El salón era pequeño, pero la ventana daba a la inmensidad del Pacífico.
– Lo único que tengo es agua -me dijo.
– ¿Quiere que le compre algo? -me ofrecí.
– Siéntese un rato -me dijo ella.
El pequeño sofá era color coral, para dos personas y media. Ella se sentó en un extremo y yo en el otro, pero aun así estábamos cerca.
– ¿Ha encontrado a Navidad? -me preguntó.
– No. Estaba preocupado por mi familia y los he trasladado, sacándolos de casa.
– ¿Está usted casado?
– No. Adopté a unos niños. Uno de ellos tiene novia y ahora los dos tienen un bebé. Y luego está Amanecer de Pascua.
– Usted es como yo, señor Rawlins -dijo Faith.
– ¿Y eso?
– Tiene un pequeño orfanato que cuida y ama.
Yo tendí una mano con la palma hacia arriba y ella la cogió entre las dos suyas.
– Tuve una novia -dije-. Pero ella no lo tenía claro. Había un hombre, un príncipe africano, al que veía de vez en cuando. Así que la dejé.
– ¿Y ella le amaba a él?
– Sí. Pero no como me amaba a mí, o a nuestra pequeña familia.
– ¿Y entonces por qué la dejó?
Su pregunta me agarró como un par de alicates que sujetan una tuerca oxidada. Al principio me resistí, pero luego cedí.
– ¿Nunca ha tenido la sensación de que había algo que quería? -le pregunté a la rubia Faith-. ¿Que le hicieran el amor de una forma determinada? ¿Que le acariciasen de una forma especial?
Faith respiraba agitadamente. Yo notaba el apretón en mis manos, tenso, aunque suave.
– Sí -susurró.
– Pues así éramos Bonnie y yo. La forma que teníamos de estar juntos era todo lo que yo había deseado, aun sin saberlo. De alguna manera, ella creó mi deseo y luego lo satisfizo.
Una de las manos de Faith se desplazó a mi brazo. Me hacía cosquillas, pero yo no quería reír.
– Luego averigüé lo de ese hombre, y todo quedó manchado. Aunque la amaba más de lo que nunca quise a ninguna otra persona, el hecho de que no fuera totalmente mía significaba que yo siempre iba a ser infeliz cuando la mirase y pensase en él… Y luego la conocí a usted.
– ¿A mí? -Faith se acercó más a mí, un efecto de la gravedad, más que nada.
– Sí -dije, pensando en las sombras que invalidaban la oscuridad de mi vida- Usted entregó su amor a un hombre, a pesar de sus defectos. Le dio una oportunidad y luego él la traicionó, pero usted no dijo nada malo de él. Escuchó a aquel hombre que quería un crédito, aguantó que la insultara y le gritara y aun así siguió sonriendo, incluso lo sintió por él.
»Eso es lo que me enseñó Bonnie. Ella me enseñó que se puede querer a alguien y eso no es el fin del mundo. Por eso la quería.
– ¿Cómo sabe que el señor Schwartz quería un crédito? -me preguntó Faith.
– Porque hablaba usted todo el rato -dije-. El otro tipo, el de las gafas…
– El señor Ronin.
– Sí. El buscaba entre unos formularios y cosas, y le daba al otro tío una libreta de ahorros y un talonario de cheques. Usted estaba diciendo que no.
Supongo que la perspicacia fue un motivo suficiente para que Faith me besara. Su boca tenía la textura de una fruta madura que rogaba que la comieran. Intenté pasar los brazos en torno a su cuerpo, pero ella me apartó.
– Craig era siempre tan brutal… -dijo, mientras me empujaba hacia abajo en el sofá, besándome y desabrochándome la camisa.
– ¿Quieres que me quede aquí echado? -pregunté.
– Sí -dijo.
Noté que tiraba de mi cremallera y buscaba dentro.
Me di cuenta de que me estaba haciendo viejo, no porque no respondiese a sus caricias, sino porque por primera vez en mucho tiempo tenía una erección como la de un adolescente.
Aspirando el dulce olor a melocotón del champú perfumado de su cabello le dije:
– Tengo que darme una ducha.
