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Los dedos de Koldobike tamborilean contra mi cráneo; sospecho que lo toma como el tambor de un desfile.

– Es natural que tan gran bagaje… poético… te embarulle una narración -expongo suavemente.

– ¿Embarullar? -protesta Luciano.

Me cuesta hablar y dejo que lo interprete como quiera. Calla también durante un buen rato, supongo que midiendo bien sus próximas palabras.

– Tomé la pluma una noche de 1938. Esta vez no sería poesía, ni siquiera un cuento, sino una novela corta. Tendría entre doce y quince capítulos. Poco diálogo y mucho discurso. Los protagonistas serían un falangista y su primera novia, hija de fusilado en una cárcel de Franco, roja como su padre pero guapa a rabiar. Naturalmente, este amor fracasa porque ella le pide que ponga una bomba. Y entonces el falangista resuelve enamorarse de una buena chica de la Sección Femenina… Todos estos prolegómenos me llevaron meses sin apenas escribir una línea. ¿Por qué?

– Miedo a la escritura.

– ¿Miedo? No me pasaba eso con la poesía: me venía la inspiración y ya estaba el primer verso. Aunque el relato, sí, era otra cosa. Bien, acepto el miedo…, que tampoco me proporcionó un compás de espera analítico. De manera que cuando tomo la pluma y me siento… ¡me sale una historia distinta!, la de un falangista que, después de ganar nuestra guerra, quiere ayudar a ganar la europea y le viene a huevo la División Azul que envió Franco al frente ruso. Le apuntan y le encargan reclutar más voluntarios. En noches de francachela emborrachaba a jóvenes para calentarles la cabeza con glorias imperiales, y en la madrugada les sacaba el papel donde tenían que firmar. Esta primera parte me salió más o menos decente; lo peor vino cuando quise contar lo que le pasa en Rusia a este valiente, uno de los cuarenta mil de la gloriosa División. Me atasqué, y hasta hoy. No lo entiendo, después del arranque prometedor.

– Recurre a tus recuerdos personales en Rusia -le apunto con esfuerzo.

– Es que yo no fui a Rusia.

– ¡Toma ya! -silba Koldobike.

– Te quedaste sin realidad -digo.

Era mi propio problema con la imaginación. Siento a Luciano más próximo de lo que desearía. ¡La maldita falta de imaginación ataca a los buenos y a los malos!

– No me desarbolé, esgrimí de nuevo la pluma -añade-. Y, de pronto, la novela daba un giro hacia el abismo, las gloriosas hazañas de la División Azul se reducían a lirismos sobre intercambiables estepas nevadas, rígidos uniformes helados, impasibles expresiones bajo gorros de piel con carámbanos-, añorados colores de prados primaverales. Mi pluma tampoco se sustraía a flechas y luceros. En cambio, tú, viento en popa. Lo tienes más fácil, no eres poeta. -Se lamenta y se levanta y apoya una mano en mi hombro-. Lamento la paliza, librero. -¿Por qué no van a ser sinceras sus palabras?-. Tú sí que tienes cojones.

– No se te olvide meter esto, Sam -dice Koldobike.

– Ah, claro, naturalmente. No sólo escribes la realidad sino que vives en ella. -Luciano se inclina sobre mí-. La verdad, librero: ¿incluyes todo, todo?

– Todo -asegura crudamente Koldobike.

– ¿Incluso esta escena, nosotros zurrándote y ahora intercambiando amigablemente confidencias?

– La novela de Sam Esparta es un saco sin fondo -añade Koldobike.

Luciano se atreve a tocar con sus dedos la cabellera explosiva de mi empleada y ella se los aparta de otro manotazo, y entonces los dedos descienden para señalar la falda. -Nunca se habían visto en Getxo estas pintas -dice, con un curioso brillo en su mirada-, y nuestro librero se llama ahora Samuel Esparta…, Esparta, ¿no?…, y es un investigador privado metido de cabeza en la serie negra con un crimen real. El héroe íntegro y sufrido y su incondicional secretaria para todo… ¡Pero si es de libro! ¡Qué escenografía se ha montado el jodido librero! Realismo, realismo. ¡Y la poesía a tomar por el culo!

