Me tocó el antebrazo izquierdo con la yema de los dedos.
– Sí. Sí que podría.
– ¿El qué? -me preguntó, esbozando una sonrisa cómplice.
– Vaya a ponerse algo para que yo no pierda la cabeza y nos maten a los dos.
Esto trajo consigo una serie de cambios en aquella actriz. Primero su rostro se tensó, luego se puso en pie y asintió con la cabeza. Mientras se alejaba por la habitación me pregunté si comprendía algo en realidad de las mujeres… y de los hombres.
Fui hacia las estanterías y empecé a examinar los títulos de los libros, que eran eclécticos. Había un libro de texto de física junto a Moby Dick; libros en francés, inglés, chino y español; una guía para hacer punto. Después de ver los distintos títulos e idiomas pensé que los libros no eran más que una decoración del diseñador, un contrapeso para la carga erótica de la sala, pero luego me di cuenta de que estaban colocados por orden alfabético, por título.
Mientras me preguntaba por su biblioteca, Lynne Hua volvió. Ahora llevaba una falda de colegiala a cuadros verdes y blancos y una blusa blanca abrochada hasta la garganta. Incluso llevaba zapatos negros y calcetines tobilleras blancos.
Su sonrisa parecía hacer esfuerzos por reprimir algo de sorna. Se sentó y yo también me senté.
– Lo siento -me dijo-. No he trabajado desde hace un tiempo y Raymond se ha ido, no sé por cuánto tiempo. A veces bebo demasiado.
Ya tenía toda la información que necesitaba de ella, pero no podía salir sin más después de hacer que se vistiera.
– ¿No tiene trabajo? -le pregunté.
– Estaba esperando a empezar con uno.
– ¿Y cuál es?
La sorna semioculta fue desapareciendo.
– Una nueva serie de televisión llamada Mi padre es soltero, que se supone que saldrá en antena este otoño. Yo tengo un papel que aparece regularmente.
– ¿Y de qué trata?
– Usted sel homble muy estlaño, señol Lawlins. Yo chica chinita hablo lalo, palezco patito feo junto a blanco cisne. -Representó el papel para mí y yo sonreí con compasión.
– Oh.
– Pagan bien -dijo-. El papá soltero tiene un criado chino que le cuida a los niños. El criado, Ralph, tiene una novia que siempre le está chillando e insultando en chino. Es lo único que hace. Él le dice algo y ella le chilla. Salgo una vez cada tres semanas para hacer eso, y ellos me pagan el alquiler.
– Pero ¿por qué hablan de una mujer tan guapa como usted como si fuera una mujer fea? -pregunté.
– A usted le parezco fea… -dijo.
– Sabe que eso no es cierto. Me parece tan guapa que tengo que cruzar las piernas para mantener la decencia. Lo que pasa es que Ray es amigo mío, y como bien ha dicho, es un hombre muy serio.
La sonrisa que mostró ante la insinuación de la muerte era todo lo que yo necesitaba saber de Lynne Hua.
– Mamadas -dijo.
– ¿Cómo dice?
– Hago unas mamadas estupendas. Hay un tipo que hace cástings para anuncios y que actúa como si fuera agente mío porque sabe que si consigo un trabajo, él obtiene una recompensa.
Ella intentaba epatarme y lo consiguió. No es que me sorprendiera lo que podía hacer un hombre por conseguir que una mujer se arrodillara ante él, pero me sorprendió que ella lo admitiera tan despreocupadamente.
– ¿Le he escandalizado, señor Rawlins?
– No… En realidad, sí.
– ¿No cree que una mujer tenga que hacer esas cosas para salir adelante?
– Ah, no, sí, sí, claro que tienen que hacerlas. No es eso -dije-. Es el hecho de que me lo cuente.
– ¿Cree que debería contarle a Raymond lo que hago para conseguir trabajo?
– No. Sólo me preguntaba por qué me lo cuenta a mí.
– Tengo que explicárselo a alguien. -Su rostro aparecía completamente serio y con un aspecto honrado. Las palabras que decía, de eso estaba seguro, eran la pura verdad.
– Pero ¿por qué yo?
