Jo se sentó a mi lado en el banco. Su aliento calentó mis antebrazos y yo lamenté haber ido allí. Jo podía ser una bruja, eso no lo sabía, pero desde luego era botánica y física, y poseía una comprensión muy profunda de la naturaleza humana, de mi naturaleza.
Desde que le había pedido a Bonnie que se fuera, evitaba a Jo. Sabía que ella vería perfectamente el dolor que había provocado con mi estupidez.
– ¿La has visto? -me preguntó Jo.
– No. Pero me ha llamado. Se va a casar con ese príncipe suyo.
– El hombre al que la empujaste.
– Sí, eso es.
Jo me miraba mientras yo contemplaba la tierra amarilla y dura sobre la que caminaba. Llevaba los pies descalzos, y las llamas de la chimenea proyectaban ondulaciones de luz de extraños colores en la habitación.
– Sabes que tenías que haber ido a buscarla, cariño -dijo Jo, después de largos minutos de silencio.
– Sí -asentí de nuevo-. Lo sé.
– El hombre no es hombre sin mujer y sin hijos que lo amen -dijo ella-. Tienes que recuperarla o dejarla ir.
Un chillido áspero retumbó en la habitación. Yo me puse de pie de un salto y Blackie, el cuervo doméstico de Jo, extendió las alas, alarmado. El pájaro de ébano estaba tan quieto en su rincón que ni siquiera lo había visto.
Me latía apresuradamente el corazón, y me encontré cansado, muy cansado.
– ¿Has fabricado alguna vez pociones amorosas, Jo? -le pregunté a la bruja.
– Tú no necesitas ninguna pócima amorosa, Easy. Tú siempre has tenido mucho amor dentro, y ahora sabes cómo usarlo.
Me agaché en el banco, colocando los codos en las rodillas. Jo me puso la mano en la nuca como cuando hacíamos el amor, hacía mucho, mucho tiempo.
– Es como despertarse en una tumba poco honda, cariño -susurró-. Notas la tierra en la boca, y tienes tanto frío que ya ni siquiera te das cuenta. Quieres volver a dormirte, pero sabes que eso sólo atraerá la muerte.
– ¿Y qué puedo hacer? -le pregunté.
– Lo que estás haciendo, hijo.
Me eché a reír.
– Lo que estoy haciendo es correr por ahí como un loco sin sentido -le conté.
– Tú siempre sabes lo que está bien, Easy -dijo ella, dulcemente-. Siempre. Si vas corriendo por ahí es que existe un motivo para ello, aunque no sepas ahora mismo cuál es.
Una conmoción suave pero espeluznante penetró en mi mente como un cable eléctrico cortado y suelto de su raíz. De repente conseguí orientarme. Sabía dónde estaba, y no me sentía nada feliz de encontrarme allí.
– Estoy buscando a Ray, Jo -le expliqué sin sentirme ya triste, ni con el corazón roto, ni inquieto.
– Vosotros dos siempre os andáis buscando el uno al otro -comentó ella, sabiamente-. No sé dónde está ahora mismo. Vino hace un par de semanas diciendo que se iba un tiempo… por negocios.
Ambos sabíamos lo que significaba aquello: en algún lugar, un banco o un coche blindado o una nómina iban a robar, o quizás hubiese un alma destinada a la muerte.
– Si se pone en contacto contigo, llámame -dije, levantándome y sintiéndome más fuerte.
Jo se levantó también y me besó con suavidad en los labios. Aquello me hizo sonreír, incluso reír.
– Tú sueles ver siempre la verdad -dijo-. Pero a veces eres como un hombre perdido en una isla, mirando por encima del mar hacia una costa lejana.
25
Yo comprendía perfectamente la verdad. Era como nadar en un lago pacífico y de repente ver los ojos diminutos de un cocodrilo que me observaban.
No fui corriendo a toda velocidad de vuelta a casa porque no quería que me detuviera la policía, y por tanto perder tiempo. Ver a Mama Jo siempre era una revelación. Por eso la gente se apartaba de ella. ¿Quién quiere saber la verdad? No el hombre condenado, ni la mujer moribunda, ni el niño que quedará huérfano.
Decidí, en algún rincón de mi mente, dejar a Bonnie en paz y seguir adelante. No iría a la boda. No lamentaría más mi pérdida. El mundo no giraba a mi alrededor, ni alrededor de mi sufrimiento.
Repasé mentalmente una lista de decisiones que había pospuesto el año anterior, sobre todo para no pensar en lo que podía haber ocurrido mientras yo me regodeaba como un cerdo en su pocilga.
Sammy Sansoam, conocido también como el capitán Clarence Miles, conocía mi nombre y la dirección de mi despacho.
Y aunque yo no aparecía en la guía, no le habría costado demasiado tiempo encontrar mi casa. Si sospechaba por algún motivo que era amigo de Navidad Black, vendría a verme. Jesus moriría protegiendo a Pascua, y también podían morir Feather y Benita.
Luchar contra los hombres que habían matado al marido de Faith era como luchar contra el crimen organizado o contra el FBI. Tenían unos recursos ilimitados y eran implacables.
Aparqué junto a la acera y salté del coche con la pistola en la mano. Corrí hacia la puerta principal, metí la llave en la cerradura y entré corriendo.
El cuerpo de Jesus parecía el de un muerto reciente, echado en el sofá con los dedos de una mano rozando el suelo y la otra por encima de la frente. Tenía los ojos cerrados y en la sombra.
– ¡Juice!
El cuerpo muerto abrió los ojos y se incorporó con una mirada inquisitiva.
– ¿Qué pasa, papá? -preguntó.
Feather llegó corriendo con Pascua justo detrás de ella. Me retumbaba el corazón contra el pecho y la habitación me daba vueltas. Fui hasta el sofá y me dejé caer sentado mientras Jesus apartaba las piernas. Si no, me habría caído.
Sentado allí, intenté controlar la respiración, pero no pude. El corazón me latía tan rápido que creí que iba a morir allí mismo. Si hubiese habido whisky en la casa me lo habría bebido. Si hubiese habido opio en casa me lo habría tragado.
– ¿Qué ocurre, papá? -preguntó Feather.
Ella se sentó a mi lado y me pasó las manos en torno al cuello, mientras Pascua se sentaba en el regazo de Jesus y me ponía las manos en el muslo.
Mi corazón seguía latiendo con fuerza, mientras tanto. Tenía las orejas calientes y quería matar a Clarence Miles.
«Todos los hombres son idiotas.» Aquellas palabras llegaron a mi mente pero no pude recordar dónde las había oído. El origen no importaba, porque lo que decían era cierto. Todos los hombres son idiotas, y yo el que más. Mis hijos podrían haber muerto mientras yo estaba por ahí comportándome como un niño.
Me levanté. Jesus se levantó también, cogiendo mi brazo derecho. Me metí el arma en el bolsillo y le dije:
– Coged todo lo que necesitéis y haced las maletas, nos vamos de viaje.
– ¿Adónde vamos? -preguntó Feather.
– Nos vamos un tiempo. Hay unos hombres malos por ahí y quizá vengan aquí.
– Pero ¿por qué? -preguntó Benita.
Jesus se llevó a su compañera de la mano y la condujo hacia la habitación de atrás. Feather no necesitaba instrucciones. Pascua empezó a recoger sus cosas con precisión militar.
Yo respiré con fuerza. Era un idiota, sí, pero también afortunado. Esa idea me hizo llorar. Encendí un cigarrillo mientras Benita y Jesus discutían y las niñas hacían el equipaje. Quince minutos después estábamos todos apiñados en el coche y yo me dirigía hacia el mar.
Llegamos ante una puerta a media manzana del océano Pacífico, en una calle que se llamaba Ozone. Llamé a la puerta, toqué el timbre y volví a llamar con los nudillos. Jewelle abrió la puerta con un vestido amarillo que realzaba a la perfección su piel de un color marrón oscuro. A medida que pasaban los años, la niña feúcha se había convertido en una joven de una belleza sutil. Fue la amante del gerente de mis propiedades, Mofass, hasta que éste murió heroicamente, y ahora estaba con Jackson Blue, que era el hombre más listo y más cobarde que yo conocía.
– Easy -dijo Jewelle, mirando a toda mi progenie, que me rodeaba-. ¿Qué ocurre?
– Necesito ayuda, cariño. La necesito muchísimo.