10

Un rostro en la oscuridad

Es de noche, más de las nueve, cuando Koldobike y yo, apoyado en ella, alcanzamos mi portal, un trayecto familiar que siempre cubro en breves minutos, hoy seguramente doblados. Me siento en el primer peldaño de la escalera mientras ella sube al piso a poner en práctica la estrategia. Mi cuerpo ha resistido bien el viaje, sólo la queja de un par de huesos.

Koldobike no regresa sola. El gemido, al menos, que espero escuchar de mi hermana al ver mi estado, no se produce. Elise siempre fue una mujer entera, salía a descubierto cuando los Junkers alemanes pasaban sobre nuestras cabezas para bombardear Bilbao, el aeropuerto de Sondika o la industria de la Ría, pero también se les podía ocurrir soltar sus bombas sobre Getxo, a modo de entrenamiento; yo prefería verlos bajo techado. Desde la muerte de nuestro padre, ella fue en el hogar la figura fuerte.

– Tenéis razón, mejor que no lo vea -sentencia al verme.

La estrategia consiste no en que ama no me eche la vista encima de ningún modo sino en dejar el piso en penumbra. Subimos los tres -Elise a un costado, ayudándome y con la mano abierta acariciando mi nuca, y Koldobike al otro lado, como apoyo de mi antebrazo-, y, ante la puerta, cerrada, se despide mi «incondicional secretaria», no una sino cuatro veces, y se va escaleras abajo.

Elise entra en casa y, segundos después, se apagan todas las bombillas: ha quitado los plomos. Oigo su voz: «¡Qué lata, otro corte de luz!». Y ama: «Nada de corte, son las brujas». Así que las dos se ponen a buscar velas en los cajones, y las encienden y la cocina queda en una penumbra protectora. Ceno, sin ganas, berza sobrante del mediodía y un tazón de leche que no puedo terminar. Sólo pienso en la cama, donde Elise me desnuda hasta dejarme en calzoncillos. Intenta darme unas friegas con alcohol, pero mi mano frena la suya en el primer recorrido doloroso. Nos despedimos con el mejor logro: los ojos de ama no se han enterado.

En la madrugada, aún de noche, la puerta se abre sigilosamente dos palmos y asoma la cabeza de mi hermana tras una vela. Para que se fuera me bastaría con no hablar.

– Pasa.

– ¿Cómo estás? -La llamita indaga en mi rostro y no parece bastarle-. Voy a encender la luz.

– Faltan los plomos -le recuerdo.

– Acabo de reponerlos.

– Prefiero que no enciendas.

– Yo no soy ama, ayer vi tus marcas. Lo único que sé, por Koldobike, es que fueron falangistas.

– Pero todo está arreglado.

– ¿Arreglado? -No me cree-. Te haré una cura. -No enciende la luz hasta su regreso con una farmacia-. ¿Sabes cuántas marcas tienes? Tienes cuatro. Y otros tantos moretones. Sin contar el medallón del ojo… Ahora, a dormir -me pide cuando acaba. Llega a la puerta y se vuelve-. Por cierto, antes casi no conozco a Koldobike. ¿Qué hace esa chica? -Apaga la luz y, ya en el pasillo, la oigo antes de cerrar la puerta-: A ti y a ella, y a ella y a ti, os veo muy raros.

Estoy seguro de que la investigación marcha. No he conseguido nada definitivo, ni siquiera importante, pero el caso se mueve, hablo con gente y me entero de cosas nuevas, con gente entre la que ha de estar el tipo que ya habrá empezado a ponerse nervioso. Si esto es así, ya tengo mucho. ¿Significa algo la intromisión de los falangistas de Luciano? Sí para mí: cada vez que llegaba a este punto, a lo largo de la noche, tocaba partes de mi cuerpo maltrecho. Y sentía que en este cuerpo algo resucitaba. Este pensamiento golpeando mi cerebro es el que me ha puesto en la cocina a las nueve de la mañana, ya vestido. Elise me sale al paso y le ofrezco la mejor expresión posible que, asombrosamente, la tranquiliza y me anima a decir: