Miró a Ethel, Dorian y Lizzy, a la que se veía muy rara bajo el aspecto de Sif, y por último a Loki, que permanecía vuelto de espaldas y apartado de los demás.
Maddy se acercó a él. Pero en lugar de mirar a la chica, Loki se dedicó a contemplar el río Sueño con sus islas, sus remolinos, sus bajíos y sus escollos. Por una vez no había vestigio alguno de risa en sus ojos, tan sólo una desolación que Maddy era incapaz de identificar.
– Anímate. ¡Has escapado! -le dijo.
Loki siguió sin mirarla. Al otro lado del río, la Fortaleza Negra del Averno se estaba reconstruyendo a sí misma, sillar por sillar, torreón imposible por torreón imposible.
– Me pregunto quién más habrá escapado -comentó Loki, sin apartar los ojos de la fortaleza.
– Puede que algunos æsir más.
– Puede.
Maddy pensó que Loki no parecía demasiado convencido.
– Tal vez incluso Bálder, ¿no crees?
– Bálder está muerto. -Loki la miró por fin. Además de tristeza, en sus ojos también había indignación-. Bálder ha muerto para salvarme a mí. O más bien ha muerto para asegurarse de que Hel no rompiera su palabra, la palabra que mantiene el equilibrio entre Orden y Caos en este lugar -tras una pausa, el dios añadió-: Bastardo engreído…
A su pesar, Maddy sonrió.
– Bueno, mejor será que Bálder no espere gratitud por mi parte. Nunca se me ha dado bien. Y en cuanto al General… -Loki hizo de nuevo una pausa, volviendo los ojos al lugar donde había caído Odín-. Si cree que por esto tengo algún tipo de deuda con él…
Hubo un largo silencio, durante el cual los ojos de Loki miraron a ninguna parte con gesto de fiera determinación.
– No pasa nada -aseguró Maddy-.Yo también le echaré de menos.
Cogidos de la mano, se dirigieron a la orilla del río Sueño, donde se estaba preparando el funeral.
Capítulo 8
Maddy pensó que deberían haber tenido un barco, una nave gris y alargada a la que pudieran prender fuego y empujar al río, pero en su lugar se las tuvieron que apañar con un fragmento de escombro plano flotante, un residuo de la fortaleza que se había desplomado. Colocaron el cuerpo de Odín en aquella embarcación improvisada junto con sus armas y su sombrero, y después todos ellos, los hijos perdidos del Orden y del Caos, se quedaron mirando mientras Loki se acercaba al pie de la barca y la incendiaba con fuego desatado.
Ninguno de ellos habló mientras el río se llevaba los restos de Odín el Tuerto hacia el fuego y la oscuridad. Nadie se atrevió a expresar en voz alta la esperanza de que, de algún modo, se las hubiera arreglado para sobrevivir dentro del Sueño. Aunque, si hubiera muerto en el Hel, reflexionó Maddy, seguramente ella lo habría reclamado como a los demás, y ahora no tendrían cadáver que quemar.
Pero Hel se había encerrado en su ciudadela, y ninguna invocación ni súplica conseguiría persuadirla para que volviese a mostrar su rostro de nuevo.
Y así todos ellos se quedaron ensimismados en sus pensamientos, los harapientos supervivientes de los æsir y los vanir, pálidos, magullados, afligidos.
«¿Se supone que esto ha de terminar así? -se preguntó Maddy-. ¿Con el General muerto, el equilibrio restablecido, el Orden aniquilado y nosotros, los dioses de antaño, esperando como mendigos junto a la orilla del Sueño? ¿Esperando a qué?»
Alzó la mirada, furiosa por las lágrimas que amenazaban con brotar de sus ojos. Y vio…
A los dioses en su aspecto pleno. Los doce dioses, elevándose como columnas de luz y color, héroes y heroínas de la Era Antigua. Al verlos, las lágrimas corrieron a raudales por su rostro, el rostro de Maddy Smith, la que nunca lloraba, pero en ese momento de pena e incertidumbre sintió un repentino e inesperado arrebato de alegría.
