Sabía que no encontraría ningún agente de policía en la casa. Con amabilidad no exenta de firmeza, lady Ursula había rechazado la sugerencia de que alguno de ellos se quedara allí. Kate había transmitido sus palabras:
– Supongo que no esperan ustedes que el asesino, si es que existe, dirija su atención al resto de la familia. Por lo tanto, no veo la necesidad de una protección policial. Estoy segura de que tienen mejores ocupaciones para sus hombres y, por mi parte, preferiría no tener un agente sentado en el vestíbulo como si fuera un alguacil.
También había insistido en ser ella quien diera la noticia a su nuera y a la gobernanta. Aparte de lady Ursula, Kate no tuvo la oportunidad de observar la reacción de ninguna otra persona ante la noticia de la muerte de Paul Berowne.
Campden Hill Square gozaba de la tranquilidad del mediodía, como un oasis urbano de vegetación y elegancia georgiana aislada de los incesantes ruidos de Holland Park Avenue. Se había disipado la primera niebla matinal y un sol fugitivo brillaba sobre unas hojas que ahora tan sólo empezaban a tornarse amarillas y que colgaban, espesas y casi inmóviles, en aquella quieta atmósfera. Dalgliesh no pudo recordar cuándo había visto por última vez la casa de Berowne. Puesto que él vivía muy por encima del Támesis, en los límites de la ciudad, no era ésta la zona de Londres que él frecuentaba. Sin embargo, la casa, uno de los raros ejemplos de la arquitectura doméstica de sir John Soane, estaba reproducida en tantos libros sobre los edificios de la capital que su elegante excentricidad resultaba tan familiar como si paseara a menudo por aquellas calles y plazas. Las casas georgianas convencionales, a cada lado de ella, eran de la misma altura, pero su fachada neoclásica en piedra de Portland y ladrillo dominaba la terraza y toda la plaza, constituyendo una parte inalienable de ellas, pero con una apariencia casi arrogantemente única.
Permaneció todo un minuto contemplándola, mientras Kate guardaba silencio a su lado. En la segunda planta había tres ventanas muy altas y curvas, y sospechó que originariamente habían sido una galería abierta, pero ahora estaban acristaladas y amparadas por una baja balaustrada de piedra. Entre las ventanas, sobre unas ménsulas incongruentes que parecían más góticas que neoclásicas, había cariátides de piedra, cuyas líneas airosas, reforzadas por los pilares típicamente soanianos en las esquinas de la casa, obligaban a la vista a alzarse, más allá de las ventanas cuadradas de la tercera planta, hasta un cuarto piso con fachada de obra de ladrillo y, finalmente, hasta la balaustrada de piedra con su hilera de conchas curvadas que repetían la curva de las ventanas bajas. Mientras contemplaba la casa, como si titubeara antes de violar su calma, hubo un momento de extraordinario silencio en el que incluso el sordo rumor del tráfico en la avenida cesó y durante el cual le pareció que dos imágenes, la esplendorosa fachada de la casa y aquella habitación polvorienta y manchada de sangre de Paddington, quedaran suspendidas más allá del tiempo y después se fundieran de modo que las piedras quedaron manchadas de sangre y las cariátides teñidas de rojo. Y entonces los semáforos desencadenaron de nuevo la corriente de coches, el tiempo volvió a moverse y la casa permaneció, incólume, en su pálido prístino silencio. Sin embargo, no tuvo ninguna sensación de que les estuvieran observando, de que en algún lugar entre aquellas paredes y las ventanas que reflejaban el sol transitorio, hubiera personas esperándole, personas sumidas en la ansiedad, el dolor y tal vez el miedo. Incluso cuando pulsó el timbre, transcurrieron dos buenos minutos antes de que se abriera la puerta y se encontrase ante una mujer que supo había de ser Evelyn Matlock.
