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Con la cabeza contra mi pecho, Leafa señaló la puerta del rincón derecho salón, que estaba muy revuelto. Al atravesarla encontré a Meredith sentada en una silla de respaldo alto, con la cabeza enterrada entre las manos, flanqueada por dos cunas y tres bebés.

Con un sutil cambio de peso Leafa me indicó que necesitaba bajar al suelo para asegurarse de que sus pequeños y feos hermanitos y hermanitas no hacían algo terrible. Yo la bajé y le besé la mejilla.

– Señora Tarr -dije, todavía agachado.

Ella levantó la vista y yo comprobé que había envejecido seis meses por lo menos desde que nos vimos hacía sólo unos pocos días.

– ¿Sí?

– Lo siento mucho, señora, pero si le parece que puede resistirlo, me gustaría hacerle algunas preguntas.

Ella me miró como si no comprendiera aquellas palabras. Junto a ella, Leafa reunía a todos los bebés en un rincón.

Le tendí la mano y Meredith la cogió. La conduje fuera de la habitación de los niños, a través del salón devastado y hasta la cocina, donde aparté los trastos que llenaban dos sillas rojas y la hice sentar. Preparé un café instantáneo mientras ella se quedaba sentada, mirando al suelo.

Se me ocurrió que probablemente Meredith no le hubiese pedido a Leafa que se quedase en casa. La niña sencillamente había visto que era su responsabilidad y la había asumido, igual que había hecho Feather con Amanecer de Pascua.

– ¿Quiere leche y azúcar en el café? -pregunté.

– Leche.

Sólo quedaban unas gotas en el fondo de un cartón de litro. Le entregué el café y me senté frente a ella.

– He averiguado muchas cosas sobre Alexander y su marido en los últimos días -le expliqué-. Sé que les vieron juntos en un bar y que recogieron un coche en un garaje en el sur de Los Angeles.

– La policía ha estado aquí -dijo ella.

– ¿Y qué han dicho?

– Me han preguntado si sabía algo de Ray Alexander.

– ¿Ha vuelto a la ciudad?

– Supongo que sí. Ellos creen que a lo mejor me llama, puesto que yo llamé a la policía. Dicen que es un hombre peligroso y que yo debería trasladarme a otro sitio y que él no sepa dónde estoy, por si quiere vengarse. Pero ¿cómo voy a trasladarme con todos estos niños? ¿Adónde iba a llevarlos?

Era una buena pregunta. Me resultaba difícil imaginar a una mujer que diera a luz diez veces.

– ¿Cómo puede herirme más de lo que ya ha hecho? -se quejó.

Yo le cogí las manos. Su piel era áspera y rugosa, cenicienta, y los músculos tirantes.

– Tengo que hablar con los amigos de Perry -dije yo, bajito-. ¿Conoce a alguno de ellos?

– ¿Sus amigos? -me preguntó.

Yo asentí y le apreté la mano.

– ¿De qué sirven los amigos cuando no tienes nada y ellos no te llaman nunca?

– Quizá sepan algo, señora Tarr. Quizás él dijo algo cuando iba por ahí con ellos.

– Pusieron una orden de desahucio en mi puerta -contó ella-. ¿Dónde estarán los amigos de Perry cuando yo me quede en la calle con doce niños? ¿Dónde estará la policía cuando tenga que buscar entre los cubos de basura para alimentar a mis hijos? -Me miró entonces-. ¿Dónde estará usted cuando ocurra todo esto? Ya le diré dónde: durmiendo en su cama, mientras nosotros vivimos con las ratas.

Ser pobre y negro no es lo mismo en América, no exactamente. Pero hay muchas cosas que tienen en común los negros y los pobres de todos los colores. La particularidad más importante de nuestra vida es la comprensión de la parábola del Nudo Gordiano. Hay que ser capaz de cortar todo aquello que te ata. Quizá sea dejar a una mujer o irrumpir en un banco a cubierto de la oscuridad; quizá sea agachar la cabeza y decir «sí, señor» cuando un hombre acaba de llamar puta a tu mujer y perros a tus niños. Quizá pases toda tu vida como un John Henry cualquiera, golpeando con un mazo un pedrusco que no cede nunca.