– Porque -dijo Lynne-, Raymond dice que usted es el hombre más fiable que ha conocido en su vida. Dice que a Easy se le puede contar cualquier cosa. Dice que es como tirar un arma homicida en la parte más profunda del océano.
El zumo de sandía con vodka era su receta para los momentos de soledad. Simplemente, coincidió que yo pasé por allí cuando ella estaba bajo el influjo de su medicina.
– Y por eso quería hacer el amor con usted -dijo.
– ¿Por qué?
– Pensaba que después podría contarle lo que hacía, que usted me perdonaría y que guardaría mi secreto. Pero ni siquiera he tenido que hacerlo, ¿verdad?
Tendí una mano hacia ella y ella me envolvió entre sus brazos. Nos quedamos un momento sujetos en aquel abrazo. Yo le besé la coronilla y le apreté el hombro. Cuando nos soltamos le pregunté:
– ¿Cómo haría para encontrar al Ratón si tuviera que hacerlo, Lynne?
– Mama Jo.
Por supuesto.
22
Después de dejar el barrio de Lynne tomé Olympic y bajé hacia Santa Monica. De camino intenté resolver las diferencias entre gente como la actriz china y Tomas Hight. Lynne vivía una vida emocionante, dividida entre gángsters negros y las fiestas elegantes de Hollywood. Era una mujer bien educada, me parecía a mí, y radiante como un día sin nubes en el desierto de Palm Springs. Tomas, por otra parte, no tenía demasiado… ni quizá comprendiera gran cosa. Lo único que tenía era un trabajo en la construcción y la habitación en la que vivía. La diferencia era que Tomas podía ser un día presidente de Estados Unidos y lo único que podía esperar Lynne era hacerle una mamada al presidente.
Esa realidad no tenía nada que ver con ser negro ni moreno ni de color, ni llevar en uno mismo la herencia de la esclavitud. Lynne procedía de una cultura que se remontaba a mucho antes de que los colonizadores americanos hubieran empezado siquiera a especular.
Mientras daba vueltas a esos extraños pensamientos yo iba conduciendo y pasando junto a las palmeras, árboles coral, eucaliptos… todo un jardín botánico con árboles de todas las especies. Y también era Los Angeles. Éramos un desierto con toda el agua que necesitábamos, un terreno de cultivo para las contradicciones de la naturaleza. Cualquier semilla, insecto, lagarto o mamífero que se encontraba en Los Angeles tenía que creer que había una oportunidad de medrar. Vivir en el sur de California era como despertarse en un libro infantil titulado Si puede ser, será.
Pero el desierto nos esperaba a todos nosotros. Un día, el agua dejaría de manar y entonces los amos de toda aquella tierra reclamarían sus dominios.
Aparqué en Lincoln Boulevard, una manzana al norte de Olympic. Fui andando una manzana al este y llegué a Ahorros Beachland. El edificio tenía la forma de un pedazo de pastel, con cobertura por encima, y estaba en una esquina. La parte delantera era un amplio arco de cristal que revelaba las idas y venidas de la gente que acudía a consultar sus cuentas de ahorros o las cuentas especiales de Navidad.
Entré feliz por el hecho de que no era probable que encontrase a un militar muerto en aquel edificio; contento por seguir adelante, sencillamente.
Todavía llevaba el traje gris antracita y seguía estando presentable, pero aquello era Santa Monica, y toda la industria de aquel banco la llevaba gente blanca. Si yo hubiera entrado allí en 1964 habría sido una anomalía, algo fuera de lugar, obviamente, teniendo en cuenta por igual los rostros de empleados y clientes. Pero en 1967, dos años después de los tumultos de Watts, ya no era una simple anormalidad sino una amenaza.
– Perdóneme, señor -me dijo un guardia uniformado, acercándose a mí.
– ¿Sí?
– ¿Qué se le ofrece?
Era más bajo que yo, con la cara roja y los ojos claros. Había una certidumbre sólida en su mirada. Su cuerpo me decía que yo no podía seguir avanzando hasta que respondiera a su pregunta, y por tanto pensé las diferentes rutas que podía emprender hasta mi objetivo. Al cabo de un momento respondí: