que intentó amortiguar-. Tengo que dejarte.

Colgó cuando yo entraba.

– ¡Papá! -gritó, y corrió a abrazarme.

Yo la apreté mucho más fuerte de lo normal. Tenía que agarrarme a alguien que me quisiera.

– Hola, cariño.

Feather se retiró un poco y me miró a los ojos. Sabía que la había oído. Quería ayudarme a sentirme mejor.

– Vale -dije yo-. No te preocupes.

– Hola, papá -me saludó Jesus.

Estaba de pie ante la puerta de la cocina con un delantal marrón y unos guantes de goma amarillos.

– Hola, chico.

– Hola, señor Rawlins -dijo entonces Amanecer de Pascua. Estaba de pie junto a Jesus, con harina en las manos y en las mejillas.

– Estáis cocinando, ¿eh? -dije.

– Sí, estamos haciendo bizcocho de mantequilla -dijo la muñequita-. Juice está lavando los platos y ayudando.

– ¿Queréis que os ayude a preparar la cena? -le pregunté.

Los negros ojos de la niña brillaron mucho y su boca se abrió en un círculo perfecto. El ámbito doméstico era su bastión de poder, en casa de su padre. Él no tomaba nunca una decisión sin consultarla. Y Pascua casi siempre tenía la última palabra.

Yo tenía unos rabos de buey en la nevera. Los rebozamos con harina, los rehogamos en manteca con pimientos verdes, cebolla cortada a trocitos y ajo picado. Mientras hervían a fuego lento sacamos el bizcocho de mantequilla, pusimos arroz a hervir y preparamos unas cuantas coles de Bruselas, que salteamos con mantequilla y luego aderezamos con salsa de soja.

Mientras cocinábamos, la niña y yo hablábamos de nuestras aventuras. Feather había pasado otra vez todo el día en casa cuidándola. Habían ido al museo y a comer unas hamburguesas en Big Boy. Por la tarde, habían leído el libro de historia de Feather y preparado sus lecciones para el colegio. Me di cuenta de que tenía que llevar a Pascua al colegio, o si no la educación de Feather empezaría a sufrir.

Intenté no pensar cómo se habría ocupado Bonnie de todo aquello, como cuando estaba conmigo. Bonnie hacía que mi hogar funcionase con toda suavidad, incluso cuando estaba de viaje o en vuelos internacionales para Air France. Contrataba a gente, tenía amigos que realizaban tareas que me facilitaban la vida. ¿Cómo pude echarlo a perder?

– ¿Ha encontrado a mi padre? -preguntó Pascua, y me vi atraído de nuevo hacia el mundo.

– Quizá. ¿Cuánto tiempo hace que vivís en aquella casa que está enfrente del neumático grande?

– No lo sé… Una semana quizá.

– Hum. He encontrado a unas personas que a lo mejor sepan dónde está -dije-. Se supone que me llamarán mañana por la mañana y me dirán lo que sepan.

– ¿Con quién ha hablado? -me preguntó ella.

– Un hombre llamado capitán Miles. Un hombre negro del ejército. ¿Lo habías visto alguna vez?

Pascua estaba de pie en una silla a mi lado, junto al fogón. Su trabajo consistía en meter las verduras en el aceite caliente, y luego yo las iba removiendo.

Se quedó pensativa un momento y luego meneó negativamente la cabeza.

– No. No vino ningún capitán Miles a nuestra casa nunca. Mientras yo estaba despierta, no.

– ¿Iba gente a casa por la noche mientras tú dormías? -le pregunté.

– A veces.

– ¿Y no viste a alguno de ellos? Quiero decir que quizá te despertaste y miraste al piso de abajo.

– No -dijo ella, muy seria-. Eso sería espiar, y espiar es malo. Pero…

– ¿Sí?

– Una vez la señora del pelo rubio vino por la noche pero seguía todavía allí por la mañana.

– ¿Y qué le pasaba?

– Estaba muy triste. -Pascua asintió como para reafirmar lo que me estaba diciendo.

– ¿Por qué?

– Su marido tenía problemas. Sus amigos estaban muy enfadados con él, y también estaban enfadados con ella.

– ¿Dijo algo más de aquellos hombres?

– No. ¿Le podemos poner fresas al bizcocho de mantequilla?

– Mandaré a Jesus a la tienda para que compre.

Nuestra conversación iba y venía entre la cocina y la gente a la que conocía su padre. No había demasiadas cosas que me resultaran útiles, pero cuando Pascua estaba preparando el arroz, recordé el jaboncillo envuelto en papel.

– ¡El señor Pescadito! -gritó, desenvolviendo el jaboncillo-. Pensaba que te había perdido.

– Lo encontré en la casa frente al neumático grande.

– ¿Y estaba allí mi papá? -preguntó Amanecer de Pascua.

– No. No estaba. Pero me pregunto… ¿vinisteis a Los Ángeles en el jeep de tu padre?

– No. La señora tenía un coche verde y papá lo condujo.

– ¿Y ella le dejó que se lo quedara?

– No. Un amigo suyo le prestó un coche azul, pero luego fue a comprarle una camioneta roja con una caravana a un hombre muy gracioso.

– ¿Qué hombre gracioso?

– Ése de la tele que siempre tiene animales del zoo y chicas muy guapas a su alrededor.

11

Coches Usados Marvel era una institución en Compton. Todos los coches de aquel negocio eran tan buenos como si fueran nuevos; al menos, eso es lo que decían los anuncios nocturnos de televisión. El dueño era un rotundo texano blanco que se rodeaba de lindas muchachitas blancas con traje de baño sonriendo a las cámaras. A menudo tenía leones enjaulados y elefantes domesticados en la tienda. Marvel era un timador que sabía que la mayoría de la gente quiere que la engañen.

Unos años antes yo había comprado un coche a uno de los vendedores de Mel, Charles Mung. Era un Falcon color azul cielo. Mi Ford estuvo en el taller un par de semanas y se me ocurrió llevar el coche usado mientras me arreglaban el mío. Luego pensé en dárselo a Jesus. El problema es que el neumático trasero se rompió camino a casa desde Compton. Se salió del eje y se fue rodando por la calle. Contraté una grúa y llevé el coche de vuelta al local. Charles Mung era un chico blanco, alto y con pecas y los ojos de un azul impoluto.

– El neumático derecho se ha roto -le dije, bajo el sol ardiente, en el solar de 20.000 metros cuadrados. Sólo hacía tres horas y tenía una garantía de treinta días.