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– No -confieso.

– Cerrado a España y abierto a los judíos anglosajones.

No me fío de este inesperado viraje. Pero cuando Luciano arrebata la pistola a su compañero y la devuelve a la cartuchera de éste, empiezo a creer que la posguerra ha perdido un difunto. Luciano entra en el baño para coger la toalla y ponerla en mis manos.

– Límpiate la cara.

Así lo hago y, al descubrir la sangre que recoge, la aplico en adelante como simple esponja y la retiro empapada. Intento ir al baño, pero mis piernas son dos postes. Luciano me hace el trabajo de arrojar esa toalla al suelo del baño y recoger la segunda de la barra, que me entrega. Toda mi cara debe de ser un mapa enrojecido.

– Así que escritor. Novelista. Un poeta, como yo, entiende mejor la cosa narrativa que un novelista la poesía. Que quede esto bien claro entre nosotros. -Me conduce como a un rígido maniquí hasta la silla de mi mesa y consigue doblar mi cuerpo hasta sentarme-. Entre los falangistas abundan los poetas…, la doctrina de Falange es pura poesía…, más que en otro estamento militar. Somos la pluma y la espada. Alegarás que en el marxismo también hay poetas, pero nuestra lucha es la del espíritu en pos de la justicia social. Dicen nuestros enemigos que buscamos cambiar algo para que no cambie nada. Así nos atacan los muy negados para la poesía, pues todo esto te lo predica un falangista-poeta a quien se deben las letras de más de una de nuestras canciones patrióticas e imperiales, tan imprescindibles como los cañones; un falangista que ha ganado la guerra y quiere ganar la paz. Pero, te confieso…, ¡a quien las novelas se le atascan! Y tú, un simple librero que ha perdido la guerra y nada sabe de España y de su unidad de destino en lo universal…, ¡estás escribiendo una novela contra toda lógica! ¿Acaso en la literatura existen dos mundos y tú perteneces a uno y yo al otro? ¿En qué nos diferenciamos tú y yo? ¿Interviene aquí la política, los malos sois narradores y poetas los buenos?

Se inclina para examinar mi rostro apartando la toalla. Creo que tengo a sus dos compañeros a uno y otro lado.

– Que entre la enfermera -dice Luciano.

– Pero…

– ¡Traedla, coño! Necesito que este rojoseparatista me confiese cómo lo hace.

– Que no venga, que no me vea así -pido.

– No te me puedes morir ahora -dice Luciano.

Oigo el pestillo de la puerta y enseguida unas manos amigas apartan a un lado la toalla que sostengo.

– ¡Cielo santo, qué bárbaros! -casi grita Koldobike. Y continúa en un susurro que hace que la quiera más-: Bárbaros, bárbaros, bárbaros… Suelta mis manos, yo pierdo su calor, oigo el grifo del lavabo y regresa con la caja metálica que hace de botiquín y la pequeña palangana con agua. Un mojado guaté rastrea delicadamente mi rostro, y otro, seco, ultima el trabajo. Luego recompone las grietas con trocitos de gasa fijados con esparadrapo.

– Ésta se la hice yo -señala uno de los falangistas con el dedo.

Koldobike lo aparta de un empujón.

– Está mal, tiene que venir un médico.

– Más tarde -dice Luciano-. Él y yo hemos de hablar de cosas nuestras.

– ¿No ves que lo habéis dejado más muerto que vivo? -exclama Koldobike.

– Que te diga si su lengua no está muy viva, ¿verdad, librero? Este hombre guarda un gran secreto que me ha de revelar.

– ¿Y cómo se lo vas a sacar, metiéndole alfileres en las uñas?

Luciano la mira de un modo que temo por ella.

– Más vale que te calles, rubia. ¿Qué haces con esa falda y ese pelo? ¡La nueva España no quiere indecencias!

Y enseguida parece centrarse en mí. Se inclina para hablarme al oído, pero en un volumen que también me habría atronado desde la otra punta de la librería.

– ¿Cómo puede afrontar el poeta una narración sin que le invadan flechas y luceros, flores de la campiña, mozas fermosas y corazones enamorados?

Me parece que comprendo a este camisa azul, cree que poseo algo muy valioso para él, me refiero a que me conviene creerlo: de momento, esa cosa me ha salvado el pellejo.

