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Uno de los hombres era gordo y llevaba un sombrero gris y negro con diminutos ojetes para la ventilación cosidos en la parte lateral, y una gabardina gris muy vieja. Por la descripción de Meredith sabía que se trataba de Blix Redford. Él me sonrió, expectante, y se levantó, diciéndome:

– Sí, señor, ¿le conozco?

Al mismo tiempo Timor, más menudo, se echó hacia atrás y frunció el ceño. Llevaba unos vaqueros de jovencito y una camiseta raída, y no dijo nada. A juzgar por la mirada de desesperación que puso, quizás estuviese pensando en salir corriendo para salvar la vida.

– Me llamo Easy Rawlins -le dije a Blix-. Vengo de casa de Perry Tarr. Le he dicho a Meredith que buscaba a su marido y ella me ha enviado aquí a verles.

Timor se calmó un poco y la sonrisa de Blix se apagó.

– ¿No le ha dicho que Pericles había fallecido? -preguntó Blix.

– No -le respondí, conmocionado ante la información. Así aproveché la oportunidad para sentarme junto a Timor. El hombrecillo se volvió a mirarme, suspicaz. Vi que llevaba el pie izquierdo enyesado, y que el yeso estaba sucísimo.

– Ah, sí -me aseguró Blix. Se volvió a sentar-. Sí. Raymond Alexander lo mató y lo llevó a enterrar a algún sitio por ahí al lado de San Diego, he oído decir.

– ¿De verdad? -le dije-. ¿Y ese Raymond está en la cárcel ahora?

– Pero ¿de dónde viene usted, hombre? -me preguntó Timor. La mueca de su rostro contenía un odio más antiguo que la boca que la mostraba-. Todo el mundo en Los Angeles conoce al Ratón.

– ¿Quién?

– Ray Alexander, bobo -dijo-. El hombre que mató a Perry Tarr.

Levanté las manos hacia el cielo y meneé la cabeza. Yo era un extraño en otro país, donde el folclore común era un misterio.

– ¿Me está diciendo que ese tal Ratón mató a mi amigo Perry y que la policía no lo ha metido entre rejas? -Había amenaza en mi voz.

– Baje la voz, míster -dijo Blix-. Con Ray no se juega; eso es lo que se dice por ahí. Quizás allá en Arkansas o Tennessee o de donde venga usted no sepan esto, pero aquí ese tipo es el de la guadaña, en persona.

– ¿Y sabe dónde puedo encontrar a ese hombre, ese Raymond Alexander? -pregunté.

– Pero ¿no ha oído lo que le digo, hermano? -preguntó Blix-. Es un asesino. Le aplastará como a un gusano.

– Una mierda -dije yo, procurando que mi tono sonase como el de muchos idiotas a los que había oído-. Si el tío ese tiene una pipa, yo también tengo una.

– Vamos, BB -dijo Timor a su amigo-. Juguemos a las damas y dejemos que se vaya este loco. Ya se lo hemos dicho. Es lo único que podemos hacer.

Timor volvió a clavar la vista en el tablero. Blix siguió mirándome.

– No sabemos dónde está, tío -me dijo el más amistoso.

– ¿Y cómo podría encontrarle? -insistí.

– Pues tírate desde el tejado del Ayuntamiento, hermano -dijo Timor, sin levantar la vista-. Estarás igual de muerto, pero muchísimo más rápido.

Estaba visto que ya no sacaría nada más de allí. Me levanté, fingiendo que me sentía furioso, dispuesto a buscar al hombre que había matado a mi amigo. Y entonces me detuve.

– Dime una cosa, tío -le dije a Timor.

– ¿Qué? -seguía sin mirarme.

– Si ese hijoputa es tan peligroso, ¿cómo sabes que estás a salvo?

Eso atrajo su atención.

– ¿De qué coño hablas, negro?

– De ti.

– ¿De mí? Tú a mí no me conoces.

– Sólo sé que estás ahí sentado con tu pata rota y acusas de un crimen a Raymond Alexander el Ratón. Sé que has dicho que él mató a Pericles Tarr y le enterró en San Diego.

– ¡Lo ha dicho Blix! -chilló Timor-. ¡A mí no me eches las culpas!

Se puso de pie y echó a andar cojeando con el pie roto. Blix lo llamó, pero Timor se alejó corriendo tan rápido como pudo con aquella cojera.

Blix se quedó sentado ante el tablero, riéndose para sí.

– Ésa ha sido buena, tío -me dijo-. Me has dado con qué pincharle los próximos cinco años.

31

Había un enorme mercado de pescado en Hoover por aquel entonces. Consistía simplemente en una serie de puestos en una plaza, en un solar vacío. A lo largo de todo el día, un tipo llamado Dodo recogía hielo y hielo seco y lo entregaba en aquellos puestos para mantener bien húmedo y fresco todo el pescado, caballas, percas, anguilas y halibut; platijas, cangrejos, tiburón y pez espada. Unas camionetas traían el pescado muy temprano por la mañana en cuanto llegaban los barcos de pesca que faenaban por la costa de California.

Gente de todos los barrios de Los Angeles acudía a aquel mercado de pescado sin nombre: japoneses, chinos, italianos y mexicanos. A todas las culturas angelinas les gustaba el pescado.

El propietario de aquel mercado al aire libre era un irlandés grandote llamado Lineman. No sé si ése era su nombre de pila o su apellido o quizá sólo un apodo que le habían puesto al jugar al fútbol de joven, ya que «lineman» significa «defensa de línea».

Lineman era un tío enorme, un personaje de lo más adecuado para la parte más oscura de la ciudad. Hablaba muy alto y trataba con confianza a todo aquel que conocía. Decía palabrotas, contaba bromas subidas de tono y juzgaba a las personas únicamente por la forma que tenían de responderle en los negocios y en la vida. No encajaba demasiado bien en el mundo de los blancos. Quizá si hubiese sido un trabajador silencioso en la trastienda de algún negocio las cosas no le habrían ido tan mal, pero Lineman era un buen negociante, y por eso los blancos se ponían furiosos cuando aparecía en alguna fiesta de postín con una señorita de piel demasiado oscura o cuando invitaba a alguien como yo a asistir con él al club de campo en la parte más occidental de la ciudad.

Los círculos blancos más adinerados de Los Angeles encontraban a Lineman demasiado intransigente con su intransigencia, y por tanto el empresario del pescado poco a poco fue limitando su vida a trabajar con las comunidades negras y morenas. Vivía en Cheviot Hills, un enclave sobre todo judío, y trabajaba en Watts sirviendo a todo el mundo igual que los demás le servían a él.

– Eh, Lineman -le dije, dándole unas palmaditas en la amplia espalda.

– Easy Rawlins -me saludó-. ¿Qué tal te va?

– No me han dejado acercarme al mostrador de quejas, así que supongo que todo debe de ir bien.

A Lineman le encantaba reír.

Estábamos de pie en la esquina más al norte de los dieciséis puestos. Todos los que vendían pescado eran independientes. Alquilaban los puestos por cien dólares a la semana cada uno. Lineman aseguraba el suministro de hielo y hacía tratos en todo el sur de California vendiendo pescado fresco a todo el mundo, desde restaurantes a cafeterías de los colegios.

– ¿Qué puedo hacer por ti, Easy? -me preguntó Lineman.

Le hablé de Pericles Tarr y de que su esposa me había dado el nombre de Jeff Porten Fuimos caminando por el perímetro de los puestos mientras hablábamos. Lineman nunca estaba quieto. Siempre estaba haciendo algo, yendo a alguna parte o cogiendo carrerilla para salir hacia algún sitio.

En una ocasión le arrestaron por secuestrar y matar a una chica negra, Chandisse Lund, que tenía dieciséis años y trabajó en el mercado de pescado un par de años. La última vez que la vieron entraba en el Cadillac nuevecito rojo cereza de Lineman. El pagó la fianza y vino a mi oficina y me contó la historia de una jovencita de la que abusaba su propio padre, y que quería escapar a la casa de su hermana mayor. El único problema era que las dos hermanas habían desaparecido, y nadie pudo encontrar un testigo que dijera que ambas iban juntas.

– ¿Cómo iba a decir que no? -me preguntó-. Si viene una niña a verme y me dice que su padre le está haciendo eso, yo tengo que hacer lo que me pide.