Poco me faltó para indicarle que el mejor reloj la lechera lo tenía en su estómago para recordarle a cada paso que no había desayunado, pero no quise perturbar su entusiasmo. «Las distancias, tanto en kilómetros como en metros, son también pasos. Naturalmente, dejo fuera las millas marinas por una razón evidente», continuaba él. «Nadie mejor que un anciano me puede entender. Los ancianos caminan mucho, ¿lo sabe usted? O yo mismo, con mis más de cincuenta años. Cuando el médico nos recomienda: ande usted de dos a cuatro kilómetros por día, lo primero que el paciente escrupuloso se pregunta es cuántos pasos representan esos dos o cuatro kilómetros, pues en pasos sólo tiene medidos su pasillo, su huerta o jardín o la distancia a la tasca. Mis mapas se lo dicen.» Al final de la carretera que muere en la playa, me comenta: «Curiosa en grado sumo esa empleada de usted. ¿Aún no la ha amenazado su párroco con enviarla a la cárcel si no se cambia de falda?».
La arena está seca y nuestras pisadas se hunden. ¿Cómo estaría aquella noche? La marcha es más lenta sobre arena blanda, por lo que Lucio Etxe habría tardado más tiempo en salvar el trozo de playa que ahora pisamos, tanto al ir como al volver con los herreros. Habrá que tenerlo en cuenta al calcular los tiempos.
Luis Federico Larrea aún no sabe a qué le he traído. Hemos alcanzado la punta derecha de la playa, el rincón de Kobo, al pie del acantilado de La Galea, donde depositarían los cuerpos de los gemelos al ser sacados del agua. Distingo la gran peña de Félix Apraiz sobresaliendo de la mar, que sólo llevará subiendo una hora.
– ¡Magnífico escenario! -exclama Luis Federico inhalando aire marino a pleno pulmón y dando a su mirada un recorrido de ciento ochenta grados.
– Un escenario que quiero meter en un reloj -le anuncio-. Abra usted esa carpeta que está deseando abrir y de la que sólo necesito cuatro mapas: el trayecto de aquí a la carretera, y el de carretera arriba hasta la herrería de los Zalla y regreso aquí. Más que distancias, tiempos. Y no tiempos normales, tiempos de pasos de carrera, pues Lucio Etxe salvó corriendo el tramo de playa y la carretera arriba, para luego seguir corriendo carretera abajo y, por segunda vez, el tramo de playa. Corriendo se llega antes… y aun así llegó tarde. ¿Dispone usted de mapas con estas medidas?
– ¡Por Dios! -se ofende.
– No sería demérito para usted si le faltaran pasos de carrera.
Pero Luis Federico Larrea sonríe con suficiencia.
– Tengo lo que necesita -declara, feliz-. Es como si la Providencia hubiera pensado en usted cuando me iluminó a mí. No recurrí a variantes de los mismos mapas, un simple número corrector lo arreglaría todo: el 0,87. En las pruebas para determinarlo hice correr a un sobrino de doce años, una centella, y a mi abuelo de noventa y cuatro, y saqué un promedio. Mi abuelo falleció un mes después y siempre deseé que esas carreras no fueran las culpables.
Me ruega que le sostenga la carpeta y saca de ella los cuatro mapas tras una selección de papelotes. Con una estilográfica de oro anota números en una hoja en blanco, al tiempo que entona con orgullosa seguridad:
– 434 pasos de playa (pasos míos y de paseo), son 7,3 minutos; 750 pasos carretera arriba, 12,5 minutos; en la bajada, al ser pasos más largos, no son más que 732, que representan 10,3 minutos; los 434 pasos dé regreso en la playa no darían el mismo tiempo, debido al cansancio, así que registramos 8,6 minutos. Total de pasos…
– No me interesan los pasos, sólo los minutos.
– Total de minutos: 38,5. Es lo que yo tardé al realizar el experimento, un tiempo que no es el tiempo de un ciudadano medio, así que hemos de aplicarle el número corrector. -Se detiene, concluye las últimas operaciones y notifica al mundo-: ¡Treinta y tres con cincuenta y seis minutos! ¿Qué hacemos ahora con estos treinta y tres con cincuenta y seis minutos?
Es una pregunta reivindicativa, y hasta yo mismo admito que Luis Federico Larrea se ha ganado una respuesta:
– ¿Cuántos centímetros sube el nivel de la mar en treinta y tres con cincuenta y seis minutos? Éste es el huevo.
– ¿El huevo? Lo lamento, carezco de mapas sobre los vaivenes del mar.
– Me ha sido de gran ayuda, don Luis Federico. Gracias. Usted me acaba de proporcionar el primero de dos datos fundamentales que necesitaba.
– ¿Para el huevo?
– Sí. Pero no le molesto más. En tres o cuatro días recibiremos el otro libro y la revista que encargó.
– ¿Me está echando usted de la playa?
Es una pregunta tan amable que me desarma. Y, de pronto, me viene la escena de Lucio Etxe aporreando la puerta de los herreros…
– ¡No son suficientes esos treinta y tres minutos con cincuenta y seis! Los Zalla tardaron demasiado en saltar de la-cama y que la trágica situación penetrara en sus embotadas molleras…
– Usted me está hablando de la carrera arriba y abajo de ese Lucio Etxe, ¿verdad?
– Hay que sumar más minutos. Por lo que me contó, por la forma en que lo hizo, por su desesperación…, yo calcularía, redondeando…, ¿de qué otro sistema dispongo?…, quince minutos. Tan arbitrarios serían catorce como dieciséis. Ni usted ni yo estuvimos allí, y han transcurrido diez años. De modo que los treinta y tres con cincuenta y seis más quince dan cuarenta y ocho con cincuenta y seis. ¿No le resulta a usted ridículo este pico de cincuenta y seis? Suprimido.
– Cuarenta y nueve -rezonga Luis Federico de mala gana.
Tenemos la peña de Félix Apraiz a unos cien metros. Me la quedo mirando. Las últimas palabras de mi acompañante suenan a tanteo exploratorio:
– Encima de esa pequeña mole asesinaron a un pobre muchacho.
– ¿Lo recuerda? Quizá sólo sufriera un terrible accidente.
– ¿Accidente? Si no me equivoco, estaba encadenado.
¿Ignora dónde se está metiendo? Trato de desviar el rumbo:
– Por fin, aparecieron las cadenas. Joseba Ermo las guardaba desde entonces en secreto. Esperaba que transcurrieran estos diez años y se pusiera a tiro un incauto como usted.
Sonríe.
– Entre otras cosas, como usted ya sabe, soy coleccionista también de piezas relevantes por motivos dispares, y esas cadenas arrastran un pasado de sangre. Son, sí, altamente morbosas, deseadas. El coleccionismo es una adicción. Mis sótanos, tengo tres, se hallan abarrotados de tesoros. Es una forma de llenar una vida.
Ninguna nube pasa por su semblante; continúa sonriendo con esa aparente inocencia que á los dueños de un buen bolsillo les permite mecerse sobre cualquier mundo en llamas. Este pensamiento me endurece repentinamente.
– Si en este suceso, aún no esclarecido, hubiera un criminal, quizá lo sea quien robó esas cadenas de la ferretería. Y esta sospecha puede hacerse extensiva a usted, que las desea… ¿para hacerlas desaparecer?
No se inmuta. Esta gente vive varios peldaños por encima de los demás.
– ¿Por qué? -quiere saber. Al menos, lo simula.
– Podría haber en ellas algo revelador. ¿Quién las vio?, ¿quién las recuerda hoy?
– Usted aludió a un «terrible accidente»… ¿También figurarían en él las cadenas?
– Con más razón o con toda la razón, pues las cadenas nos están hablando de un artificio inteligentemente montado, con ellas como eje. Si alguien hubiera querido eliminar de verdad a los gemelos Altube…
– Ah, sí, ellos eran, los Altube.
– …lo habría llevado a cabo con un procedimiento contundente, no empleando un encaje de bolillos.