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– Estoy mucho mejor.

Y es posible que sea verdad. Me lavo las manos en la fregadera y me refresco rostro y cabeza, con la hermana detrás, comprobando mis posibilidades.

– Voy a salir.

– Siéntate -dice ella sin sorprenderse.

Primero, el cambio de apósitos, y luego el tazón de leche caliente y la manzana.

– Vete, antes de que aparezca ama. No te he dicho que llueve porque no serviría de nada.

Me pone en la mano el paraguas y la gabardina. La miro abiertamente.

– Estoy escribiendo otra novela.

Sube un rastro de alegría a su rostro.

– ¿Es verdad que todo se ha arreglado con los falangistas?

– Tranquila -le sonrío.

Bendita lluvia que me permite ocultar el rostro bajo el paraguas al paso de conocidos. Creo que me faltaba la gabardina para sentirme más Sam Esparta. Por supuesto, Koldobike tiene abierto el chiringuito. La expectación con que trato de localizarla en el interior me confunde por mi falta de dudas en las horas precedentes: sí, continúan el rubio platino y la falda exigua; una irreductibilidad que endurece más la mía.

– Hola.

– Hola. El mundo no se hunde aunque uno no se levante de la cama.

– ¡Sí, se ha hundido de ayer a hoy, he perdido el ritmo, ignoro cuál ha de ser el siguiente paso!

– ¿Lo sabías ayer? No… La siguiente visita podría ser al padre.

– ¿Roque Altube? ¡Es el padre del difunto Leonardo! Un padre no mata a su hijo.

– Es un hombre serio, de palabra, de los de antes. Los gemelos eran una mancha en el apellido.

– ¿Limpieza de sangre con sangre? Estás loca. Además, en 1935 tendría setenta años. ¿Te imaginas a un viejo así aquella noche en la playa atacando a sus propios hijos?

– Dos años después lo vieron en el frente vasco durante toda la campaña. Un viejo muy especial… Pero olvídalo. Aunque podría darte mucha información. Entonces la policía le hizo preguntas…

– ¡Estoy a oscuras, no puedo pensar, he perdido el pulso de la investigación!

Koldobike llega ante mí y examina mi rostro.

– Elise ha hecho un buen trabajo… ¿Sabes lo que te digo? Que si ahora te pregunto qué tal estás me jurarás que estás muy bien, pero yo no quiero responsabilidades y te mando a casa, que aquí no haces falta… ¿Adónde vas?

– A retomar el hilo.

– Estaba segura.

Es un sinsentido que llueva sobre la playa. Es distinto en un monte, donde hay vegetación que regar. La arena de Arrigunaga es menos blanca que la de Ereaga, y encima las gotas de lluvia la oscurecen más. Cuando uno recorre la playa bajo la lluvia es que no la esperaba; y lo más inverosímil es ver a este uno protegiéndose con paraguas y gabardina. No hay un alma: los veraneantes se retiraron a sus cuarteles de invierno, y hay que ser un nativo muy loco para bajar a pescar lloviendo, por no hablar de darse un baño. Mi presencia adquiere una relevancia insospechada, hasta el punto de oírme decir: sí, hay alguien en la playa: yo. Porque aquí empezó todo.

Hay varios accesos a la playa. A mi espalda, en la otra punta, las peñas que arrancan del Puerto Viejo y discurren bajo el acantilado; hacia el centro de la playa, la bajada del monte, junto al chiringuito de Maruri a cobijo de las ruinas del castillo, una prolongación de la carretera. Unos pasos más adelante, la otra prolongación, que también muere en la arena, aunque apuntando a la peña de Félix Apraiz. Es la que yo he elegido: es la ruta que hubo de tomar Lucio Etxe para correr a la herrería del difunto Antimo Zalla al descubrir a los gemelos encadenados. Cuando alcanzo el veintiséis advierto que estoy contando mis propios pasos, y al punto lo dejo. Qué tontería: es lo que hacíamos de chavales, por ejemplo, para marcar los límites de un campo de fútbol en la arena… ¿Por qué ahora? No es nostalgia; se trata de ese tonto de…, ¿cómo se llama?…, que no tiene otra cosa que hacer que medir todo Getxo á pasos. ¡A pasos! Sólo a un ocioso de Neguri se le ocurre perder el tiempo con semejante excentricidad. Sin embargo, con menos pasos a dar, Antimo Zalla quizás habría llegado a tiempo de salvar a Leonardo Altube. ¿Por qué hablo de pasos y no de metros? Quizás en breve, Getxo disponga de un plano de distancias y tiempos medidos en pasos. Y yo, ahora, he reanudado la cuenta de los míos camino de la peña de Félix Apraiz.

¿De quién será ese tablón con una piedra encima marcando posesión? Lo ha escupido la mar esta noche y alguien lo ha hecho suyo. ¿Dónde está ese alguien? Seguro que está viajando a su casa con otra carga y regresará.

– ¡Hola, librero!

Me vuelvo: es Luciano, el falangista, que se me acerca a un trote silencioso por la arena, envuelto en una gabardina y bajo otro paraguas. Si me costaba hilvanar dos pensamientos sobre el caso…

– ¿Qué quieres ahora? -me encaro con él.

– Me alegra verte de pie. ¿Fuiste al médico?

Le doy la espalda para seguir adelante. Me sigue.

– Escucha: nuestras palizas son únicamente aparatosas. Cuando queremos acabar con un ciudadano no andamos con medias tintas… También me alegra verte aquí, porque necesito aprender pronto. No he pegado ojo en toda la noche.

– ¿Aprender?

– Quiero ver cómo lo haces, cómo y cuándo lo escribes. Sobre todo, cómo.

– Lo estoy escribiendo ahora mismo. -Me vuelvo-. Tú y yo, aquí, en la playa… Aunque esta escena es un pegote.

– Pero también irá en la novela.

– ¡Y la de ayer en la librería, los tres valientes de la nueva España!

– ¡Magnífico, es lo que sospechaba! ¡Todo vale, todo lo que ocurre ante tus narices! Pero no es fácil de digerir para un poeta como yo.

– ¿Y a mí qué cojones me importa tu problema? -estallo.

– Eh, eh, que no es un lenguaje propio de un librero…, aunque me gusta tu genio, que no seas un marica vencido sino un tío con sangre, como nosotros. Nos entenderemos.

De nuevo, tomo la dirección de la peña y él detrás… Sí, allí empezó todo…, pero ¿cómo concentrarme con el moscardón que llevo a la espalda?

– Es posible que me necesites, como yo a ti -le oigo-. Te convenceré con tu propia fórmula: estoy aquí, luego tienes que incluirme en tu historia. ¿Por qué? Porque soy una realidad que se mueve ante tus narices. No contabas conmigo, pero surjo. Son los imperativos de la maldita realidad. ¡Bendita sea la libertad de la poesía!

– Regresa a tu imperio hacia Dios y déjame en paz. -Me vuelvo a mirarle-. ¿Dónde estabas la noche de junio de 1935 en que mataron a Leonardo Altube?

Observo cuidadosamente su reacción. No esperaba la pregunta. Su sonrisa es más una mueca forzada.

– No en Getxo. A finales de junio de ese año estaba en Valladolid falsificando las papeletas de los exámenes de fin de curso. Tres cursos de abogado sin pisar un aula. Las papeletas me salían cada vez mejor. Luego, gracias a la guerra, no tuve que falsificar ningún diploma. Mis pobres padres siguen creyendo que, como a tantos, la guerra truncó mi carrera. Pero regresé de Valladolid con algo mejor: la doctrina de José Antonio, la ideolog…

– O sea, que no estabas en Getxo -le corto. -No.

– Quizá viniste para matar y regresaste a Valladolid a rematar la chapuza de las papeletas. Los meses son largos, el crimen se cometió el día siete.

– No me investigues, librero. Pierdes el tiempo. Aunque fuera el asesino…, a ver si me entiendes…, todo quedaría en agua de borrajas. Me gusta tu interrogatorio porque hace que me sienta dentro de la novela, así que pronto estaría en disposición de escribirla… Sólo que no sé cómo empezar.

Nos hemos detenido, estamos frente a frente. Aunque ha dejado de llover, nuestros paraguas siguen abiertos.