– ¿Es justo lo que dice? A veces, resulta más difícil hacer frente al dolor de los demás que al de uno mismo.
– ¿Sobre todo si el de uno mismo no es muy intenso?
Él se inclinó hacia adelante y habló con suavidad:
– No creo que tengamos derecho a suponer eso. Es posible que los sentimientos de Barbara no sean intensos, pero Paul era su marido. Ella se preocupaba por él, probablemente más de lo que usted y yo podamos comprender. Se trata de un acontecimiento espantoso para ella, para todos nosotros. Veamos, ¿hemos de hablar de esto ahora? Tanto usted como yo estamos bajo una fuerte impresión.
– Hemos de hablar y no hay mucho tiempo. El comandante Adam Dalgliesh vendrá a verme tan pronto como hayan terminado con lo que estén haciendo en la iglesia. Es de suponer que deseará hablar también con Barbara. Con el tiempo, probablemente antes de lo que quepa suponer, también acudirán a usted. Yo he de saber lo que usted se dispone a decirles.
– ¿No es ese Adam Dalgliesh una especie de poeta? ¡Extraña afición para un policía!
– Si es tan buen detective como poeta, es un hombre peligroso. No subestime a la policía por lo que lea en los periódicos.
Él repuso:
– No subestimo a la policía, pero no tengo motivo para temerla. Sé que combinan un entusiasmo machista por la violencia selectiva con una rígida adhesión a la moralidad de la clase media, pero no creo que usted pueda sugerir seriamente que sospechen que yo le corté la garganta a Paul por el hecho de acostarme con su esposa. Es posible que estén alejados de la realidad social, pero, con toda seguridad, no pueden estarlo tanto.
Ella pensó: «Esto ya encaja más, éste es el hombre auténtico». Contestó con perfecta tranquilidad:
– Yo no digo que la policía sospeche de usted. No dudo de que podrá presentar una coartada satisfactoria para la noche pasada. Sin embargo, causarán menos problemas si ni usted ni ella mienten sobre su asunto. Yo prefiero, por mi parte, no tener que mentir al respecto. Como es natural, tampoco brindaré gratuitamente esta información, pero es muy posible que me lo pregunten.
– ¿Y por qué deberían hacerlo, lady Ursula?
– Porque el comandante Dalgliesh trabajará en estrecha relación con la Sección Especial. Mi hijo fue ministro de la Corona, aunque fuese por poco tiempo. ¿Supone que en la vida privada de un ministro, en particular un ministro de ese Ministerio, puede haber algo que desconozcan aquellas personas cuya tarea consiste en descubrir y documentar este tipo de escándalo potencial? ¿En qué clase de mundo cree usted que vivimos?
Él se levantó y empezó a caminar lentamente de un lado a otro, ante ella. Finalmente dijo:
– Supongo que tendría que haber pensado en esto. Y lo habría hecho, si hubiera dispuesto de más tiempo. Pero la muerte de Paul ha sido un golpe abrumador. No creo que mi mente trabaje todavía como es debido.
– Entonces, le sugiero que empiece ya a trabajar. Usted y Barbara han de coincidir en sus historias. Mejor dicho, han de coincidir en decir la verdad. Tengo entendido que Barbara era ya su amante cuando usted se la presentó a Hugo, y que siguió siéndolo después de morir Hugo y casarse ella con Paul.
Él se detuvo y se volvió hacia ella.
– Créame, lady Ursula, no fue nada planeado; las cosas no ocurrieron así.
– ¿Irá a decirme que ella y usted decidieron generosamente abstenerse de su relación sexual, al menos hasta que terminara la luna de miel?
Él se detuvo ante ella y la miró fijamente.
– Creo que hay algo que debería decir, pero me temo que no sea muy… propio de un caballero.
Sin decir una palabra, ella pensó: «Ese término carece ya de todo significado. Contigo, probablemente nunca lo tuvo. Antes de 1914, cabía hablar así sin que las palabras sonaran falsas o ridículas, pero ahora no. Esa palabra y el mundo que representaba, han desaparecido para siempre, pisoteados en los fangos de Flandes». Dijo:
– Mi hijo ha sido degollado. Ante semejante brutalidad, no creo que debamos preocuparnos por cuestiones de dignidad, sean o no falsas. Estoy hablando de Barbara, desde luego.
– Sí. Hay algo que usted debiera comprender, si no lo ha comprendido todavía. Yo puedo ser su amante, pero ella no me ama. Desde luego, no desea casarse conmigo. Se siente tan satisfecha conmigo como podría estarlo con cualquier hombre. Por eso yo comprendo sus necesidades y no planteo exigencias. Al menos, no muchas exigencias. Todos presentamos alguna. Y, desde luego, yo la quiero a ella, tanto como pueda yo querer a alguien. A ella, esto le es necesario, y se siente segura conmigo. Pero nunca desearía librarse de un excelente marido y de un título para casarse conmigo. No mediante el divorcio, y, desde luego, menos contribuyendo a un asesinato. Tiene usted que creer esto, si es que usted y ella han de seguir viviendo juntas.
Ella replicó:
– Al menos, ha hablado con franqueza. Parece que están cortados a la medida el uno para el otro.
Él aceptó el sutil insulto que había detrás de esa ironía.
– Ya lo creo -contestó con tristeza-, estamos cortados a la medida. -Y añadió-: Sospecho que ella ni siquiera se siente particularmente culpable. En todo caso, menos que yo, por extraño que esto pueda parecer. Es difícil tomarse el adulterio en serio si la persona no obtiene de él un excesivo placer.
– Su papel debe ser agotador y escasamente satisfactorio. Le admiro por su capacidad de sacrificio.
La sonrisa de él, aunque discreta, era evocadora.
– ¡Es tan hermosa! Se trata de un rasgo absoluto, ¿no cree? Ni siquiera depende de si ella se encuentra bien o contenta, o de si no está cansada o de lo que lleve puesto. Es algo que siempre está presente. No puede usted culparme por haber intentado hacerla feliz.
– Ya lo creo que sí -contestó ella-, puedo hacerlo y lo hago.
Pero sabía que con estas palabras distaba de ser sincera. Durante toda su vida se había sentido cautivada por la belleza física en hombres y en mujeres. Había sido la meta fija en su vida. Cuando, en 1918, con su hermano y su prometido muertos, ella, la hija de un conde, llegó a la edad propia de desafiar la tradición, ¿qué otra cosa tenía para ofrecer? Pensó, con ruda sinceridad, que no podía ofrecer un gran talento dramático. De modo casi casual e instintivo, exigió belleza física en sus amantes y nunca sintió celos de la de sus amigas, sino que se mostró excesivamente indulgente en este aspecto. Todos se sorprendieron, cuando a la edad de treinta y dos años se casó con sir Henry Berowne, aparentemente por unas cualidades menos obvias, y le dio dos hijos. Pensó ahora en su nuera, tal como la había visto muchas veces, de pie e inmóvil frente al espejo del vestíbulo. Barbara era incapaz de pasar ante un espejo sin aquel momento de inmovilidad narcisista, aquella mirada tranquila y profunda. ¿Qué podía mirar? Aquel primer pliegue junto a los ojos, aquel tono azul apagado, una reseca arruga en la piel, las primeras marcas en el cuello que mostraran cuan transitoria podía ser aquella perfección tan preciada.
Él seguía paseando de un lado a otro, sin dejar de hablar.
– A Barbara le gusta ver que se le presta atención. Hay que admitirlo en lo que se refiere al acto sexual. Desde luego, se presta una atención, específica e intensa. Ella necesita hombres que la deseen. En realidad, ni siquiera quiere que lleguen a tocarla. Si ella pensara que yo intervine en la muerte de Paul, no me daría las gracias. No creo que llegara a perdonarme y, desde luego, no me protegería. Lo siento. He hablado con excesiva franqueza. Pero creo que todo esto había que decirlo.
– Sí, había de decirlo. ¿A quién protegería ella?
– A su hermano, tal vez, pero no creo que por mucho tiempo, y no, desde luego, si ello implicara algún riesgo para ella. Nunca han estado muy unidos.