Calculó que debía de rondar los cuarenta años y su aspecto era tan anónimamente sencillo como el de pocas mujeres de hoy en día, pensó. Una nariz pequeña y puntiaguda estaba incrustada entre unas mejillas rollizas, en las que la red de venas rotas destacaba, en vez de quedar disimulada, bajo una gruesa capa de maquillaje. Tenía una boca de expresión severa sobre una barbilla ligeramente huidiza, bajo la que aparecía ya la primera muestra de una papada. Sus cabellos, que daban la impresión de haber sido tratados por una peluquera inexperta, estaban peinados hacia atrás en ambos lados, pero rizados sobre la alta frente, según el estilo eduardiano que tanto recordaba la cabeza de un perro de lanas. Pero al hacerse ella a un lado para que entraran, vio que sus muñecas y sus tobillos eran delgados y delicados, en curioso contraste con el cuerpo robusto y el busto prominente, casi voluptuoso, bajo la blusa de cuello alto. Recordó lo que Paul Berowne había dicho de ella. Ésta era la mujer cuyo padre había defendido él sin éxito, la mujer a la que había dado un hogar y un puesto de trabajo, y que se suponía había de serle devota. Si esto era cierto, ocultaba el dolor que hubiera podido producirle su muerte con notable estoicismo. Pensó que un oficial de la policía es como el médico que visita una casa. Es una persona a la que no se recibe con emociones ordinarias. Estaba acostumbrado a ver expresiones de alivio, de aprensión, de desagrado e incluso de odio, pero ahora, por un momento, vio en los ojos de ella un temor manifiesto. La expresión desapareció casi en el acto y dio lugar a lo que le pareció una indiferencia asumida y ligeramente truculenta, pero la expresión había existido. Entonces la mujer les dio la espalda, diciendo:
– Lady Ursula les está esperando, comandante. Por favor, síganme.
Estas palabras, pronunciadas con una voz alta y algo forzada, contenían la autoridad represiva de la enfermera jefe que recibe a un paciente del que sólo espera problemas. Atravesaron el vestíbulo exterior y pasaron después bajo la cúpula acanalada del vestíbulo interno. A su izquierda, la baranda finamente tallada de una escalera de mármol ascendía como un festón de encaje negro. La señorita Matlock abrió la doble puerta a su derecha y se apartó para dejarles entrar, diciendo:
– Si esperan aquí, comunicaré a lady Ursula su llegada.
La habitación en la que se encontraron abarcaba toda la longitud de la casa y era, evidentemente, el comedor formal y la biblioteca. Estaba llena de luz. En la parte frontal, dos altas ventanas curvadas ofrecían una vista del jardín de la plaza, mientras que en la parte posterior una enorme cristalera daba a una pared de piedra con tres hornacinas, cada una de las cuales contenía una estatua de mármoclass="underline" una Venus desnuda, con una mano ocultando delicadamente el mons Veneris y otra señalando hacia su pezón izquierdo; una segunda figura femenina, medio vestida y sosteniendo una corona de flores, y, entre las dos, Apolo con su lira y coronado de laurel. Las dos partes de la habitación estaban divididas por dos librerías de caoba con puertas de cristal desde las cuales se extendía un dosel de tres arcos semicirculares decorados y pintados en verde y oro. Altas librerías cubrían las paredes de la biblioteca entre las ventanas, cada una de ellas rematada por un busto de mármol. Los libros, encuadernados en cuero verde y marcados con letras de oro, eran de tamaño idéntico y encajaban en los estantes con tanta precisión que el efecto era más bien el de un trompe-l'oeil de un artista que el de una biblioteca real. Entre los estantes y en los huecos que quedaban entre ellos había espejos, de modo que el rico esplendor de la sala parecía reflejarse interminablemente, con una visión de techos pintados, libros encuadernados en cuero, mármol, y caoba y cristal resplandecientes. Era difícil imaginar aquella sala utilizada para una cena, y en realidad para cualquier propósito que no fuera la contemplación admirativa de aquella obsesión romántica del arquitecto por la sorpresa espacial. La gran mesa ovalada se encontraba ante la última ventana, pero en su centro había un modelo de la casa sobre un bajo pedestal, como si fuera una pieza de museo, y las ocho sillas de respaldo alto habían sido dispuestas junto a las paredes. Sobre la chimenea de mármol había un retrato, presumiblemente el del baronet que había encargado la casa. En él, el delicado primor de la pintura existente en la National Portrait Gallery se había metamorfoseado en una elegancia más contundente, propia del siglo XIX, pero las inconfundibles facciones de Berowne todavía se mostraban arrogantemente confiadas sobre la corbata impecablemente anudada. Mientras lo contemplaba, Dalgliesh dijo: