Leafa me había dicho que su padre era un superviviente, que sería capaz de permanecer a salvo entre hombres empeñados en su destrucción.
Yo sabía otras cosas, y la mayoría de los niños también. A los adultos les gusta pensar que conocen mejor el mundo porque los niños no tienen palabras para expresar sus visiones y porque carecen de miedo. Pero yo sé que los jóvenes siempre ven el mundo con mucha mayor claridad y cercanía que yo. Que huelen las cosas, que ven las variaciones más diminutas. Piensan sin extraer conclusiones por anticipado, y escuchan con el corazón.
Pericles Tarr no estaba en deuda con el Ratón; no de la forma habitual. Raymond hacía amigos de vez en cuando, los frecuentaba, tramaba planes clandestinos con ellos. El Ratón era un criminal, un maestro del crimen. También era miembro activo de una comunidad de marginados. Fuera el que fuese el asunto que había hecho desaparecer a Tarr, seguro que tenía algo que ver con los negocios del Ratón. Yo no dudaba de que Perry estuviese muerto, pero no porque el Ratón le hubiese prestado dinero.
¿Y dónde estaba Raymond? No era de esas personas que matan a un hombre y salen huyendo. El Ratón corría detrás de las cosas, no huyendo de ellas.
El esfuerzo de pensamiento que estaba haciendo me dejaba exhausto. Ya casi me dormía cuando recordé el recibo de compra que Tourmaline había robado para mí. ¿Por qué habría hecho aquello? ¿Porque era una estudiante universitaria pobre que necesitaba dinero para libros? Pero me lo había entregado y había rechazado el dinero…
A medida que me hacía viejo, mi profesión empezaba a ocupar un lugar primordial en mi vida. Quería saber por qué pasaban las cosas, pero no como cuando era joven. En las primeras etapas de mi vida quería dinero y mujeres, éxito y respeto, no por lo que yo hiciera, sino por ser quien era. Ahora me interesaba Tourmaline porque no podía comprender del todo sus motivaciones; no sabía qué era lo que veía ella en mí, y eso era muy poco habitual.
Y además no importaba.
Amanecer de Pascua dormía en la habitación de Feather soñando con el hombre a quien llamaba padre. Un día, él le entregaría una pistola y le diría que había asesinado a sus padres, tíos, tías, primos, a todos sus amigos… pero hasta aquel día, el amor de la niña por él sería tan grande como el propio cielo.
Esos pensamientos me consolaban. Por la mañana volvería a buscar a Navidad. Quizá pudiera ayudarle. Quizás él me ayudase a buscar al Ratón, incluso.
Ray: el amigo más íntimo de toda mi vida antes de que apareciese en escena Bonnie.
Pensar en Bonnie era precisamente el giro que me garantizaba una noche más sin dormir. Una vez había hecho aparición Bonnie en mi mente, ya no había posibilidad de reposo. Ella era el libro que no podía dejar a un lado, los ahorros de una vida perdidos, la pregunta sin respuesta.
Y no era sólo ella. Yo tenía una hija de mi propia sangre por ahí, completamente perdida para mí, y unos padres que habían muerto antes de que cumpliera los ocho años.
Recordaba a una mujer, Celestine. Era una prima lejana de mi madre que me llevó a vivir con ella cuando me quedé huérfano. Su casa estaba tan limpia que yo tenía miedo de andar por el suelo, porque allá donde fuera, se desprendía de mi cuerpo un montón de polvo y tierra, migas y restos de todo tipo. La vida de Celestine estaba perfectamente ordenada, impoluta. Yo no pertenecía a su mundo, aunque ansiaba hacerlo.
A la edad de nueve años me escapé después de romper un tarro de mermelada de fresa que se hizo añicos en el suelo de su cocina, en sus baldosas perfectas. Yo no sabía limpiar aquel desastre, todo rojo y pegajoso, así que huí y no volví nunca.
Luego me hice mayor y fui a la guerra. Las manchas rojas se las llevaron las explosiones, las moscas y los perros que se comían a quienes antes fueron sus amos. Limpiar en Europa era matar. Eso sí que sabía hacerlo.
Llevaba en la cabeza una lista de todos y cada uno de los seres humanos a los que había matado. La lista era larga, demasiado larga. Y aunque nunca asesiné directamente a nadie, muchos inocentes murieron por mi mano: hombres blancos y negros, jóvenes y viejos. Una vez disparé a un tirador alemán que resultó ser un niño de nueve años encadenado a su puesto por su superior, un adolescente.
La larga y oscura mañana pasó así, como una interminable cadena de asociaciones entre cosas perdidas o delitos que yo había cometido. Justo antes de que el sol empezara a salir llegué a comprender que mi mente era un abismo muy profundo, una falla llena de culpabilidad. Antes de que la echara, Bonnie me reclamaba cuando empezaba aquella inevitable caída dentro de mí mismo.
Me di cuenta de otras cosas, pero no significaban nada. Era como un fumeta resolviendo los problemas del mundo con una pipa de hachís y demasiado tiempo entre manos.
Un rato después salió el sol y yo me levanté del abollado lecho de mi hijo. Me duché, me afeité y me puse el mismo traje color antracita con el que había salido.
Durante un momento intenté pensar qué tal habría sido el sexo con Tourmaline, pero no pude acostumbrar mi mente a esa idea.
Cogí el expediente con los nombres que me había dado Gara tras su investigación de las medallas y empecé a examinar los nombres y sus breves descripciones.
El primero que rechacé fue a Xian Lo. El hombre al que conocí no era asiático, y aunque era posible que un occidental tuviese un nombre asiático, la probabilidad era ínfima. Morton, Heatherton y Lamieux eran demasiado bajos para ser mi hombre.
Tampoco era Charles Maxwell Bob, porque era negro. Así lo indicaba en la parte inferior de su hoja. Rz. neg. Era la única indicación de raza en cualquiera de los expedientes. Eso no me sorprendió; no habría sorprendido a dos personas entre dos millones en la América de aquellos años. Sí que me fijé en lo tendencioso del asunto, pero ese era otro caso.
La mañana de trabajo había sido productiva. Acababa de reducir mis sospechosos de ocho a dos. Buenas probabilidades.
Mi hombre era Glen Thorn o Tomas Hight. A Tourmaline no le habría gustado el primero, pocas sílabas para ella.
Busqué en mis guías telefónicas del sur de California y encontré la dirección de ambos hombres. La vida no era buena, pero al menos las cosas seguían su curso.
17
Pocos minutos antes de las 18.30 estaba sentado en una silla de la cocina cuando el bebé se echó a llorar. Estaba pensando en cuál de los problemas que tenía debía abordar primero. Tenía la dirección más reciente de Navidad y dos soldados a los que podía investigar. Sabía que Pericles Tarr tenía una novia por ahí en algún sitio. Esos dos posibles caminos tenían un peso similar en mi mente.
Si hubiese tenido una pista del paradero del Ratón, ésa hubiese sido la dirección que habría tomado.
Echaba de menos a Ray, no porque pudiese ayudarme en aquel periodo violento, sino por su sentido del humor. Le gustaba reír y contar buenos chistes. Además, el Ratón no comprendía lo que era la culpabilidad o los corazones rotos… ese tipo de ignorancia que yo anhelaba, justamente.
– Hola, papá.
Jesus estaba de pie en la cocina con Essie en los brazos. Yo tendí las manos para cogerla, sin pensarlo. La niña se echó a llorar y luego hipó. Una vez se hubo acostumbrado a mi olor, empezó a practicar los pataleos y volver al cabeza de un lado a otro.
Jesus fue a hacer café. Hacía casi veinte años que aquel muchacho me preparaba café y me traía el don de la vida. Habían abusado de él brutalmente cuando era sólo un poco mayor que su propia hijita, pero de alguna manera, aquello no había conseguido malearlo. Me habría gustado pensar que era mi firme mano y mi amoroso hogar lo que había salvado al muchacho, pero en realidad fue él quien me salvó a mí la mayoría de las veces. Fue Jesus quien vació mis botellas de licor cuando me abandonó mi primera esposa. Era Jesus quien me preparaba el café y la comida más veces de las que puedo contar. Y ahora me había regalado una nieta. No podía haber allí un solo gen en común sin remontarnos a más de veinte mil años, pero aquel chico era de mi propia sangre.