Выбрать главу

– Tengo entendido que espera una intervención para sustitución de cadera.

Había sido Barbara, desde luego, la que se lo había explicado, pero él se guardaría de ser el primero en mencionar el nombre de ella.

– Sí, estoy en la lista del hospital ortopédico.

– Perdóneme, ¿por qué no acudir a una clínica privada? ¿No estará usted sufriendo innecesariamente?

Ella pensó que aquello era una observación incongruente, casi indecorosa, con la que iniciar una visita de pésame, pero tal vez fuese el modo que él tenía de enfrentarse a su dolor y su estoicismo, refugiándose en el terreno profesional, el único en el que se sentía seguro y que le permitía hablar con autoridad.

Lady Ursula contestó:

– Prefiero que me traten como una paciente de la Seguridad Social. Me agradan mis privilegios, pero éste es, precisamente, uno de los que no deseo.

Él sonrió levemente, como si quisiera contentar a un chiquillo.

– Me parece un tanto masoquista.

– Tal vez sí; sin embargo, no le he convocado aquí para pedirle una opinión profesional.

– Que, como ginecólogo, de todos modos no tendría competencia para ofrecerle. Lady Ursula, esta noticia sobre lo que le ha ocurrido a Paul es terrible, increíble. ¿No habría debido avisar a su propio médico? ¿O tal vez a un amigo? Debería tener a alguien a su lado. Es un error quedarse sola en momentos como éste.

Ella repuso:

– Tengo a Mattie si necesito los paliativos de costumbre: café, alcohol o calor. A los ochenta y dos años, las pocas personas a las que una desea ver están ya todas muertas. He sobrevivido a mis dos hijos, y eso es lo peor que puede ocurrirle a un ser humano. Tengo que soportarlo, pero no tengo por qué hablar de ello.

Hubiera podido añadir: «Y menos con usted», y le pareció como si estas palabras, aunque no pronunciadas, flotaran en el aire entre los dos. Por unos momentos, él guardó silencio como si las calibrase, aceptando la justicia que contenían. Después dijo:

– Desde luego, yo la hubiera visitado más tarde, aunque no me hubiese telefoneado. Pero es que no tenía la seguridad de que deseara ver a alguien tan pronto. ¿Recibió mi carta?

Debió de haberla escrito apenas Barbara le comunicó la noticia y la había enviado por mediación de una de sus enfermeras, que, en su apresuramiento por regresar a casa después de una noche de guardia, ni siquiera se había detenido para entregarla en mano, y se había limitado a introducirla en el buzón. En ella, él había empleado todos los adjetivos de costumbre. No había necesitado un diccionario de sinónimos para decidir la respuesta apropiada. Después de todo, el asesinato era algo espantoso, terrible, horrendo, increíble, un verdadero ultraje. Pero la carta, una obligación social cumplimentada con excesivo apresuramiento, carecía de convicción.

Y, por otra parte, hubiera debido saber que no resultaba procedente hacer que su secretaria la pasara a máquina. Sin embargo, pensó ella, eso era típico. Eliminando aquella pátina tan cuidadosamente adquirida de éxito profesional, prestigio, modales ortodoxos, el hombre auténtico quedaba a la vista: ambicioso, algo vulgar, sensible tan sólo cuando se le pagaba ostensiblemente. Pero sabía que gran parte de esto era prejuicio, y que el prejuicio era peligroso. Debía procurar delatarse lo menos posible si la entrevista había de transcurrir como ella deseaba. Y no era justo criticar la carta. Dictar un pésame a la madre de un marido asesinado al que uno le había estado poniendo cuernos durante los últimos tres años, era algo que hubiera exigido mucho más que el limitado vocabulario social que él pudiera poseer.

No le había visto desde hacía casi tres meses y de nuevo le impresionó su buen aspecto.

Había sido un joven atractivo, alto, un tanto desaliñado y con una espesa cabellera negra, pero ahora aquella figura desaliñada había sido pulida y perfeccionada por el éxito; ofrecía su alta figura con una fácil seguridad y sus ojos grises -que, como ella sabía, utilizaba tan certeramente- reflejaban una solidez fundamental. Su cabello, escarchado ahora por algunas canas, todavía era espeso, con un desorden que los peluqueros más caros aún no habían disciplinado por completo. Era un detalle que contribuía a su atractivo, indicando una individualidad indomable, muy distante del modelo tedioso y convencional de apostura masculina.

Se inclinó hacia adelante y la miró fijamente, con sus ojos grises ablandados por la compasión. Ella se indignó ante aquella fácil adquisición de la preocupación profesional, pero tuvo que reconocer que la adoptaba muy bien. Casi esperó que él le dijera: «Hicimos todo lo posible, todo lo humanamente posible». Después se dijo a sí misma que aquel pesar podía ser auténtico. Había de resistir a la tentación de menoscabar sus facultades, de clasificarlo como el apuesto y experimentado seductor de los seriales baratos. Fuera lo que fuese, aquel hombre no era tan sencillo de calibrar. Ningún ser humano lo es. Y estaba, al fin y al cabo, reconocido como un buen ginecólogo. Trabajaba de firme y conocía su oficio.

Cuando Hugo estudiaba en Balliol, Stephen Lampart fue su amigo más íntimo; en aquel tiempo, ella le apreciaba y parte de este aprecio todavía persistía, mezclado con resentimiento y sólo reconocido a medias, pero vinculado a recuerdos de paseos bajo el sol en Port Meadow, almuerzos y risas en las habitaciones de Hugo, con años de esperanza y promesa. Fue el muchacho inteligente, guapo y ambicioso procedente de un hogar de clase media baja, simpático, divertido, capaz de conseguir la compañía que deseara gracias a su aspecto y a su ingenio, astuto al ocultar la ambición que hervía en él. Hugo fue el privilegiado, con una madre hija de un conde, un padre baronet y distinguido militar, poseedor del nombre Berowne, heredero de lo que quedara de la fortuna de los Berowne. Por primera vez, se preguntó si él no se habría sentido antagonista, no sólo de Hugo, sino de toda su familia, y si su traición subsiguiente no tendría unas largas raíces en el terreno de una antiquísima envidia. Dijo:

– Hay dos cosas que debemos discutir, y tal vez no haya mucho tiempo ni tampoco otra oportunidad. Acaso deba decir, en primer lugar, que no he solicitado su presencia aquí para criticar la infidelidad de mi nuera. No estoy en condiciones de criticar la vida sexual de nadie.

Los ojos grises mostraron cautela.

– Es muy prudente por su parte. Pocos estamos en condiciones de hacerlo.

– Sin embargo, mi hijo ha sido asesinado. La policía pronto lo sabrá, si no lo sabe ya. Y yo ya lo sé ahora.

Él repuso:

– Perdone, pero ¿puede estar segura de ello? Todo lo que Barbara pudo decirme al telefonear esta mañana era que la policía había encontrado el cadáver de Paul y el de un vagabundo… -hizo una pausa- con heridas en sus gargantas.

– Los dos tenían la garganta cortada. Los dos habían sido degollados. Y, a juzgar por el tacto exquisito con el que se comunicó la noticia, supongo que el arma fue una de las navajas de Paul. Supongo que Paul pudo haber sido capaz de matarse. La mayoría somos capaces, si atravesamos situaciones lo suficientemente penosas. Pero de lo que no era capaz era de matar a ese vagabundo. Mi hijo fue asesinado, y esto significa que hay ciertos hechos que la policía se obstinará en descubrir.

Él preguntó, con toda calma:

– ¿Qué hechos, lady Ursula?

– Que usted y Barbara se entienden.

Las manos unidas flojamente sobre el regazo de él se contrajeron, para relajarse inmediatamente. Sin embargo, se mostró incapaz de enfrentarse a la mirada de ella.

– Comprendo. ¿Fue Paul o Barbara quien se lo explicó?

– Ninguno de los dos. Pero durante cuatro años he vivido en la misma casa con mi nuera. Soy una mujer. Puedo estar imposibilitada, pero todavía conservo el uso de mis ojos y de mi inteligencia.

– ¿Cómo se encuentra ella, lady Ursula?

– No lo sé. Pero, antes de que se marche, le sugiero que procure averiguarlo. Desde que recibí la noticia, sólo he visto a mi nuera durante tres minutos. Al parecer, está demasiado disgustada para hablar con las visitas. Todo parece indicar que a mí se me considera una visita.