Выбрать главу

– Lo siento -dijo-. Nadie puede subir si no tiene reserva.

Era un hombrecillo menudo, con los ojos de color indefinido y unos huesos que habrían servido perfectamente para un colibrí.

– Estamos en 1967 -le recordé. El guardia no comprendió lo que yo quería decir, su expresión perpleja me lo dijo-. Lo que quiero decir -expliqué-, es que hoy en día, en estos momentos, hasta los negros pueden tener reserva en los sitios bonitos. No puede mirar usted a un hombre y decir por el color de su piel si tiene derecho o no a estar en un sitio determinado.

Mi tono era ligero, cosa que hacía más amenazadoras aún mis palabras.

– Hum -dijo el otro, con una voz que oscilaba entre el contralto vacilante y el tenor dubitativo-. Quiero decir que el restaurante está cerrado.

– Quiere decir que el restaurante no está abierto para los clientes, pero cerrado no está. Tengo una cita con Hans Green dentro de siete minutos. Y eso significa que los empleados del restaurante sí que están trabajando.

Sonreí con esa sonrisita torcida que resumía todos los rechazos, expulsiones y exclusiones que había experimentado en mi vida. La mayor parte de mis días transcurría así. Quizás un quince o veinte por ciento de los blancos con los que me encontraba intentaban joderme. No era la mayoría de la gente… pero lo parecía.

Apreté el botón del ascensor mientras el guardia se quedaba allí detrás de mí intentando comprender mi razonamiento. Sonó el timbre y las puertas se abrieron. Entré y el guardia entró también conmigo.

Yo no le dije una sola palabra y él tampoco me habló a mí. Subimos los veintitrés pisos en silencio, perdiendo energías en una disputa que tendría que haber acabado cientos de años antes.

Cuando se abrieron las puertas, el guardia pasó a mi lado y se dirigió en línea recta hacia el atril donde una joven tomaba notas en un libro grande, el de las reservas. Era blanca, con el pelo rubio y largo y cara de caballo. Sus altos tacones la hacían más alta que el guardia; su vestido azul verdoso la ponía en una clase totalmente distinta a la de él.

El guardia habló rápidamente y yo me acerqué a ellos con calma. Cuando llegué a su lado, ella decía:

– Iré a hablar con el señor Green.

El guardia hizo una mueca y de nuevo me pregunté cuántos minutos, horas y días había pasado ya en mi vida en encuentros inútiles como aquél.

Quería decirle al hombrecillo: «Escucha, hermano, nosotros no somos enemigos. Simplemente, quiero subir en el ascensor como todo el mundo. No tienes que preocuparte por mí. Los hombres que poseen este edificio son los que te convierten en pobre, ignorante y furioso».

Pero no le dije nada. No me habría escuchado. Yo no podía liberar a ninguno de nosotros de nuestros lazos de odio.

La joven volvió con otro blanco tras ella. Aquel hombre era alto, feo e iba impecablemente vestido con un traje de un verde oscuro. Me echó una mirada y luego se volvió al guardia.

– ¿Sí?

– Este hombre dice que tiene una cita con usted, señor Green.

– ¿Cómo se llama? -preguntó Green al guardia.

– Michaels, señor. Pero este tipo…

– Señor Michaels, ¿cuántas veces al día recibo a personas que tienen citas conmigo?

– No sé… unas cuantas.

– ¿Y cuántas veces sube usted en el ascensor con ellos, humillando a esas personas?

– Yo…

– Si un hombre, una mujer o un niño le dice que tiene una cita conmigo, le agradeceré que les permita subir aquí y se ocupe de sus asuntos.

– Pero yo pensaba…

– No -dijo Green, interrumpiendo la excusa-, usted no pensaba. Usted ha visto a este hombre, que es negro, y ha decidido que jugaría al héroe protector de un restaurante en el cual usted no se puede permitir comer, de una persona de la que no sabe absolutamente nada.

