En vez de encerrarme en el cuarto a despotricar de mi reciente locura, contemplo, enternecido, su parsimonioso fregado del pequeño puchero, los dos platos y las dos cucharas, y luego, sentados a un lado y otro de la mesa -hoy, mi hermana come en el trabajo-, me esfuerzo por escucharle los últimos chismes del pueblo, hasta que se adormila con los brazos sobre el halda en la siesta que nunca reconoce que lo es. No puedo dejar de mirar su figurita con la sensación de que le debo algo, pero las tenues palabras que salen de mis labios no sólo van para ella: «Ama, no me ha caído en el traje ninguna mancha, no lo volveré a sacar del armario por capricho».
Tardo en aceptar que en nada habría desmerecido esta escena en la realidad de la narración clausurada.
Hacía tiempo que el negocio no se abría a las cuatro y media en punto. Me felicito por no haberme precipitado en manchar el cristal de la puerta con esa ridiculez de «Investigador privado». El campanilleo sobre mi cabeza me vuelve a resultar amigable. Tampoco me molestan especialmente los libros de texto apilados en el suelo. Koldobike devolvió el orden, tanto reintegrando ejemplares a las estanterías como respetando la distribución anterior… Bueno, en general; porque aquí veo a Zane Grey en el apartado de geografía; por qué no ha de estar aquí un hombre enamorado de los grandes espacios libres del Oeste norteamericano que describió minuciosamente; ¿acaso existen textos de geógrafos que oxigenen tanto? Advierto algún descuido más, ¿atribuible a la estrangulación de su falda? Ni un fallo en la satrapía de la novela negra. De momento, sólo considero que he de meditar profundamente sobre la peligrosa relación entre este mundo y yo, no poner más tropiezos a una librería que sobrevive malamente.
Pliego el biombo, lo abandono en un rincón y recupero mi oficina, la comercial, donde volveré a proyectos relegados: incorporar un apartado de papelería -viejo sueño de la muy realista Koldobike-, regalo de boletos por compra para la rifa mensual de un libro grueso con pastas de cartón, sección de tebeos, elaboración de carteles anunciando novedades… Recuperaré el noble espíritu comercial con el que, hace cinco años, se abrió la librería.
A las cuatro cuarenta y dos llega Koldobike, y el destierro del biombo y mi atuendo le anuncian los nuevos tiempos.
– Se acabó todo, ¿verdad?
– Descubrí el fraude a tiempo.
– Te ilusionaba lo que ya tenías escrito.
– Pero no era la novela que persigo.
– ¿Y qué importa, maldita sea? Seguro que iba siendo una buena novela, flotabas en una nube… Por cierto, ¿tenías realmente algo escrito?
– Por desgracia, era bueno.
– Pero ¿lo tenías escrito?
– Sí.
– ¿Cuándo lo escribías? Nunca te vi los papeles.
– Esta vez, todo era diferente. Realidad y escritura eran la misma cosa. ¡Claro que la escribía!
Lucha por no hacerme otra pregunta, pero al fin vence su sangre caliente y me pregunta:
– ¿Quemarás los papeles ya escritos? Yo no lo haría, a lo mejor te vuelves atrás. Seguro.
La breve realidad vivida se halla escrita a fuego en mi cerebro. No lo entendería.
Ya son las siete y media y la tarde ha concluido para Koldobike. Cada uno ha ocupado su territorio, ella rematando lo ya ordenado -la he visto cambiar de sitio bastantes títulos- y atendiendo a los clientes -de la docena que ha entrado, la mitad salió de vacío-, y yo, sentado a mi mesita desarrollando programas sobre el papel; tengo una pequeña familia a mi cargo, incluida la renta del piso. Una mujer tan práctica como Koldobike ha de entenderlo:… De pronto, me llega su grito mezclado con el sonido de la campanilla. Me levanto y veo a tres hombres, uno sacándola a la calle a empujones y los otros dos viniendo hacia mí.
– ¡Lo ha dejado ya, no le toquéis! ¡Os juro que lo ha dejado!
Estoy caído en el suelo un instante después de ver el puño avanzando contra mi rostro.
– Te lo advertimos, imbécil. No dirás que no te lo advertimos.
Llueven patadas sobre mi cuerpo. Dos botas con gran destreza, botas no de una persona sino de dos, botas de pie derecho hundiéndose en mi carne.
– Eres un cabezota, nos obligas a hacer esto. ¿No sabes que ahora la justicia la administramos nosotros?