Saqué un billete de cien dólares de mi cartera y lo coloqué en las manos de Meredith. Podría haberle mentido, haber llamado a un asistente social, hablar por los codos. Pero el nudo era el alquiler, y la espada era aquel billete de cien dólares.

– ¿Qué es esto? -me preguntó ella, lúcida al fin.

– Es lo que necesita, ¿no?

Leafa estaba de pie en la puerta, detrás de su madre. Me hacía feliz que contemplase nuestra conversación.

– ¿Mamá?

– ¿Alguien se ha hecho daño? -preguntó Meredith, mirándome aún.

– No.

– ¿Puedes ocuparte tú?

– Sí, creo que sí.

– Entonces ve, cariño. Iré dentro de unos minutos.

Leafa retrocedió y Meredith se enderezó.

– ¿Por qué me da esto? -me preguntó, suspicaz.

– Me paga mi cliente -contesté, con toda sinceridad-. Tengo que saber quiénes son los amigos de Perry y usted lo necesita para el alquiler. La incluiré en mis documentos como informante.

Era una lógica que ella nunca se había encontrado antes. Nada en su vida había tenido jamás valor monetario, sólo coste o sudor.

– ¿Si le doy el nombre de tres negros insignificantes me puedo quedar este dinero?

– El dinero es suyo -insistí-. Se lo acabo de dar. Ahora le pediré esos nombres.

Leafa apareció de nuevo en la puerta. Aquella vez se quedó callada.

– Esto es absurdo -dijo Meredith. Estaba furiosa.

– Tiene usted razón -asentí-. Es lo que se suele llamar irracional. Pero fíjese, señora Tarr, que nosotros, todos los seres humanos, pensamos que somos racionales, cuando en realidad nunca hacemos nada que tenga sentido. ¿Qué sentido tiene dejar en la calle a una pobre mujer y a sus hijos? ¿Qué sentido tiene que un hombre me odie por el acento que tengo o por el color de mi piel? ¿Qué sentido tiene la guerra, o los programas de la tele, o las armas, o la muerte de Pericles?

Con eso le llegué muy hondo. Su vida, mi vida, la vida del presidente Johnson en la Casa Blanca, nada tenía sentido. Estábamos locos si pretendíamos que nuestras vidas fueran cuerdas.

30

Había un pequeño aparcamiento en el centro de Watts, junto a una escultura gigante llamada Torres Watts. Las chillonas torres fueron construidas por un hombre llamado Rodia a lo largo de un periodo de treinta y tres años. Las construyó a base de desechos y materiales sencillos. Es un lugar alto y fantasioso en una parte muy sombría de la ciudad.

El parque tenía pocos árboles y unas mesas de picnic en un césped muy ralo, pisoteado por cientos de pies infantiles. Meredith Tarr me dijo que Timor Reed y Blix Redford iban allí casi cada día, «a beber ginebra y pasar el rato». Pericles iba a visitar a Tim y a Blix una vez por semana o así, para compartir su matarratas y jugar a las damas.

Llegué allí justo antes del mediodía. Salía música a todo volumen de una casa que estaba al otro lado de la calle, dos amantes adolescentes hacían novillos para estudiar los hechos de la vida y dos hombres de edad indefinida estaban sentados uno frente a otro en una mesa de picnic de secuoya, inclinados sobre un tablero de damas de papel plegable. El tablero se sujetaba con una cinta adhesiva que en tiempos fue transparente y ahora amarilleaba. La mitad de las piezas eran piedras con una equis roja o negra encima pintada con lápices de colores.

Viendo a aquellos hombres y aquel tablero me sentí como si estuviera presenciando la decadencia de una cultura. El parque decrépito, la ropa andrajosa que llevaban Blix y Timor, hasta Otis Redding lanzando sus quejidos sobre el «muelle de la bahía» en unos altavoces diminutos pero potentes hablaban de un mundo que estaba estancado.

– Señor Reed, señor Redford -dije a los hombres.

Los dos levantaron la vista y me miraron como dos soldados procedentes de campos de batalla enormemente distantes que hubiesen muerto simultáneamente y que ahora estuviesen sentados en el limbo esperando el veredicto del Valhalla.