Me sentí mal por Michaels, en realidad. Green no dijo ni una palabra más. Michaels comprendió que no debía discutir. La mujer caballuna miró a su jefe con ojos inquisitivos. Los tres nos quedamos allí más rato del que habríamos debido. No sabía nada de ellos, pero sentí que de alguna manera había perdido mi camino en la vida acabando allí, en aquel piso alto, envuelto en un conflicto que no tenía sentido.

Michaels finalmente captó el mensaje y se retiró hacia el ascensor.

– Señor Rawlins -dijo Hans Green-. Me alegro de verle.

Nos estrechamos las manos mientras la joven miraba, intentando comprender lo que estaba ocurriendo.

– Venga a mi oficina -dijo Green.

Mientras le seguía, sonreí y asentí a la azafata.

Ella no podía saber que dieciocho meses antes Hans Green fue acusado de malversar dinero del último restaurante en el que trabajaba, Canelli. Melvin Suggs, un detective de la policía de Los Angeles, era amigo suyo y le pasó mi tarjeta. Yo me puse a trabajar como lavaplatos en el restaurante y descubrí que el chef y la esposa de Green estaban amañando los libros y aprovechaban para darse unos revolcones a expensas de Hans.

La ventana grande de la oficina del gerente del restaurante daba al centro de la ciudad y al Pacífico. Se estaba bien allí sentado. Lo único que me habría gustado más habría sido tener a Bonnie de nuevo en mis brazos.

Las orejas y la nariz de Green eran demasiado grandes para su cara, y en sus mejillas sobresalían venas rojas y azules. Los dientes eran demasiado pequeños, y los labios delgados tenían un aspecto suelto y fláccido. Era la caricatura de un hombre.

– ¿Qué puedo hacer por usted, Easy? -me preguntó, cuando ambos nos hubimos sentado y yo hube rechazado una copa.

– Voy a venir esta noche con una mujer muy especial. Me gustaría tener un buen sitio y un servicio perfecto.

– ¿A qué hora?

– A las ocho.

– Hecho. Por cuenta de la casa.

– Puedo pagarlo.

– Si lo sucedido con Michaels sirve de indicación, ya paga usted cada día de su vida.

13

Cuando llegué a casa había tramado y desechado seis formas distintas de abordar a Bonnie y convencerla de que volviera conmigo. Lo consideré todo, desde disculparme hasta comprarle una casa en Baldwin Hills, donde podríamos empezar de nuevo. Incluso coqueteé con la idea de matar a Joguye Cham… y entonces comprendí que estaba verdadera y locamente enamorado.

Frenchie esperaba al otro lado de la puerta aquella vez, gruñendo y enseñando los dientes. Se me echó encima cuando crucé el umbral y entré en mi propia casa.

– Hola, papi -dijo Feather, saliendo de su habitación. Amanecer de Pascua salió tras ella vestida con un quimono rosa y con un bolsito de ganchillo muy adornado que parecía una especie de maletín con una tira para el hombro de seda roja.

– Hola -dije a las niñas, con un toque de melancolía justo bajo la superficie del saludo.

Feather me miró un momento y luego se volvió hacia la niñita.

– Pascua, ve a mi habitación y coloca todas las muñecas como has hecho antes para que las vea papá.

Los ojos de la niña brillaron.

– Vale -dijo, muy emocionada, y corrió hacia la parte de atrás de la casa, con el maletín con su tira para el hombro golpeando su costado.

Era la primera vez que veía a Feather manipular una situación con una tercera persona para conseguir algo. Me miró muy fijamente a la cara y se acercó a mí, poniendo sus manos a ambos lados de mi cara.

Ese gesto me puso muy incómodo. No era propio del tipo de relación de padre e hija que había tenido con Feather durante doce años. Ella era casi una mujer, y yo era casi un hombre.

– Tenemos que hablar -me dijo.

Yo quería recuperar la niña que había en ella, hacerle una broma, hacerle cosquillas. Quería apartar aquella mirada tan seria, pero no podía.

Me senté en el confidente en la pequeña habitación que dividía el salón de la cocina y ella se sentó junto a mí.