Es la voz de Luciano Aguirre. No oigo a Koldobike. ¿Qué le han hecho? Bajo las negras sombras que se mueven a mi alrededor buscando en mi cuerpo lugares aún sin tocar, recuerdo el portazo que habrá dejado a Koldobike en la calle; sabe esta gente que los tiempos que corren frenan el impulso de acudir en ayuda de alguien.
Cuatro manos me ponen en pie y la embestida de una rodilla perfora mi estómago. Han de seguir sosteniéndome para que no me derrumbe.
– ¿Se te va metiendo en la mollera lo que no debes hacer, vasco de los cojones? -Ahora tengo el cañón de una pistola en mi nariz, que siento húmeda-. ¿O quieres probar esto?
¿Me han trastornado los golpes o creo haber vivido o leído alguna vez una escena semejante?
– ¿Has tenido bastante? -Es la voz del otro.
– Contesta a mi compañero. Ni a él ni a mí nos gusta hacer estas cosas, pero a veces no hay otra forma de implantar un orden… ¿Qué contestas?
Cuando el aturdimiento deja paso a una incipiente consciencia, me asombra la falta de dolor. Esperan mi respuesta con los brazos caídos.
– Asunto acabado, ¿no? -insiste Luciano Aguirre.
¡Qué disparate que le bautizaran con uno de nuestros entrañables apellidos!
– Lo estoy pensando.
Reconozco mi voz, yo he pronunciado las tres palabras… en ausencia de Koldobike, que no las habría apoyado. Se acabaron los golpes, supongo que los brazos se cansan. Pero el dedo que aprieta el gatillo se alimenta con las espinacas de Popeye.
El frío del hierro penetra a fuego en mi sien. La voz de Luciano Aguirre también es metálica, y no parece de él sino de una página de Hammett.
– Sólo una palabra: «abandono», y salvas el pellejo. ¡Habla, librero!
– Nuestra paciencia se acaba.
– ¿Sabes que tienes más suerte que un jorobado? En situaciones así, lo que pueda decir un rojo nos lo pasamos por los huevos: disparo y a la cuneta. Pero tenemos un buen día. -Están jugando conmigo, creen saber lo que contestaré-. Caerás como un saco y ni siquiera serás un héroe sino un conejo más. Saldremos a la calle y nadie se nos pondrá delante, aunque hayan escuchado el tiro. Ahora todas las ejecuciones han de llevar la firma de Franco, pero hay agujeros: danos ese gustazo.
– Déjamelo a mí, estoy perdiendo la forma últimamente.
– Yo nunca me he cargado a un librero y me gustaría -asegura el que impide en la puerta que entre Koldobike.
¿Qué desenlace darían Hammett o Chandler a esta situación? Quizá se sacarían de la manga la eliminación sin más de este investigador privado por higiene narrativa.
El de la puerta echa el pestillo y se nos acerca trayendo en los ojos la ilusión de acabar de una vez con el conejo.
Luciano -ya no más Aguirre- le pasa la pistola y su cañón vuelve a apoyarse en mi frente.
– No, nunca me había cargado a un librero -dice, como constatando un fracaso.
Luciano acerca su rostro a un palmo del mío.
– Los vascos sabéis rezar. Reza.
– Creo que ellos lo escribirían así -musito-: «Me sería más fácil vivir muerto que olvidar el nervudo relato que voy a seguir escribiendo». Luciano se toma un silencio antes de exclamar:
– ¿Escribiendo?, ¿quién escribe?, ¿tú?
– Una novela negra. Ahora, con vosotros, más auténtica.
Luciano desvía la pistola de un manotazo en el momento en que el otro empuja el gatillo y sólo queda en el aire el estruendo de la explosión y una frase iracunda: «¡El muy cabrón nos ha llamado negros!».
– Repítelo -me ordena Luciano, observándome con desconcertado interés-. Una novela. Y negra, ¿no? Sé lo que es una novela negra. No es un género fundamental para la literatura de España como la poesía. No abundan los poetas novelistas. Algunos se arriesgan, pero más valiera que no lo hicieran. En Falange contamos con buenos poetas que cantan las glorias de España. Yo soy uno de ellos. ¿Por qué los poseedores de un género excelso parecen cojos al abordar una simple narración convencional e inferior?… Estoy seguro de que tú no eres poeta, nunca has sentido el mundo como poeta.