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– Juice y yo vamos a ir a la boda de Bonnie -dijo.

– Eso me han dicho.

– Tenemos que hacerlo -continuó Feather-. Bonnie es nuestra madre, tanto como tú eres nuestro padre.

«¿Os encontró ella a los dos en la calle, como yo? ¿Os habría llevado a vivir con ella sin un padre que la ayudara? ¿Habría arriesgado su vida para salvarte?» Pensé todas esas cosas, pero no las dije. Bonnie era una mujer maravillosa, de fuerte personalidad. Ella podía haber hecho mucho más de lo que yo imaginaba. En principio, el asunto con Joguye fue para asegurar a Feather el tratamiento médico que le salvó la vida.

– Sé que la quieres -dije-. Y nunca me metería con eso.

– Y tú también deberías venir -dijo Feather-. Ella necesita que tú le digas que todo va bien.

No creo que la experiencia de perder a mi madre a la tierna edad de siete años me doliera más que la petición de Feather. La miré con la cara inexpresiva, con la mente absolutamente vacía.

– Ella tiene que seguir adelante, papá. No puede esperar eternamente a un hombre que no alberga el perdón en su corazón.

Me habían llamado «negrata» muchísimas veces en mi vida, y siempre había sido una experiencia dolorosa, enfurecedora. Pero nada comparable con las sencillas verdades que me estaba diciendo Feather. Quería que se callara. Quería levantarme e irme a mi dormitorio, sacar mi 45 y ponerme a disparar, sin más: al espejo, las paredes, al suelo bajo mis pies.

– Ella esperaba que tú la llamaras -continuó Feather-. Me dijo que te amaba más que a ningún otro hombre que hubiese conocido. Sabía que lo que había ocurrido entre ella y el tío Joguye estaba mal, pero se quedó muy confusa cuando vio que él conseguía que esos doctores me trataran. Quería volver a casa, papá, pero tú no le dejaste.

Quizá existiese un Dios. No una deidad gigantesca y todopoderosa, sino simplemente el recipiente de todo conocimiento, y por tanto, buen juez de la verdad. En aquel momento habitaba en una persona y le hacía pronunciar las palabras que habían quedado calladas, sin decir. En aquel momento Feather era la expresión de ese Dios. Él la usaba para condenarme por mis malas acciones.

– No podéis esperar que elijamos entre vosotros -decía Feather-. No podemos evitar lo que ha pasado.

Yo quería decirle que comprendía lo que me estaba diciendo, y que era cierto. Abrí la boca y salió un sonido, pero no eran palabras. Fue como un maullido bajito; algo que nunca había surgido de mi interior, ni de nadie que yo conociera.

Cuando Feather oyó ese grito ahogado su rostro reflejó una gran sorpresa. Volvía a ser mi hija. Veía en su alarma todas las cosas que estaba sintiendo.

Feather se había enfadado muchísimo conmigo por hacer que Bonnie abandonara nuestra casa. Ella se identificaba con el corazón roto de Bonnie, y su necesidad de amor en la vida. Ahora se sentía culpable por ir a la boda, y mucho más furiosa aún porque yo me sentía traicionado por el hecho de que ella fuera.

Yo era su padre. Nunca sentía dolor ni debilidad. Nunca estaba cansado, nunca tenía el corazón roto. Yo era invulnerable, y por tanto podía oír su ira sin peligro de sentirme herido. Pero en el momento en que emití aquel sonido, Feather comprendió la pena que llevaba tiempo enconándose en mi interior, el dolor que jamás había compartido con ella.

Me rodeó con sus brazos y me dijo:

– Lo siento mucho, papá. Lo siento muchísimo.

– No pasa nada, cariño -dije, con palabras ahogadas y recortadas-. Yo sé que nos quieres a los dos. Sé que yo me equivoqué. Tú haz lo que creas que debes hacer, y yo te querré siempre, hagas lo que hagas.

– Señor Rawlins -dijo Amanecer de Pascua, que venía corriendo desde la habitación de Feather-. Ya tengo todas mis muñecas preparadas para que las vea.

