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Entonces le cogí la mano. Me pareció que era lo que debía hacer.

– Me alojé en un motel tres días -continuó ella-, hasta que pensé en Navidad. Me sabía su número de memoria porque le llamaba cada semana para saludarle y para ver qué tal le iba a Pascua. Ella es una niña muy especial. Entonces él vino y me sacó de allí. Al cabo de unos pocos días me instaló en un apartamento en Venice.

– Quiero creer todo esto -le dije-, pero no entiendo lo de Pascua. Ella le vio en el coche con Navidad, pero no la reconoció.

– Era un bebé cuando él se la llevó. No se acuerda de mí, y debido a las circunstancias de la muerte de sus padres decidimos no contarle demasiadas cosas. Ella no me recordaba antes de que fuera a su casa en Riverside.

– ¿Sabe quién ha intentado matarla? -le pregunté.

– No exactamente. Conocía a algunos de los hombres con los que estaba implicado Craig. Había un teniente de la Marina llamado Drake Bishop y un tipo al que llamaban Lodai. Y luego estaba aquel cabrón sonriente, Sammy Sansoam.

– ¿Un hombre negro? -le pregunté-. ¿De un metro cincuenta y cinco más o menos?

– Sí. Craig me dijo que habían ganado miles de dólares. Supongo que intentaron matarme porque soy la única que sabe algo de ellos. Mataron a Craig porque yo intenté que les dejara.

La culpabilidad que sentía era tan intensa que hasta yo la notaba. Durante un momento sus sentimientos anegaron mi corazón roto.

– Los asesinos son ellos, no usted -dije, cogiéndole ambas manos.

– Ya lo sé -dijo.

Ella me agarró los dedos con tanta fuerza que me hacía daño. Me sentí muy feliz de darle una salida!

– ¿Queréis algo más, chicos? -preguntó Rilla. Ninguno de los dos la había oído llegar.

– No -dije yo, dándome cuenta de que mi voz estaba empapada de emoción-. Eso es todo, Rilla. Gracias.

Rilla, mi antigua hermana cachorrilla, me miró con auténtica empatía. Dejó la nota de fino papel amarillo encima de la mesa de color rojo, diciendo:

– Pueden dejarlo aquí mismo.

Cuando se fue la camarera le pregunté a Faith:

– ¿Sabe cómo puedo ponerme en contacto con Navidad?

– No.

– ¿Puedo hacer algo por usted?

– Puede llevarme en coche a mi apartamento.

– ¿No va a volver a trabajar?

– Le he dicho al jefe que venía a reunirme con usted, y me ha dicho que tenía que volver a mi puesto, así que me he despedido. Lo habría hecho pronto, de todos modos. Es demasiado duro fingir que todo va bien.

Faith tenía un apartamento que daba a un patio, junto a la playa, en Venice. La acompañé hasta la entrada, bastante apartada. Ella se volvió hacia mí. Me pareció que la cosa más fácil del mundo en aquel momento habría sido abrir aquella puerta de par en par, llevarla a través del umbral y hacerle el amor hasta que se pusiera el sol y luego saliera de nuevo. Esos pensamientos parecían estar en la mente de ambos, allí de pie.

– ¿Navidad no le dio algo para los casos de emergencia? -le pregunté.

– Me dio un número para que le llamara -dijo ella, y lo recitó.

– Es mi teléfono -dije.

– Easy -dijo ella, levemente sorprendida-, la abreviatura de Ezekiel…

Maldita sea.

– ¿Me llamará? -preguntó.

– Sí.

– ¿Vendrá a visitarme?

– Claro que sí.

24

Fui conduciendo largo rato sin otra cosa en mi mente que la rubia Faith. Ella se había dejado engañar por el poder de su propio compromiso con la vida. No sólo sabía lo que estaba bien, sino que hacía algo al respecto. Y ahora su caridad la había traicionado, su propio marido la había entregado a unos asesinos.

Al fin comprendía por qué Navidad había traído a Pascua a mi casa. Él también creía que los militares podían llegar hasta Faith, a pesar de la protección policial. Él iba detrás de aquellos hombres por su cuenta y, a juzgar por el recuento de cuerpos, estaba haciendo un buen trabajo.