Siempre había sido una niña solitaria que jugaba por su cuenta, lejos de los demás, odiada y temida por su propia gente e incluso por su padre y su hermana. Durante todo aquel tiempo en Malbry la única compañía que había tenido era la del Tuerto, y tan sólo unos pocos días al año. Jamás llegó a esperar que las cosas pudiesen cambiar. Siempre había creído que moriría sola, anónima, sin cariño, sin amigos, sin hijos, sin padre.
Pero esas personas que estaban en la orilla…
Contempló uno por uno a los vanir cuando se adelantaron para rendir homenaje a Odín. El Centinela, el Cosechador, el Hombre del Mar, la Sanadora, el Poeta, la Cazadora, la diosa del deseo. Desfilaron despacio, uno a uno, para saludar a la pequeña barcaza y lanzar sus runas protectoras y de buena suerte al río Sueño.
Y después vinieron los æsir. No faltó ninguno: el Tonante, la Madre, la Reina de la Cosecha, el Guerrero, el Embaucador…
Ellos eran su familia, pensó la muchacha. Allí estaba su padre, y también su abuela, sus amigos y sus aliados. Todos compartían su dolor. Estaban atados a Maddy del mismo modo que Maddy estaba vinculada a ellos. De pronto albergó la súbita y firme convicción de que pasara lo que pasase, bueno o malo, lo afrontarían juntos.
«Esto no ha terminado -se dijo Maddy-. Esta batalla ya se ha librado muchas veces antes, y volverá a librarse otras tantas. ¿Quién sabe qué nuevo rostro adoptará el enemigo? ¿Quién sabe cómo acabará la próxima vez?»
Lo único que sabía era que quería formar parte de ello, que ya formaba parte de ello, lo quisiera o no, del mismo modo que las hojas y raíces del gran Árbol del Mundo desempeñaban su función en el equilibrio del Orden y el Caos. Todo estaba relacionado: alegría y dolor, curación y pérdida, principio y final y todos los estadios intermedios.
El Orden ya no existía, al menos por ahora, pero habría otros enemigos, otros candidatos que pretenderían amenazar el equilibrio. También había una ciudadela que reconstruir, Ásgard, nuevos amigos por hacer, un hermano al que aún debía encontrar y todo un mundo de relatos por descubrir y contar.
El Tuerto, que coleccionaba relatos como navajas, mariposas o piedras, lo habría entendido, pues los narradores nunca mueren, sino que perviven en sus historias…, al menos mientras haya gente para escucharlas.
El Orden lo sabía, y por esa razón había prohibido los relatos y los libros. La primera cosa que pretendía hacer Maddy era modificar esa Ley y liberar a todos los habitantes de Malbry y de otros lugares. Sí, liberarlos de su letargo para que pudieran soñar…
Porque Maddy sabía que allí donde la gente soñara, los dioses nunca estarían muy lejos. Sonrió al recordar algo que le había dicho el Tuerto en los días en que aquellas cosas le parecían tan remotas e inalcanzables como el propio Ásgard.
Todo aquello que puede soñarse es cierto.
El río Sueño, al igual que el Fresno del Mundo, tiene muchas ramas y muchas rutas. En el Trasmundo se une al Strond y se filtra hasta el Supramundo. Después brota a chorros bajo la colina del Caballo Rojo y burbujea por el bosque del Osezno, corre bajo las montañas, atraviesa los valles y los pantanos hasta llegar a Finismundi y desembocar en el mar Único, el lugar del que proceden todas las cosas y al que algún día retornarán.
«Búscame en tus sueños», le había dicho Odín.
Maddy sonrió mientras contemplaba cómo el barco en llamas se alejaba río abajo y se perdía de vista.
RUNAS DEL ALFABETO NUEVO
Agradecimientos