Me costó casi una hora vestirme. Cerré la puerta y me senté en la cama intentando con todas mis fuerzas volver a la normalidad. Las palabras de Feather me habían herido tan profundamente que no podía ni pensar en un lugar que no estuviese lleno de dolor.

Decidir qué calcetines ponerme me costó cinco minutos; ponérmelos, diez.

Feather y Pascua se despidieron de mí con un beso en la puerta. Mi hija me miró, sintiendo por primera vez lo que era estar dentro de mi mente. Era una maldición que no le habría deseado ni a mi peor enemigo.

14

De camino hacia el Brentan intenté imaginarme a mí mismo en la boda de Bonnie. Me entretuve pensando en el tipo y color de traje que debía llevar. Sabía que no sería capaz de asistir, pero quería «imaginar» que estaba allí en la ceremonia, viendo cómo se besaban después de entregarse el uno al otro para siempre. Si podía verlo mentalmente, quizá pudiera soportarlo en la realidad.

Aparqué en la calle y salí de mi coche. Eran las 19.48 según el reloj Grumbacher de oro y cobre que llevaba en la muñeca.

Pasaba por allí un coche de policía. Los policías aminoraron la marcha y me miraron desde la ventanilla. Yo, oscuro como la noche que se aproximaba, alto, lo bastante apto físicamente para aguantar unos asaltos con un peso ligero, vestido con un traje gris oscuro que me quedaba tan bien al menos como la lengua inglesa.

El coche fue aminorando hasta los cinco kilómetros por hora y las caras pálidas se preguntaron si debían arrestarme o no.

Yo me quedé muy tieso y les devolví la mirada.

Ellos dudaron, intercambiaron unas palabras y luego aceleraron. Quizás estuviesen cerca del final del turno, o quizá se hubiesen dado cuenta de que yo era ciudadano de Estados Unidos de América. Probablemente les comunicaron algún delito real por la radio y no disponían de tiempo para ponerme bajo su control.

En el vestíbulo del primer piso otro guardia, éste alto y desgarbado, se acercó a mí.

– ¿Qué se le ofrece, señor? -me preguntó.

Buenos modales antes de los insultos. Alabado sea.

– Voy al vigesimotercer piso a comer algo -repliqué.

– ¿Tiene usted reserva?

– ¿Es católico el papa?

– ¿Cómo?

Pasé a su lado y me dirigí hacia el ascensor. Apreté el botón, sin saber si deseaba que el guardia se echara sobre mí para poder romperle la mandíbula o que me dejaran en paz.

Llegó el ascensor y se abrieron las puertas. El guardia no se acercó.

Otra mujer blanca con un precioso vestido adornaba el atril. El vestido era color escarlata, y su rostro poseía la belleza de la juventud. Tenía unos ojos grandes y verdes, y una nariz que sobresalía como un botón diminuto en un mundo lleno de risas.

Cuando la mujer-niña me vio, el potencial de risas disminuyó un poco.

– ¿Sí? -me preguntó, dedicándome una sonrisa muy insincera.

– Rawlins, cena para dos a las ocho -dije.

Sin mirar el libro que tenía delante, ella preguntó:

– ¿Tiene usted reserva?

– ¿Usted qué cree?

La jovencita miró al libro y buscó con el dedo.

– Perdóneme un momento -dijo, muy educada.

Mientras se alejaba yo encendí un cigarrillo. Jackson Blue me había dicho una vez que el humo del cigarrillo constriñe las venas y eleva la presión sanguínea hasta un nivel peligroso, pero yo me sentía perfectamente calmado. El humo también se llevó el filo aguzado que había ido afilando de camino hacia el restaurante.

Una pareja blanca apareció detrás de mí.

– Perdone -dijo el hombre blanco y alto. Llevaba esmoquin y un pañuelo de cachemir blanco en torno al cuello. Era de mi edad. Ella tenía veinte años menos, platino de los pies a la cabeza.

– Hay cola, señor -dije, no queriendo apaciguar a un mundo que parecía lleno de adversarios.

Hans Green apareció un minuto o dos después de aquello. Iba acompañado por la joven belleza vestida de escarlata. El hombre con el esmoquin pasó por delante de mí y dijo:

– Estamos aquí por nuestra reserva…