– En realidad, no es un caballero, no es como el padre Kendrick. En seguida salta a la vista. Después de todo, el padre del padre Kendrick era un obispo, y la señora Kendrick es, bien mirado, una sobrina de lady Nichols. Sabe Dios de dónde procede éste.
A veces, sospechaba que ella adivinó incluso cuan mermada estaba su reserva de fe, y que era esta carencia esencial, y no su inadecuación general, la causa principal del menosprecio de ella.
El último libro que había sacado de la biblioteca era una obra de Barbara Pym. Había leído con envidiosa incredulidad la amable pero irónica historia de una parroquia rural, donde los curas eran agasajados, alimentados y generalmente mimados con exceso por los miembros femeninos de la feligresía. Pensó que la señora McBride no tardaría en poner punto final a una situación semejante en Saint Matthew. Y, efectivamente, así lo había hecho. Durante su primera semana, la señora Jordan le visitó con un pastel de frutas de confección casera. Ella lo vio sobre la mesa al ir el miércoles y comentó:
– Es de Ethel Jordan, ¿verdad? Será mejor que la vigile, padre, por ser usted un cura soltero.
Estas palabras flotaron en el aire, cargadas de intención, y así se echó a perder un gesto de simple amabilidad. Al comer el pastel, éste le supo como una pasta insípida, y cada bocado del mismo le pareció un acto de indecencia compartida.
Llegó a la hora en punto. Cualesquiera que fuesen sus otras negligencias, la señora McBride era una maniática de la puntualidad. Oyó su llave en la puerta y, un minuto después, se presentó en la cocina. No pareció sorprendida al verle sentado todavía allí, con su mantel, y evidentemente recién llegado de su misa, y él supo en seguida que ella se había enterado ya de los asesinatos. La miró mientras se quitaba cuidadosamente el pañuelo de la cabeza, revelando las ondas desordenadas de un cabello de un negro poco natural, mientras colgaba su abrigo en el armario del recibidor, cogía el delantal colgado en el gancho detrás de la puerta de la cocina, se quitaba los zapatos y metía los pies en sus zapatillas caseras. No habló hasta que hubo puesto sobre el fogón la cafetera para preparar su café matinal.
– Un bonito suceso para la parroquia, padre. Dos muertos, o al menos así lo decía Billy Crawford en el quiosco. Y uno de ellos el pobre Harry Mack.
– Mucho me temo que sí, señora McBride. Uno de ellos era Harry.
– ¿Y quién era el otro? ¿O es que la policía todavía no lo sabe?
– Creo que no tendremos más remedio que esperar hasta que se informe al pariente más próximo, antes de que nos den esa información.
– Pero usted lo vio, padre. ¿Acaso no lo vio con sus propios ojos? ¿Y no supo reconocerle?
– En realidad, no debe preguntarme eso, señora McBride. Debemos esperar a que hable la policía.
– ¿Y quién podía matar a Harry? Desde luego, no pudieron matarle por algo que llevase encima, pobre diablo. No fue tampoco un suicidio, ¿verdad que no, padre? ¿Uno de esos pactos entre suicidas? ¿O es que la policía cree que lo hizo Harry?
– Todavía no saben lo que ocurrió. Desde luego, no deberíamos hacer suposiciones.
– Pues bien, yo no lo creo. Harry Mack no era un asesino. Más bien creo que el otro individuo, ese sobre el cual usted guarda tanto silencio, ese sobre el que no quiere decir nada, fue el que mató a Harry. Harry era un tipo desagradable, un pillastre mal hablado, que Dios le haya perdonado, pero era totalmente inofensivo. La policía no tiene derecho a cargarle el muerto a Harry.
– Estoy seguro de que no piensan hacerlo. Pudo haber sido cualquier otro, alguien que entrase allí para robar, o alguien al que dejara entrar el propio sir Paul Berowne. La puerta de la sacristía estaba abierta cuando llegó la señorita Wharton esta mañana.