– ¿Qué quieres que te diga?

Espero que Koldobike también lo comprenda. Incluso Hammett y Chandler utilizarían una alternativa tan a mano para sus investigadores privados metidos en este brete.

– No te hagas el tonto, librero. Estás escribiendo un relato, una novela, según me has dicho, y parece que pita, a juzgar por la serenidad de tu rostro…, bueno, el rostro que tenías hace un rato. Quiero que me digas cómo consigues llevar adelante la historia sin filtraciones poéticas. Una buena narración no cae en estos baches.

Koldobike se incorpora como un resorte con una bola de guaté en la mano.

– ¡Basta de pamplinas, voy en busca de un médico!

– ¡Quietecita! La cuestión del médico vendrá después, de aquí no sale ni entra ni Dios. -Los dos secuaces de Luciano toman posiciones, uno en la puerta y otro detrás de Koldobike. Luciano va en busca del pequeño taburete para alcanzar libros y lo planta frente a mí, se sienta y me mira desde abajo-. Explícame cómo lo haces. -Creo que penetro la tragedia de este hombre. Sufre la misma angustia que me laceraba antes de entregarme al realismo. La relación entre él y yo ha dejado de ser sólo política.

– No tengo ningún hueso roto -tranquilizo a Koldobike.

– ¿Cómo lo sabes?

– Hay cosas de uno que se saben. No oí ningún chasquido. Esta gente pega de libro.

– Pues tu cara es un derribo. -Koldobike vigila el brote de nueva sangre-. ¿Cuánto va a durar esto?

Luciano se apropia para mí de la pregunta:

– ¿Cuánto va a durar esto?

Los que mandan tienen el privilegio de perder la paciencia hasta los límites que ellos mismos se marcan. Le miro y le veo a través de una neblina.

– Se trata de escribir lo que se ve y lo que se oye. Nada más…

Luciano medita con los ojos muy abiertos, y por fin exclama:

– ¡Pero eso está al alcance de una máquina de fotos y un registrador de voces!

– En cierto modo, el creador debe desaparecer. Narrar es centrarse en lo de fuera, y en este fuera hay otros, hay hombres y mujeres que deben pesar en la historia más que el propio narrador. Los poetas no saben hacerlo. No porque no puedan sino porque no está en su ser.

– Así que se trata de humildad.

– Y de algo de imaginación.

– ¿Imaginación en el realismo?

No sólo no tengo ningún interés en tocar estos temas, sino que mi cabeza es un balón de fútbol contra el que golpean las cuarenta y cuatro botas de un partido.

– Espera… -murmuro, levantando la mano derecha por primera vez para tocarme la frente.

– Cuidado con los esparadrapos -dice Koldobike.

– La imaginación es imprescindible para transformar la realidad en otra realidad y, sobre todo, para elegir una sobre la que trabajar recogiendo imágenes y sonidos.

– ¡Or kon pon! -exclama Koldobike. Hay una mezcla de asombro y burla de unas teorías que ella sabe mejor que nadie que nunca me sirvieron para nada.

– ¿Qué coño has dicho? -quiere saber Luciano volviéndose a ella.

Koldobike lo ignora.

– ¿Elegiste alguna realidad para escribir? -intervengo rápidamente a costa de una perforación de mi sien.

– He contado cosas de la anteguerra, la guerra y esta posguerra. Si la anteguerra, la guerra y la posguerra no son realidades, tú me dirás. Pero no me salieron.

– Porque lo hiciste como poeta.

Luciano resopla.

– En Falange hay mucho poeta, como te dije. Puede decirse que la esencia de nuestra Falange es poética. ¿No es poesía la justicia social, la lucha contra el desorden marxista, la entronización de un caudillo que implante un orden único en una España una, grande y libre? Las letras de nuestras canciones son pura poesía que arrastran a empresas imperiales. ¿Has vibrado alguna vez, librero, con el grito unánime de «¡Con el imperio hacia Dios!»? ¡Todos los falangistas anhelamos morir por España, lanzándonos contra las hordas marxistas, abierta la camisa azul para ofrecer mejor nuestro pecho! ¡Poesía, pura poesía!