Ya había resuelto el misterio. Conocía a los jugadores, sus motivos y los peligros que planteaban. Ahora la elección correcta consistía en ir a casa y quedarme con mi familia. Pero la idea de mi casa era como un ataúd para mí. Jesus y Benita cuidarían de los niños, y yo debía continuar mis investigaciones sin ningún motivo, simplemente para seguir con el impulso que ya llevaba.

Pero aun en aquel momento febril de mi vida no era tan estúpido como para creer que podía continuar mi camino sin apoyo. Así que me dirigí hacia Watts y luego lo atravesé camino de Compton, un barrio negro cada vez más poblado. Seguí circulando hasta que me encontré en una calle llamada Tucker, y la enfilé hasta que un callejón sin salida con unos aguacates me detuvo. Aparqué mitad en asfalto y mitad en tierra, salí del coche, me abrí camino entre las densas hojas y los arbustos espinosos hasta llegar a una puerta que parecía más bien un portal a otro mundo que la entrada a una casa. Ni siquiera se veía el edificio que había detrás, sólo árboles y hojas, la tierra bajo los pies y un trocito de cielo por encima.

«Pregúntale a Mama Jo», había dicho Lynne Hua.

Era una casa muy parecida a aquélla donde había vivido Mama Jo en las marismas junto a Pariah, Texas. No sé cómo pudo encontrar un lugar semejante en el sur de California. Parecía que lo hubiese conjurado y extraído de sus propios deseos espinosos.

Estaba a punto de llamar a la puerta cuando ésta se abrió. Alta, con la piel muy negra, sin edad, bella y resplandeciente de poder, Mama Jo me sonrió. Sospeché que había instalado algún tipo de alarma como la que empleaba Navidad Black, pero igual lo que ocurría es que era una auténtica bruja y era capaz de percibir cuándo se aproximaban aquellos que la amaban u odiaban.

– Te estaba esperando, Easy -me dijo.

Me pregunté qué quería decir con aquello. ¿Esperarme para qué?

Habíamos hecho el amor una vez, hacía décadas, cuando yo tenía diecinueve años y ella cuarenta. Ahora era quizás un par de centímetros más baja, y eso y unas cuantas canas habían marcado el paso de los años.

– Jo.

Ella me pasó un brazo por los hombros y me llevó hasta su cubil de bruja. El suelo era de tierra bien barrida, las paredes estaban forradas de estantes llenos de botes de cristal y porcelana que contenían hierbas y trozos de animales muertos. La chimenea en realidad era un hogar bajo donde se asaba un cerdo pequeño en un espetón. Por encima de aquel hogar se encontraba un estante que albergaba los cráneos de doce armadillos, seis a cada lado de una calavera humana: la prenda que conservaba Jo del padre de su hijo, ambos llamados Domaque.

– ¿Qué tal está Dom? -le pregunté mientras me sentaba en el banco de madera ante su enorme mesa de ébano.

– En una comuna en el norte.

– ¿Una comuna?

– Ajá. La llama la Ciudad del Sol -dijo Jo, mientras servía un poco del té que siempre tenía a punto en un lado del fuego-. Conoció a una chiquita en un picnic en el parque Griffith y ésta le pidió que se fuera a vivir con ella allí, junto a Big Sur. Un sitio muy bonito. Los niños que viven allí están intentando sacarse toda la locura ésta de los huesos. -Jo meneó la cabeza y sonrió al pensar en una tarea tan imposible como aquélla.

– ¿Cuánto tiempo hacía que conocía a esa chica? -probé el oscuro brebaje. Los tés de Mama Jo eran medicinales y fuertes. Casi inmediatamente empecé a notar que mis músculos se relajaban.

– No más de un día, pero creo que ella le pidió que se fuera a vivir con él incluso antes de llevárselo a la cama.

– Qué rapidez, ¿no, Jo? -dije, disfrutando del flujo de las hierbas que entraban en mi organismo.

– El amor no responde al reloj, cariño -dijo, mirándome a los ojos.

Yo aparté la cara y di un buen trago.