Agarrándose a mi virilidad, ella me guio a la ducha, en el baño. Yo fui a quitarle la ropa, pero suavemente rechazó mi mano. Comprendí entonces. Se quitó el vestido gris, revelando uno de esos cuerpos que sólo se ven en las revistas y en las películas. Sus pezones eran del tamaño de albaricoques; ella estaba fuera del alcance de la gravedad.
No hablamos durante mucho rato. Me quedé de pie en la pequeña ducha mientras ella se agachaba y me lavaba con una esponja suave. Mi erección cada vez era más intensa, pero no sentía ninguna necesidad urgente.
– ¿Quieres que te ponga polvos? -me preguntó, cuando estábamos secos.
– ¿Puedo tocarte la cara?
Dejé que mis dedos viajasen por sus sienes, hasta los pechos. Ella tembló y se agitó.
– Vámonos a la cama -sugerí.
Estaba echado junto a ella mientras Faith se movía arriba y abajo lentamente, sujetándome la cara para que la mirase todo el tiempo. Cada vez que me excitaba, ella decía:
– No, todavía no, Easy. Todavía no, cariño.
Ni siquiera recuerdo el orgasmo, sólo que me miró a los ojos pidiéndome que la esperase.
27
Anduvimos cogidos de la mano por la playa bajo la luna creciente. Nadie podía vernos con claridad, pero estábamos allí. La preocupación de Faith Laneer me hacía sentir seguro. Allí estaba ella, bajo la protección de Navidad Black, pero al mismo tiempo refugiándome a mí.
Hablamos de Jackson Blue durante un rato. En realidad fui yo más bien quien habló. Me gustaba contar historias de aquel genio cobarde que durante la mayor parte de su vida lo había hecho todo mal.
– Es un genio, pero algo retorcido -dije yo-. Como si fuera un hombre de las cavernas que inventa la rueda y luego la usa para huir del jefe cromañón porque se ha acostado con su mujer.
– ¿Es un buen amigo? -preguntó Faith.
– Antes no pensaba que lo fuera. Es un mentiroso y un cobarde, pero un día estaba contando una historia sobre él y me di cuenta de que me importaba tanto que podía reírme de sus defectos. Y eso lo convierte en amigo.
Faith se cogió a mi brazo, apretándose a mi costado.
– Me gusta cómo huele tu piel -dijo-. Quiero frotar mi cara contra la tuya y que respires en mi interior.
Mientras estábamos allí de pie, besándonos bajo la luna de plata, noté que mi alma gritaba. Allí estaba un hombre negro besando al epítome de la belleza europea norteña con una pistola en un bolsillo y mis malas pulgas en el otro. No había sexo en el mundo mejor que aquél.
No volvimos a hacer el amor. Fui hasta su casa y me quedé con ella en la puerta, hablando de algunos hechos de nuestra vida. A mí me gustaba cocinar; ella pintaba antes de hacerse monja.
Yo había visto la aurora boreal en Alemania mientras se libraba un duro combate de artillería; ella se casó con un homosexual llamado Norman después de colgar los hábitos.
– Así pensé que podría mantener el celibato -me confesó-. Pero resultó que le deseaba por las noches. Iba hasta su puerta y les oía a él y a sus amantes…
Al cabo de más de una hora rozó sus labios contra los míos y entró. Yo me alejé dando tumbos como en una neblina.
Estaba ya completamente envuelto por la oscuridad. Mi familia estaba escondida. Yo conocía la identidad de mis enemigos. Faith me había enseñado, aun sin proponérselo, que había amor para mí en alguna parte si quería cogerlo. Mi estupor era similar a la sensación que se tiene cuando se despierta de una noche de sueños confusos. Al principio te preguntas si todas esas locuras han ocurrido de verdad. ¿Había sido yo arrestado y sentenciado a muerte? ¿Me había encontrado con dos hombres brutalmente asesinados en una casa que llevaba un disfraz?
Volví a casa a medianoche y encontré la puerta delantera destrozada. Aunque sabía que los niños no estaban allí, corrí al interior y encendí las luces.
No habían tocado ni robado nada. El contenido de los cajones de mi armario estaba ordenado, mi correo estaba sin abrir. Lo único que querían los hombres de Sansoam era sangre.