Se volvió hacia la estufa, para que ella no pudiera ver el rubor que había invadido su rostro al advertir que se le había escapado el nombre de Berowne. Y a ella no le había pasado por alto, pues no hubiera sido propio de ella. ¿Y por qué le había hablado de aquella puerta sin cerrar? ¿Intentaba tranquilizarla a ella o a sí mismo? No obstante, ¿qué importaba aquello? No tardarían en hacerse públicos los detalles y parecía extraño que él se mostrara demasiado reticente y suspicaz. Pero ¿por qué suspicaz? Seguramente, nadie, ni siquiera la señora McBride iba a sospechar de él. Reconoció, con una confusión familiar de reproche y desaliento, que estaba diciendo más de lo que debiera en su intento usual de congraciarse con aquella mujer, de conseguir que estuviera a su lado. Era algo que nunca había conseguido y que tampoco conseguiría ahora. Ella no pareció captar el nombre de Berowne, pero él sabía que lo había archivado con toda seguridad en su mente. Sentado frente a ella, observó la nota de triunfo en sus ojillos astutos y oyó en su voz la nota de un júbilo maligno.
– De modo que se trata de un asesinato sangriento, ¿verdad? ¡Bonita cosa para la parroquia! Va a necesitar que le fumiguen la iglesia, padre.
– ¿Que la fumiguen?
– Bueno, quiero decir que la rieguen con agua bendita, o algo por el estilo. Tal vez sea oportuno que mi Tom hable con el padre Donovan. Él nos podría enviar un poco de Saint Anthony.
– Tenemos aquí nuestra propia agua bendita, señora McBride.
– En un caso como éste, no se pueden correr riesgos. Será mejor obtener una poca del padre Donovan. Para estar más seguros. Mi Tom puede traerla el domingo, después de la misa. Aquí tiene su café; hoy lo he hecho más fuerte. Lo cierto es que ha tenido usted una impresión muy desagradable.
Como siempre, el café era del tipo más barato de grano envasado. Resultaba ahora incluso menos bebible, puesto que su concentración permitía distinguir su sabor. En la superficie marrón, nadaban y se empujaban entre sí unos glóbulos de leche casi agria. Había, en el borde de la taza, una mancha de lo que parecía ser lápiz de labios, y la apartó lentamente de su boca, haciendo girar la taza, para que ella no lo observara. Sabía que hubiera debido llevarse el café al ambiente relativamente sereno de su estudio, pero no tuvo el valor necesario para ponerse de pie. Y, por otra parte, marcharse antes de que se hubieran vaciado las dos tazas hubiera sido ofenderla a ella. En su primera mañana en la casa, ella había dicho: «La señora Kendrick y yo siempre tomábamos juntas una taza de café antes de que yo empezara mi trabajo, como dos buenas amigas». No había tenido la oportunidad de comprobar si eso era verdad, pero de este modo se había establecido aquella pauta de falsa intimidad.
– Ese Paul Berowne era diputado del Parlamento, ¿verdad? Recuerdo haber leído en el Standard que dimitió, o algo por el estilo.
– Sí, era diputado del Parlamento.
– Y un noble, también, ¿verdad?
– Un baronet, señora McBride.
– ¿Qué hacía entonces, en la sacristía pequeña? Yo no sabía que hubiera ningún baronet que frecuentase la iglesia de Saint Matthew.
Era ya demasiado tarde para refugiarse en la discreción.
– Y no lo hacía. Era tan sólo alguien a quien yo conocía. Le di la llave. Quería pasar algún tiempo tranquilo en la iglesia -añadió, con la vana esperanza de que una confidencia tan peligrosamente cercana a la intimidad, de su tarea como sacerdote, pudiera halagarla, pudiera incluso dominar aquella curiosidad-. Deseaba un lugar tranquilo para pensar, para rezar.
– ¿En la sacristía pequeña? ¡Pues había elegido un lugar bien curioso! ¿Y por qué no se arrodilló en un reclinatorio? ¿Por qué no fue a la capilla de Nuestra Señora, delante del Santísimo Sacramento? Ése es el lugar adecuado para rezar, para los que no pueden esperar hasta el domingo.
Había en su voz una nota de agria desaprobación, que sugería que tanto el lugar como la plegaria eran igualmente criticables.